Una mañana de sábado,día de desfile insufrible


—Crónica—
El 5 de Mayo, fiesta de altos precios, charolas e influencias


Federico Vite

 

Frente al cerco instalado en Plaza Dorada, Ismael con su playera roja presume al Hombre Araña, y observa curiosamente a las personas quienes a una hora de que comience el desfile del 5 de Mayo ya ocupan las sillas de 70 pesos, ya beben, ya comen antojitos. Esperan con paciencia el arribo del símbolo de la batalla de hace 145 años: las armas en ristre, los gritos y el tambor anunciando el triunfo.
―Ya me quiero ir. ―Confiesa el niño de seis años mirando a su madre, una mujer delgada, de pelo lacio; repite:
—Los soldados están escondidos, mamá. No vienen.
―Espérate, hijo. Ya vienen.
Y la madre, preocupada en custodiar su espacio vital y el de su hijo, dice: “No hay paso, señor”. Ella siente los empujones, suaves pero incómodos, de todos los espectadores optimistas, de los pretensos en colarse a la Tribuna A, donde se rumora que el presidente de la República, Felipe Calderón, está por llegar o en todo caso, a estas alturas del día, apenas está frente a los jóvenes del Servicio Militar Nacional.
Son las 10 de la mañana y los empujones ya están en pleno, pasan las enchiladas del otro lado de la valla, donde un hombre quien viste una sudadera ―con letras en azul Triple Air City― custodia una de las entradas a la Tribunas de Plaza Dorada, donde únicamente estarán los cercanos al poder, según la madre de Ismael, quien vuelve a decir: “No hay paso, señor. Tenga cuidado”. Y el fulano en cuestión es un hombre ciertamente voluminoso, que choca, inevitablemente, su abdomen con el respaldo de las sillas, los hombros de los asistentes, el pecho de la mamá de Ismael, quien dice: “No hay paso”. Y el hombre con su abdomen de largo alcance fija su mirada en lontananza (cuerpos, sólo cuerpos con viseras, gorritas y sombreros de palma), busca una salida, pero la gente, la curiosa o inconsciente, llega con fuerza y, a empujones, preguntando: “¿Cómo se llega a las tribunas?”
Y la mamá de Ismael queda prensada entre la valla mientras el hijo, protegido en una especie de burbuja, mete chicharrines a su boca. Ve a lo lejos, en la avenida Ignacio Zaragoza, cómo cinco camionetas Suburban dan vuelta e ingresan al estacionamiento de Plaza Dorada. Entonces reflexiona: “Mamá, casi no hay carros aquí, puras camionetas de ricos”. Engulle, casi no mastica, rumia. La madre levanta la mirada, intenta, eso parece, evitar el olor del hombre y su gran panza.
Ismael ve las sillas de un costado de la valla, las del parque. No sabe que cuestan 50 pesos, pero son las más incómodas; tampoco que junto al restaurante El Portón hay una camioneta Dodge color vino, oxidada, con placas de Puebla, TRT-36 72, que tiene una escalera de metal junto a la portezuela, por donde una familia de cinco integrantes asciende al toldo de la Dodge con la intención de turistear el desfile; pero claro, primero desembolsaron 150 por persona. Ese hombre de playera blanca, dueño de la camioneta, se rayó con 750 de un jalón. E invita, a quienes buscan silla, para subir al segundo piso de su camioneta, para ver con tranquilidad el paso triunfal del Ejército, aunque falten 30 minutos, convoca mercantilmente y señala: “Miren, las sillas cansan, acá está tranquilo. No hay mucha gente, a lo mucho cabremos 12”. Y 12 personas, minutos después, están viendo cómo arranca el desfile del 5 de Mayo en esa pequeña terraza. Pero antes de que eso ocurra, Ismael pide un poco de agua a su madre, quien ya de plano refunfuña cada vez que una nueva turba de curiosos pretende, por obra del influyentismo, colarse hasta las tribunas principales. “No hay paso, de veras”, de nueva cuenta repite al gentío que la circunda. Ya son muchos. Incluso los árboles tienen, en promedio, tres espectadores. Ya son muchos. Hay muchos en tan poco espacio.

