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Eduardo Merlo
En esto creo
Historiador y antropólogo, director del departamento de arqueología del INAH
Elisa Vega
Es verdaderamente difícil dejar tus propias inclinaciones al dar una opinión sobre historia o arqueología. Sin embargo, un buen historiador debe buscar información en diversas fuentes, no guiarse solamente por una o dos, analizar los datos cuidadosamente y tratar de expresarlos dentro de lo humanamente posible desde el punto de vista más neutral.
Haber descubierto una pintura tan famosa y que dio lugar a un sitio valioso e importante, como Cacaxtla, para mí fue una gran satisfacción. Otra fue haber logrado la publicación de un libro sobre la Catedral de Puebla: una recopilación de pequeños trabajos de gente que sabe mucho sobre el tema.
A veces se despiertan por ahí celos y malos pensamientos: “ese lo acapara todo”, yo no acaparo nada. Siempre me ha gustado aprender de todo y no lo aprendo para mí solito, lo aprendo para compartirlo con los demás. Así soy desde chiquito.
Es difícil conocer la historia verdadera porque aún los vencidos tienen su propia versión: donde justifican la derrota, porque lamentablemente la historia es de conflictos, guerras, presiones, diferencias y siempre los que se quedan con el poder son los que mandan a escribir la historia.
Yo sí valoro el sistema de educación en México porque permite a la gente, que quiere estudiar, hacerlo gratis, a pesar de todas las críticas que se le puedan hacer. No todo mundo le saca provecho, pero yo sí lo hice. Desde el jardín de niños estudié en escuelas públicas y, si sumara lo que costó mi educación, pues fue casi nada.
Cada vez me convenzo más de que los arqueólogos estábamos muy cerrados cuando decíamos que las culturas son exclusivas de aquí, o que vinieron solamente de Asia, pero parece que no es así. Los últimos diez años he ido a países del sureste asiático y me encantan porque he encontrado que, independientemente de su belleza o su cultura, mucho de lo que tenemos acá viene de allá y viceversa.
Mi papá era homeópata pero todo el tiempo estaba hablando de historia. Y como su hijo mayor me llevaba a los museos, me explicaba, hacía interesarme por los temas. Yo siempre preguntaba: “¿por qué esto?”, “¿por qué lo otro?”, entonces, él me resolvía a medias y cuando llegábamos a la casa me decía: “En este libro está la información que necesitas”. Eso me fue metiendo más a la historia.
Soy ajonjolí de todos los moles: llevo años participando en tele, en radio, dando conferencias en universidades pero a ninguno le cobro porque no me costó gran cosa, desde el punto de vista económico, obtener el conocimiento, siento que tengo la obligación de compartirlo con los demás y lo hago hasta donde puedo.
En lugar de ir a apedrear lagartijas, romper vidrios o tocar timbres, me sentaba con mi pandillita de la calle y le platicaba historias: de la mitología, leyendas de México, cosas de espantos, de las estrellas —hasta donde yo, a mis ocho o nueve años, podía saber de eso—. Y ahí los tenía, fascinados, escuchando. Así que se me dio y me encanta.
Hay que saber de todo. No por ser historiador voy a vivir en el siglo XVI. Leo todo lo que cae en mis manos, desde La familia Burrón, hasta esas revistas sangronas de chismes de la televisión, leo novela, aunque no tengo todo el tiempo para hacerlo pero me encantan varios escritores contemporáneos: José Saramago, García Márquez, Paco Ignacio Taibo I, Monsiváis, Poniatowska.
Debería existir algún tipo de asociación colegiada donde los historiadores poblanos pudieran confrontar sus posturas, debatir sobre historia. Porque hay muy buenos investigadores, muchos muy especializados, reconocidos mundialmente pero que no comparten sus conocimientos.
No tuve hijos y, bueno, son cosas de la naturaleza, pero no me arrepiento, vivo contento. Por eso digo que viajo cada año. Si no, no podría, estaría preocupadísimo de saber si tenemos para la colegiatura o no.
Si a uno le gusta su profesión y la desempeña bien puede vivir tranquilamente de ella. En el caso de carreras humanísticas como antropología, historia, literatura o música, no digo que se vuelva uno millonario ni nada que se parezca, pero se vive bien. Hay un dicho muy mexicano: “El que es perico donde quiera es verde”.
De las culturas antiguas la mexica me parece fascinante, así como la tolteca, que fue su antecesora. Fuera de México me parecen importantísimas la romana, la griega, la española, de la que conocemos tan poquito los mexicanos pero, que nos dio tanto, y a la que nosotros le dimos tanto.
Desde chico he sido bastante inquieto, ahora dicen hiperactivo. Tengo que estar haciendo dos o tres cosas al mismo tiempo, y me salen. Yo no digo si bien o mal, porque no soy quién para decirlo, pero me salen.
Hay gente que sabe muchísimo, más que yo, pero no quieren compartir la información, dicen: “vengan mañana” o, “no puedo”. Yo sí, si tengo tiempo y la gente está interesada, adelante, me encanta.
Juan de Palafox me parece una figura histórica extraordinaria; José María Morelos, poco conocido por los mexicanos; Miguel Hidalgo, que me encanta porque no es el cura acartonado que nos presentan en las estampas de los trabajos escolares sino un hombre dicharachero, alburero. Fuera de la historia de México, me interesan Alejandro Magno y Gandhi.
Cultura es lo que heredé de mis papás, y lo que yo voy a heredar a los que vengan después de mí. Es el conjunto de actividades que realiza una sociedad cotidianamente: su manera de comer, vestir, de convivir con los demás, de expresar la belleza, la fealdad, la agresión, la amabilidad.
Estoy terminando un libro sobre la verdadera historia de los chiles en nogada, otro sobre la historia del Antiguo Convento de la Merced, que a su vez fue la primera Normal para profesores en la ciudad, y otro que ya está en revisión, sobre San Miguel del Milagro. Y tengo en cartera otras investigaciones.
Tuve la fortuna de estudiar con grandes maestros de la antropología mexicana en la ENAH, como el Paul Kirchhoff, de quien fui alumno y después su ayudante; Ignacio Bernal, don Pedro Bosch. En la actualidad son muchos los que admiro porque les saco provecho: Alfredo López Austin, a Álvaro Matute, Eduardo Matos.
No me considero una persona extremadamente religiosa pero, como tiene mucho que ver con la historia, en mis programas de radio, o cuando me entrevistan en televisión, hablo mucho de religión, historias de santos, etcétera. Soy católico y no lo niego.
El libro que mayores enseñanzas me ha dejado es Don Quijote de la Mancha, es fascinante, cuando lo lee uno y lo vuelve a leer le encuentra siempre cosas nuevas, tan bien planteadas, tan de reflexión.
Que los jóvenes estén interesados, que lleguen contentos y quieran saber más cuando doy alguna conferencia, es más satisfactorio y vale mucho más que si me dan la medalla de no sé qué, un premio o un diploma.
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