Irma Sánchez
En esto creo
Periodista, autora de la columna La Manzana en Cambio
Elisa Vega Jiménez
Fernando Crisanto me invitó a colaborar en Cambio cuando Socorro López Espinosa ganó la corresponsalía de El Financiero y dejó vacante la fuente de economía. Me incorporé al periódico hace 19 años.
Cambio te da un prestigio, una credibilidad, un respeto que, además se va consolidando con tu quehacer del día a día, con tu propio desempeño. Cambio hace un periodismo enfocado a quitarle todo el glamour, la formalidad, el protocolo a la noticia, comienza a hacer análisis, juicios y a detonar informaciones que han estado en el subterráneo.
Le entré al juego que me tocó y, a lo mejor sí viví frustraciones, pero no había de otra sopa. Para qué le haces al valiente, si ya conoces las reglas del juego y sabes que tus notas no van a pasar. A lo mejor fue una actitud muy conformista de mi parte, pero también fue consciente: de tratar de llevar la vida en paz; porque sabes que por mucho que patalees —como me sucedió en la elección municipal del 83—, las cosas no iban a cambiar.
El Cambio de hoy es más plural que el Cambio al que yo ingresé, más analítico, de mayor compromiso con el lector, y con las propias convicciones del periódico: cuando agarra una bandera no la suelta, le cueste lo que le cueste.
Si hay que desnudar a un personaje público, debe ser por su desempeño profesional y social, no por aspectos personales: la vida íntima es otra historia, y debe ser respetada, para que también nosotros seamos respetados.
Admiro a Enrique Montero Ponce, él fue con quien periodísticamente yo nací; admiro la habilidad y la capacidad de Javier López Díaz para conectarse con todo su auditorio; de Gabriel Sánchez Andraca se me hace genial cómo ha sabido mantener su criterio, su estilo, con el paso de los años; admiro a Ciro Gómez Leyva, a Denisse Maerker, admiro a tantísimos, cada uno en su dimensión.
“¡Cómo una mujercita, se iba a involucrar en asuntos de los hombres!”. Fuera de la crónica social, ¡qué ibas a hacer tú!, ¡cómo ibas a participar en asuntos de mayor trascendencia! Cuando ingresé al periodismo era difícil integrarse a las redacciones de periódicos, existían muchos prejuicios.
Pensé “creo que de veras no sirvo físicamente para esto”: me dieron anginas por la asoleada y me ampulé los pies, el primer día que salí a reportear locales en El Sol de Puebla; y me entró angustia, pero ya después hice callo. Y, ¡a la calle con mi grabadora! Así trabajé muchísimos años.
Fernando Crisanto, con mucha visión abrió Cambio a otros sectores. Originalmente el periódico Cambio tenía un enfoque político y cultural, cien por ciento.
Los columnistas a veces tratamos con seres terrenales y a veces tenemos que mandarles mensajes al globo, porque andan mareados y perdidos. Ante todo, un columnista debe tener muy buena información, un buen bagaje cultural y mantener una agenda de amigo universal porque, a final de cuentas, hay personajes que te caigan como te caigan, son los generadores de la información.
Contra la voluntad de quien tenía que opinar, mi mamá me apoyó cuando decidí estudiar periodismo: me inscribió, enfrentó la cuestión económica y me salí con la mía. Inmediatamente nos comenzamos a enrolar en las redacciones —una de las que estaban ligadas a la escuela fue El Universal—.
A través de mi columna trato de presentar las cosas buenas que hay en Puebla, que se generan en las universidades, con las nuevas generaciones de emprendedores. Hay mucha investigación, incluso se tienen reconocimientos internacionales, se han publicado muchas cosas en revistas especializadas en el ámbito internacional. Lamentablemente por irnos con el chisme político le restamos espacio a estos temas. Y sucede en general, no nada más en Cambio.
Cuándo es una joven, quiere ser corresponsal de guerra, quiere estar en el frente de batalla, cuando maduras, es otra la realidad. Mi mamá me ponía a que le leyera todos los días toda la información sobre lo que estaba ocurriendo en el país, durante el movimiento del 68. Me impactaban los acontecimientos que leía, se me hacían hazañas de quienes narraban. A partir de ese momento, mi vocación se definió.
La mejor experiencia de mi vida fue cuando cubrí la visita de Juan Pablo II y luego los días de los trabajos del Celam, el tener a todos los personajes, no sólo de la Iglesia, intelectuales, escritores, analistas, teólogos y toda la gente que desfiló por la ciudad. Es algo que te marca para el resto de tu vida, seas persignado o no. Todavía no estaba en Cambio, estaba en Tribuna.
Veo en el periodismo una evolución favorable: los medios se han abierto paulatinamente; el parto no ha sido sencillo —en algunas redacciones ha sido doloroso—, afortunadamente me toca pertenecer a la generación del cambio, de los que entramos cuando todo era cerrado, cuando todo eran los boletines oficiales y ahora —siguen existiendo los boletines—, pero está el trabajo del reportero, que parece que va jugando al gato y al ratón, que se sabe meter, sabe percibir la noticia y tiene toda la libertad para hacerla. Todavía nos falta un buen tramo pero, ahí estamos.
Hoy día estamos enfrascados en andar amarrando navajas; lamentablemente eso es lo que vende, lo que la gente quiere leer. Sí se hace investigación en Puebla, lamentablemente se les regatea mucho el espacio en los periódicos.
¿Para qué estuvimos trabajando 20 horas en el proceso electoral, lo que vivimos, lo que reporteamos?, si al final tuvimos que publicar una versión oficial. Socorro Gárate y yo quisimos aventar las grabadoras tras las elecciones del 83: Jorge Murad para la presidencia municipal frente a Ricardo Villa Escalera. Terminas admitiendo, como dice Cristina Pacheco “aquí me tocó vivir”. Afortunadamente esos tiempos ya pasaron. Incluso lo hemos comentado con Enrique Montero Ponce, nuestro jefe en ese momento.
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