No hay lugar
Una mujer con suecos color hueso, vestido blanco y lentes oscuros, se acerca tranquilamente al hombre que custodia la valla, al joven quien lleva escrito en la sudadera Triple Air City, y le pregunta, con afable soberbia: “¿Puedes abrir para que pase?” La mujer muestra su invitación; el jovenzuelo de la sudadera duda. “Es que no puede pasar nadie”, dice.
―Pero traigo invitación, muchachito. ―La señora se impacienta, taconea y da golpes histéricos, con su invitación, a la valla―. ¿Por qué crees que tengo una invitación, muchachito?
Y el joven, con su humilde atuendo y voz nerviosa, responde: “Es que no puedo dejar que pase nadie”.
―Pregúntale a tu jefe, muchachito, porque tengo que pasar ya me están esperando. ―Frase que le corta el aliento a la mujer, suspira y busca con la mirada algún rostro conocido entre los guardias que fuman, bromean, se rascan obsesivamente las orejas, acomodan sus gafas. Todos visten trajes oscuros, color guarura, digamos.
El joven levanta el brazo, se acerca un tipo delgadísimo, cuyo corte al estilo marcial evidencia cierto trato con el Ejército, pero va vestido de civil, ostenta unas botas vaqueras, de piel de cocodrilo. Dialogan. El de la sudadera señala a la mujer. Revelan la conclusión:
―Señora, es que no podemos dejar pasar a nadie.
―Pero entonces por qué tengo una invitación. Me dicen que le dé para un lado, allá no hay paso. ―Señala el parque del otro lado del bulevar―.  Y vengo aquí. Así que ustedes me mandan para allá. ¿Qué hago? ―Está por perder el control. No habla, grita. Ismael y su madre la observan.
―Pues vaya para allá, señora. ―Recomienda el chico de las botas de cocodrilo―. Por allá hay lugar.
―No. Es que ustedes no entienden. ¿Dónde está su jefe? ―Advierte la mujer; ahora sus lentes oscuros van de una mano a otra. Cruza los brazos, espera una respuesta―: ¿Dónde está su jefe? ¡Caray!
Ni el de la sudadera ni el de las botas de cocodrilo responden.
―¿Pero qué no piensan decirme algo?
Para ese momento ya están decenas de personas intentando pasar por la misma valla que la mujer de blanco. Enseñan las invitaciones, como si fueran credenciales.
―Yo tengo que ver a mi esposo.
―Es que no puede ser, joven.
―No se vale que nos hagan esto. Tengo invitación porque es importante que pase.
Pero ninguno pasa. Van de un lado a otro del cerco. Caminan, manotean. Nadie les da permiso de cruzar el cerco.
Una jovenzuela, de lentes oscuros, con alta facilidad en la coquetería, le pregunta al hombre de la sudadera: ¿Qué pasa si entro? Nada, ¿verdad?
―Es que tengo órdenes de no dejar pasar a nadie.
―Mira, no la pienses, no la pienses y déjame pasar. No seas mamón.
Y los testigos de la escena gritan, por inercia y por estrés: “Sí, no seas mamón. Déjanos pasar”.
―Tengo órdenes de no dejar pasar a nadie.
―No la pienses, si la piensas no se hace. Anda, anda, anda, anda. Te estás tardando, chavo, anda, anda. ―Propone la jovenzuela, de nueva cuenta.
―Es que tengo órdenes de no dejar pasar a nadie.
Ante todo el desbarajuste verbal, Ismael comenta: “Parece maestra, el señor, mamá. Repite lo mismo”.
Y la madre agrega: “Pinches envidiosos, no nos dejan entrar. ¡Egoístas!”.
El de las botas de cocodrilo escucha esa última palabra y explica con una frase:
―Es que ya no hay espacio, nada más para los diputados. Ni para prensa hay, señora.

