Álvaro “Bola” González
En esto creo
Escritor, artista plástico y promotor cultural
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Elisa Vega Jiménez
Me causa mucha emoción y me da risa que digan que inauguré la poesía moderna en Puebla, porque no sé de qué hablan.
Poeta es quien se enfrenta conscientemente, con carácter crítico a las grandes dificultades de escritura que plantea el lenguaje. Es arduo: requiere muchos años de cultivo considerar que una línea puede ser la definitiva. Y cuando se publica, aún con la opinión que se llega a cosechar, uno no deja de estarlo corrigiendo, porque hay un compromiso con el lenguaje. Ese es el oficio de poeta. No el que escribe versitos rimados o el que se conforma con la música.
Dejé de hacer todo: de mis cinco actividades productivas, hago ninguna, que es la de la enseñanza. Estoy privado de la vista, no puedo pintar. El infarto cerebral provocó desencadenamientos de salud muy violentos.
Se necesita mucho tiempo para que la historia de la literatura ponga a un autor en su lugar, y defina su condición. La respuesta normal es decir estoy dentro del ruedo, participo, soy el que lo provoca, pero no veo cómo me muevo y cómo lo hago porque estoy dentro, el que lo ve es el que está fuera y mientras más lejos y más ajeno, mejor.
La escritura en una persona comienza con su sensibilidad como lector, quien no lee, no puede acercarse a sí mismo para escucharse y descubrir que también puede escribir lo suyo. Forzosamente debe haber una lectura como hábito. Ese es el punto de partida de la escritura a cualquier edad. En mí se dio muy temprano porque fui lector desde muy pequeño.
Todas las universidades del país tienen la señal en la frente de que lo que publican no circula. Cuando la edición es comercial, cae uno en el poder del comerciante: el autor siempre es desvalido.
Todos los editores te dicen: la poesía no se vende. Estás condicionado a recibir un diez por ciento que por ley federal te corresponde. Y si el libro no se vende, está en lotes, embodegado… Nunca he obtenido un centavo como autor de libros, ni espero ganarlo. Hasta la fecha trabajo por gusto, por gozo pero no por compromiso para obtener dinero.
No conozco poetas importantes en México que vivan de su poesía. Viven del periodismo, de la autoría de otra obra de tipo comercial, es decir del interés que los editores. La poesía es muy difícil pero qué haces, ¿dejas de escribir porque no te da dinero, o te realizas como persona?
Mi trabajo comestible es de profesor, lo demás ha sido accidental: mi trabajo como promotor cultural nunca me dejó dinero, ni la televisión, el radio, el periodismo, nunca he recibido un beneficio material pero toda esa experiencia me ha hecho y aquí estoy.
El ojo del tercero es el que descubre lo que yo no veo. Cada uno de mis poemarios ha tenido una opinión y un sentido de interpretación que me fortalece, que me da mucha confianza, que me admira, que me sorprende por lo inesperado que han descubierto en ellos, y que yo no me propuse decir. Esta respuesta es común, le ha pasado a todos los autores.
Escribo en una condición de tortura, de sufrimiento, de limitaciones profundas. En Savia, mi último libro publicado, cada línea está dedicada al árbol. En mi oficina alguien abusó de su autoridad y dio orden de talar los árboles. Con machete y la sierra en tres horas salieron los camiones cargados con árboles de más de 30 años de edad, árboles que vimos crecer, porque llegamos juntos a la escuela. Nadie pudo hacer nada. Días después empecé a oír los golpes del poema, que salió de un tirón —claro me tomó meses de trabajo de corrección—. “Elegía por un hermano de savia”, que es el canto triste por un árbol que se muere.
Yo no le enseño a mis alumnos, los induzco a que vean, a que escuchen, a que perciban de una manera integral el entorno mediato, e inmediato, el de la realidad, el de la integridad del hogar, el del aula, en de la persona, el del compañerismo, el de su mundo interior. Yo trato de inducirlos para que vayan encontrándose, que vayan descubriendo esas posibilidades de expresión. Y los resultados son admirables.
Hay obras de autores que aparecen 50 años después de muertos. Yo tengo el privilegio de, en vida, escuchar a personas que me leen, ¿qué mejor regalo me puede dar mi escritura? El placer de saber que tienes lectores que te buscan, que te disfrutan y que te lo comentan “su poema ha cambiado mi vida”, ese es el premio, es lo que se cobra.
Una línea de Shakespeare basta para cambiar la vida de una persona. El que lee no es el pasaojos sobre la página impresa, el que lee es quien descubre en sí mismo que hay una transformación provocada por la palabra impresa, que tiene ideas, emociones e imágenes de otro, afines a su gusto.
Veo audacia en los poetas jóvenes, escriben con el afán de liberarse de lo que ya se hizo; incluso lo cuestionan. Eso es muy sano y muy útil para quienes tenemos más tiempo de estar publicando a apreciar posibilidades diferentes de expresiones de escritura. Actualmente hay una tendencia a anular el adjetivo, el artículo. Tienden a la poesía breve que busca una expresión con un ritmo natural que a veces no resulta, cojea mucho por falta de apoyos semánticos o sintácticos, pero el resultado de trabajar con esa simplicidad de elementos podría darnos una obra importante, si no ya está por ahí.
Si me sintiera frustrado destruiría lo que he hecho. Entiendo que mis condiciones de salud son una disposición del destino. Dios me eligió para experimentar con lo que otros no ha hecho, es una prueba para saber cómo superarla. Y la superación ha sido tratar de hacer lo que puedo, y lo estoy haciendo.
La amistad es el mayor remedio para mí. El hecho de no sentirte solo es una bendición: tantas consideraciones y amabilidades, que ahora tienen otro sentido para mí, me fortalecen. Es lo que me mantiene.
Entré ya tarde a la literatura. Comencé con la publicación de mi primer libro El mirar del artificio a los 39 años de edad, pero han pasado ya 25 a 27 años y el libro primero sigue provocando ese interés y esa atención de la crítica especializada. Hay esas coincidencias que lo fortalecen, pero todavía no asimilo dónde estuvo la ruptura con la poesía del pasado. No me ha afectado porque sobre ese primer libro he publicado ocho libros más. Se han integrado 600 páginas impresas de poesía en ocho libros y espero el próximo año publicar el siguiente.
Quiero recuperar el tiempo, del que ahora no puedo disponer. Hay textos, escritos durante muchos años, que han permanecido guardados, que no entraron al cuerpo poético de ninguno de mis libros terminados. Su revisión, su valoración escritural, que todavía no es la última, me ha permitido recuperar algunos y reescribirlos, porque la poesía es eso: un afán interminable de corrección.
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