Amor legislativo, en las faldas de El Tepozteco


Selene Ríos Andraca / Tepoztlán, Morelos / Enviada

 

Dicen que ni el amor ni el dinero pueden ocultarse. Sobretodo el amor.
El sol brillante que alumbró la magia de Tepoztlán lucía sobre sus cuerpos. Ambos sonreían, felices. Enamorados de ellos mismos, y uno del otro, presumiendo su amasiato con miradas furtivas. No eran, por supuesto, Nancy y José Juan. Otros enamorados, otros. La pareja del momento, los más envidiados: Mario Marín y Enrique Doger.
Todo sucedía mientras se consumaba el amor legislativo en las faldas del Tepozteco.
Tepoztlán, lugar de cobre, de piedras quebradas y de hachas, fue el set perfecto para filmar las escenas más románticas de la política poblana: el concubinato de Doger y Marín, y el matrimonio civil de Nancy de la Sierra y José Juan Espinosa.
En la Posada del Tepozteco —ubicada en la punta del cerro, frente al pueblo—, las vibras y las chacras envolvieron a todos, propios y extraños, a los 110 invitados a la boda, quienes se sentaron en una increíble terraza frente al mítico recoveco franciscano.
El gobernador y el presidente municipal de Puebla volaron juntos desde Puebla hasta el estado de Morelos, después de poner la primera piedra para el puente de Tlaltepango, acto que les sirvió de pretexto para iniciar juntos el día y concluirlo a la sazón de mousse de salmón y la marimba chiapaneca.
Esta pareja, la de un góber y la del ex rector, se lanzaban a la luz mágica del mediodía tepozteco: miraditas furtivas y caprichosas, como las que sostuvieron alguna vez, hace ya algún tiempo, cuando el deseo de poder los unió en un proyecto común, no bendecido por diosito, o por la Iglesia, o por algún sacerdote, sino por el dedo entonces poderoso de Melquiades Morales Flores y la bendición apadrinada del otrora líder priista Roberto Madrazo Pintado.
La magia hippie de Tepoztlán, las calles empinadas de piedra, los viejos ahuehuetes, las piedras milagrosas, las pirámides, los gurús, los chamanes, y cualquier otro personaje de Carlos Castaneda revolotearon en el ambiente para que la buena vibra que llenó la boda del año en el Congreso estatal, también bien-vibrara en Mario Marín y Enrique Doger.
Para los legisladores, igual muy enamorados, todo fue sublime, como un regreso a los orígenes, como un sueño cumplido del Canal de la Estrellas en su horario triple AAA, sólo que en sábado al mediodía.
Llegaron los personajes de la farándula política, vamos, si los novios lo hubieran deseado hubiera llegado Lucerito con Mijares, pues.
Las montañas sagradas de Tepoztlán y los convergentes Luis Maldonado Pereda y Francisco Xavier —el ex cantante— testimoniaron a la par una boda y una luna de miel fraguadas en la misma mesa.
La telenovela naranja del Congreso ahora se volvió rosa, en las tierras mágicas morelenses, un remanso de paz espiritual con aroma a incienso de pajuelita; para la otra pareja, la otra mancuerna que en el estrabismo de su poder político pasó del deseo pasional al desamor por el poder.
Amor, pachulí, buena vibra, oxígeno, bosque y montañas mágicas permitieron que los amigos de la conocida pareja amorosa recibiera las bendiciones astrales de la tierra tepozteca.
La novia lucía increíble, con lindas púrpuras en sus dorados y rizados cabellos; a su paso, Nancy de la Sierra fue toda ella misma, toda belleza femenina, todo resplandor, todo imán de las miradas de hombres y mujeres, con su vestido de manta blanco y zapatillas entretejidas; mientras que el novio, José Juan Espinosa, nos recordó con su galanura y altivez al personaje central de la telenovela “Bodas de Odio”.
El menú de tres tiempos fue ideal para la fiesta en el pueblo mágico: mousse de salmón, ensalada de queso azul, filete de res y pastel de moras.
Al ritmo de la marimba, los novios bailaron como si vivieran en una nube de algodones. Tepoztlán fue el sitio donde el amor naranja se volvió sublime, y el amor priista, a veces tan obsceno, asusta.

 


 
 
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