Margarita Alonso Huerta
En esto creo
Comandante de la policía Judicial, 21 años de servicio
Elisa Vega Jiménez
Actuar con justicia es no rebasar los límites de lo que debes de hacer. Es cierto que a veces tienes que utilizar la fuerza para una detención pero hasta ahí llega tu función, a otros les toca juzgar. Ya el Ministerio Público sabrá lo que hace, el juez determinará su situación jurídica.
Me gustaría llegar a ser coordinadora regional, subdirectora metropolitana o foránea. La metropolitana es de la ciudad, y la foránea es la de todos los distritos. Yo sé que puedo llegar a ser subdirectora echándole muchas ganas a mi trabajo, pues ya pude ser comandante.
Portar un arma es una responsabilidad muy grande. Gracias a Dios hasta ahorita no he tenido la necesidad de activarla, ni de accionarla. Este trabajo es una profesión y el arma es un instrumento de nuestro trabajo, pero debemos de saber en qué momento usarla.
Fui la primera mujer comandante en la historia, ahorita hay 15 mujeres activas y 29 que están por salir de la academia para incorporarse a las filas de la policía Judicial.
Cuando cumplí la mayoría de edad lo primero que hice fue ir a alguna corporación. Escuché que estaban solicitando personal femenino en la policía Judicial, entonces vine de inmediato. Cubría con todo el perfil, todos los documentos y me quedé, eso fue un viernes. Yo estaba feliz.
Trabajar como policía me ha dejado muchas enseñanzas, la más importante es la madurez, el formarme un criterio propio, ser yo y no depender de nadie, saber que tengo que seguir adelante y que entre más hagas las cosas bien, más bien me va a ir. Soy muy humana, me gusta ayudar a la gente cuando puedo; me gusta servir a los demás, eso he aprendido a lo largo de este tiempo.
Temo a quedar mal, lisiada o a ir a la cárcel, porque las penas para nosotros los policías son triples. No le temo a la muerte, algún día tengo que morir.
A veces tienes que ocupar tus encantos para obtener información y poder hacer tu trabajo. A una mujer se le facilita porque la gente no está acostumbrada a que llegues a pedirle datos, entonces te los vacilas y hasta te haces amiga de ellos. Una vez me tocó una aprehensión así: llegué y ahí coquetee con el muchacho, “¿cómo te llamas?”… terminó invitándome un café, que voy con minifalda y ya que estábamos cerca de la patrulla le dije: “Policía judicial, tienes una orden de aprehensión”, él me contestó: “Oye, no se vale, no me hagas esto”. Somos astutas e inteligentes.
Sentí bonito cuando pude tener un arma en mis manos: me dio muchísimo gusto armarla, desarmarla, el estarla manipulando, es muy padre.
Mi héroe es mi madre: es el ser que más he amado en la vida. Ella me enseñó el respeto por los demás, a echarle ganas, a nunca decaer. Siempre decía: “no temas donde vayas, que has de morir donde debes”, entonces, me dejó muy claro que voy a morir cuando Dios quiera, no cuando alguien lo decida.
A mi cargo tengo una glock 9 mm de 17 cartuchos. Todos los elementos, comandantes y jefes de grupo tenemos un arma a cargo. En el banco de armas tenemos armas largas, como el fusil R15, yo domino todas.
A veces estás durmiendo y te hablan: “hay operativo, pero acá en media hora”, y a los jefes no les puedes decir “Ay, es que está mi esposo, no voy a ir”. Tienes que asistir porque si no, eso amerita un arresto. Soy madre soltera por lo mismo; no entienden tu trabajo, además por el hecho de que convives con muchísimos hombres ya te acuestan con todos. Es muy difícil tener una pareja, sólo que sea del ambiente o que te quiera mucho y respete tu trabajo.
En una ocasión me enterraron un picahielo en el brazo, en otra me pegaron con un tubo y me fracturaron dos costillas, tuve un linfoma de ocho centímetros de diámetro. Eso es lo más grave, que me ha pasado, gracias a Dios.
Te sientes grande cuando te saludan, “comandante, ¿cómo está?” o “Mire, le presento a la comandante Margarita” y la gente se sorprende. Y te sientes bien, también mi familia está orgullosa de lo que soy.
Hay hombres que tratan de intimidarte por ser mujer, pero tienes que ocupar tus técnicas para someterlos, dirigirlos a la unidad y ponerlos a disposición del Ministerio Público o la autoridad que te lo requiera. Yo hago de todo, voy a las aprehensiones, investigo, salgo con los compañeros.
Tengo tres hijos, la mayor tiene 23 años, el siguiente 17 y el más pequeño 12. El mediano me ha dicho que quiere terminar sus estudios e irse a la AFI, y sí me gustaría, ser esto es una vocación y si no los dejas hacer lo que les gusta viven frustrados.
Entré a la policía y a los diez años ascendí a jefe de grupo, después pasaron otros diez para que ascendiera a comandante.
En los grupos de trabajo están acostumbrados a que ellos son los que mandan en casa, y a veces se rebelan cuando les doy una orden, pero yo tengo muchas pláticas con ellos: “mis respetos en su casa pero, aquí es el trabajo y yo soy la que da las órdenes”. Tengo un carácter un poco fuerte, sin embargo, mantengo el diálogo constantemente con los 20 elementos que tengo a mi cargo.
Cuando te llaman a operativo llevas la adrenalina hasta arriba, sientes algo padre, porque vas a hacer lo que te gusta. Sí me ha dado miedo, porque soy humano, pero a la vez es bonito.
“¿Qué vas a hacer ahí?”, “ese trabajo es para hombres”, “¡cómo voy a creer que te guste eso!”, “Margarita por favor, reacciona”, decía mi madre. Entonces le dije: “si tú ya no me quieres aceptar pues yo me quedo en la academia”, y decidí ser hija legítima de academia, ahí dormía y ahí todo. Nunca estuvo de acuerdo.
Mi personaje fue mi abuelo, él era capitán primero del Ejército de artillería pesada. Siempre que llegaba a verlo me paraba en la puerta como soldadito y quería tocar su arma, pero él era muy estricto y me hacía a un lado, decía que las armas solamente las cargaban los hombres y el diablo.
Había pasado cinco meses en la academia cuando sufrí fracturas de peroné, ruptura de carcaño, y dijeron: “Ya va a renunciar, va a desertar”, y no, dije: “ahora les voy a demostrar que puedo”. Estuve incapacitada, me repuse de mi pierna, me pusieron cuatro placas, dos tornillos y una varilla, y seguí la lucha.
Con esto naces. Muchas mujeres entran por necesidad y se salen cuando no le encuentran interés suficiente, porque lo ven como un trabajo y les aburre; o si son casadas, imagínate que te citen a las dos o tres de la mañana y que al marido le tengas que decir “ya me voy”.
Me siento satisfecha con lo que he logrado hasta el momento. Me gusta mucho lo que hago, y lo hago bien.
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