Viernes, 20 de Octubre del 2017
Lunes, 09 Octubre 2017 22:19

Competencia por la superioridad moral

Competencia por la superioridad moral Escrito Por :   Jose Zenteno

Esta ocasión haré una reflexión en voz alta sobre una condición que a todos nos concierne y que quizá por ello nos resulte incómoda. Los sismos de septiembre despertaron a la sociedad, al menos temporalmente. La tremenda sacudida que derribó numerosos edificios y casas también derribó, en apariencia, algunas barreras que mantenían pasmado e indiferente al pueblo mexicano. Bastaron unos cuantos segundos de movimiento telúrico para que los edificios colapsaran y una vez más se liberara una fuerza social solidaria y participativa.


Así comenzó un despertar de conciencia. Los jóvenes de la generación “millennial” saltaron a las pantallas de televisión y de las redes sociales colaborando en la triste tarea de remover escombros, rescatar heridos, personas atrapadas y cuerpos sin vida. Mientras las madres de familia preparaban alimentos para los rescatistas, unos organizaban el reparto de víveres, otros más cuidaban de los niños y las mascotas que se quedaron sin hogar. Millones acudieron a centros de acopio a llevar todo tipo de donativos, otros se organizaron para transportar esas ayudas a los lugares donde se requerían. Las compañías telefónicas abrieron sus redes para que cualquiera pudiera usarlas sin costo, los transportistas brindaron servicios gratis para los rescatistas, los bancos pusieron a disposición cuentas bancarias para recibir aportaciones de dinero, los multimillonarios como Carlos Slim ofrecieron duplicar, triplicar o hasta quintuplicar los donativos. Los poetas, los periodistas, los formadores de opinión pública, todos se unieron a esta catarsis colectiva para rescatar el ánimo nacional.

 

Mientras unos estaban enfocados en reaccionar ante la crisis, otros sólo contemplaban estupefactos. Entonces comenzó una cadena de mensajes en la que se exigía que los partidos políticos “donaran” de sus recursos para la reconstrucción. El ánimo de las redes sociales se incendió, millones se engancharon con la idea de, ahora sí, despojar a los buenos para nada (léase políticos) de los recursos del pueblo. No faltaron los oportunistas locales y nacionales que se subieron a la ola y enarbolaron las mismas consignas, en una suerte de purga contra la clase política que arrancó López Obrador con su oferta de “donar” el 20 por ciento de su presupuesto de campaña. Los del PRI, los del PAN, los del PRD, los de Movimiento Ciudadano y los del INE se pusieron a declarar y las apuestas por la caridad política también se fueron elevando. Del 20 por ciento subieron al 25 por ciento y luego al 100 por ciento. Ya no se llamaba a donar sino a renunciar a las prerrogativas. No importaba, al final la turba enardecida había triunfado y algunos partidos se quedaron sin subsidio público.

 

También ocurrió que el contenido y el tono de los mensajes en Facebook, Twitter o WhatsApp se volvieron moralizantes. Nada de bromas pesadas ni de parodias de la crisis. Los mensajes con contenidos sexuales desaparecieron, en su lugar llegaron toda clase de cadenas de oración y buena vibra. Así pasó la parte bonita de la historia. En medio de la tragedia el espíritu mexicano resurgió de los escombros y por unos días vivimos lo que un buen amigo denomina “la competencia por la superioridad moral”.

 

La otra versión de los hechos nos enfrenta con nuestra realidad. Televisa inventó la historia del rescate de Frida Sofía que mantuvo al país con el Jesús en la boca. Al poco tiempo nos enteramos que nunca existió esa niña y que todo fue una cruel farsa para distraer la atención. Luego los medios y las redes sociales difundieron otra historia de supuesto fraude de un gobierno que estaba incautando las ayudas para entregar despensas a nombre de un partido político. El caso de Morelos también resultó una farsa mediática que sirvió para distraer al respetable público de la otra farsa llamada Frida Sofía. Entre tanto, videos y fotografías se volvían virales en las redes sociales con supuestas imágenes que documentaban acciones de algún gobierno o partido político aprovechándose de la crisis humanitaria. Hubo quien se atrevió a hacerse pasar por ingeniero de PEMEX y denunciar que la escuela Enrique Rébsamen tenía vicios de construcción e incluso que “la directora tenía su casa en el último piso”. Después nos enteramos que el supuesto ingeniero era un simpatizante de MORENA que con ese video cobraba alguna afrenta a las autoridades de la delegación.

 

Otro fenómeno que apareció fue lo que algunos llamaron el “turismo humanitario”. Los muros de Facebook, las cuentas de Instagram, Twitter y Snapchat se llenaron de “selfies” con imágenes de la desgracia. Los nuevos héroes difundieron sus hazañas humanitarias con derrumbes de telón de fondo y la filantropía de volvió más pública que nunca. Al publicar esas imágenes parecería que su motivación no era el servicio al prójimo, sino el poder decir “yo también estuve ahí”. El fenómeno fue tan grande que algunos dudan de las motivaciones tras la solidaridad mostrada por los jóvenes milenials.

 

Han transcurrido 3 semanas del último gran sismo. La crisis ya pasó, los titulares de los periódicos y noticiarios ya no los ocupan notas trágicas del terremoto. Millones de mexicanos volvieron a la rutina y poco a poco recuperan la normalidad de sus vidas. Los mensajes en las redes son los mismos que eran el 18 de septiembre, ya nadie recuerda la iniciativa de quitarle el dinero a los partidos. La propuesta del PRI de eliminar el subsidio público y a los plurinominales se guardó en algún cajón del poder legislativo en espera de que a alguien le convenga revivirla. López Obrador creó un fideicomiso para ayudar a los damnificados pero no se sabe de dónde vendrán esos recursos, el PAN solo tiene tiempo de mirar a la señora Margarita Zavala irse de sus filas, el PRD está dedicado a ganar en la mesa lo que en las urnas será incapaz de conseguir por sí mismo, Movimiento Ciudadano lanzó una campaña de spots para difundir su renuncia al financiamiento público.

 

A diferencia de lo ocurrido en 1985, en esta ocasión ni la clase política, ni los medios de comunicación y tampoco los ciudadanos, hemos sido capaces de hacer de la tragedia una oportunidad de ser algo mejor de lo que éramos antes de los sismos. Creo que al contrario, salimos de la crisis con más dudas que certezas: los medios tradicionales y las redes sociales comunican medias verdades o mentiras totales, varios partidos aunque ofrecieron lo contrario continúan utilizando dinero público, los ciudadanos aunque salieron a ayudar muchos solo lo hicieron por obtener una selfie.

 

Así como la espuma de un café capuchino que a los 15 minutos baja, la competencia por la superioridad moral ya terminó, casi tan rápido como comenzó.

 

 

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