A la procuradora no le trajeron nada los Reyes


Blanca Villeda admite que se portó mal


Edmundo Velázquez

 

Los chamacos hacen cola en Barranca Honda, les van a dar juguetes por aquello del Día de Reyes. Inquietos, ellos ya nomás preguntan qué falta para que les suelten el regalito, la vajilla de plástico, la Barbie de mercado, la pelotota o un juego de ocho luchadores con todo y su ring. Resulta que nada más falta la procuradora.


Quitada de la pena —con media hora de retraso— llega mientras las damas del voluntariado de la PGJ forman a los niños en una muy pequeña aula, al fondo le guardan su lugar a la “procuradora de hierro”, quien llega entre porras como si de mitin político se tratase.


—¿Y qué le pusieron al camello?—intenta abrir el diálogo la funcionaria con el montón de niños.

—…—guardan silencio esperando los niños a que deje de hablar y reparta los juguetes.
—Pues una cubeta de agua, ¿no? Para que al camello no le dé sed. ¿Y en qué más vienen los Reyes Magos? —insiste la funcionaria. Unos con otros se ven los niños y algunos balbucean que si el caballo, el elefante o el camello…


La procuradora se desentiende del tacto con los infantes, sin decir más admite que lo suyo no son los chamacos, va al grano y pasa a lo barrido, les explica que ella les trae juguetes en nombre de los Reyes Magos porque se lo encargaron, que porque luego no hay dinero en sus casas allá, hasta allá en Barranca Honda, es que llegan algo tarde y pues a ella le toca suplir las carencias.


Así, con toda su caridad, su amor y prestancia de procuradora y azote de los maleantes (¿o de los periodistas?) terminó en ayudanta de los Reyes Magos.


—¿Qué le pidió a los reyes? —la pregunta es obligada.
—Ay no...—responde ella un poco admirada.
—¿No le trajeron nada? —le insisten.

—No me trajeron nada, me porté mal, yo creo.

 

 

 


 
 
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