Hasta en literas
Ya en eso, los gritos comienzan. ¡Bravo!, gritan. ¡Ah! Todos señalan el bulevar 5 de Mayo. Ven a los soldados. Gritan, no se sabe por qué. Gritan: ¡Papacito! Todas las sillas, por lo menos en esa zona, están ocupadas. Durante la marcha también, con azoro, se descubre que no alcanzaron los asientos (12 mil, según el Ayuntamiento de Puebla), que incluso se ocuparon las literas del Centro de Rehabilitación Juvenil Encuentro (ubicado en la Tercera Calle Central y bulevar 5 de Mayo), las rentaron en 120 por persona. Desde ahí vieron, turistas, cinco defeños, el paso de los xochiapulcas, de los zacapoaxtlas, de los soldados, de los estudiantes, de los charros, de los bomberos. Pero no sólo hay literas en la calle. Hay escaleras, a 20 pesos el peldaño. En ese pequeño edificio de 14 escalones caben hasta cinco vigías.
El paso estudiantil de los colegios, de los artesanos del barrio del artista es un tanto aburrido, falto de euforia militar. Y se venden periscopios en 30, para ver un poco más allá de lo evidente o de los muros que los propios espectadores crearon con sus cuerpos. Pero no sólo se rentan las sillas, los bancos 40, las escaleras, sino los techos de algunas casas a 50 por persona. Pero todos tienen los ojos puestos en los marchantes, en los que se mueven tras los ejércitos de Zacapoaxtla o Xochiapulco. Todos observan. Se sienten heroicos, por lo menos de obtener un sitio para presenciar el desfile más o menos a gusto, que a razón de algunos lugareños, quienes año con año ponen atención a este hecho, esta ocasión estuvo falto de esencia.
―¿Por qué? ―Pregunta la curiosa acompañante― ¿Por qué dices que faltó esencia, tío?
―Porque no se veían como años pasados, con actitud de soldado.
En el bulevar 5 de Mayo se derramó el confeti, el grito laudatorio, el piropo, el dinero a la menor provocación.

Micción cumplida
Metros adelante del Paseo San Francisco, donde el puente también está abarrotado de mirones, no hay sillas. Todos a pie juntillas. Mirones de palo, casi casi de piedra, ven, como a regañadientes, el desfile que para ellos consiste en apreciar el portento de la carne mostrada por las chicas de secundaria. Pero ven, como formando parte de otro acto histórico, la manera extraña en que un muchachillo de vejiga inquieta saca el agua o la cerveza que ha ingerido minutos atrás. Levanta la pierna derecha, para protegerse de la vista turística y nativa. “Háganle casita”, gritan unos espectadores. “Pinche mamador”, afirmaron otros. Lo único cierto es que este joven ―ataviado con el uniforme del América, con bermudita coqueta y tenis― cumplió su micción.
Pero con el paso de los desfilantes, el heroísmo consistía en no huir antes del fin. Que si el sol, que la sed. Que la extraña forma acabar un desfile con la Policía Montada. Y todo ese material coprolítico que van soltando los equinos, pues dio una especie de banderazo para cerrar las filas y emprender la huida. “Agradecemos a ustedes su asistencia”, informa una varonil y engolada voz por las bocinas instaladas a unos metros del Ángel custodio, creado por Sebastián. Entonces el rompecabezas formado por las sombrillas, las gorras, los sombreros y el multicolor de los papeles, el confeti, todo eso brillante en el asfalto, pierde su forma de festejo. La gente camina, es un mar que avanza. La ciudad, poco a poco recobra su pulso de motores y cláxones habituales. Los primeros autos comienzan a circular por el bulevar 5 de Mayo. Los encargados de las sillas, presurosos, apilan el negocio que año con año reditúa con creces.
―¿Estuvo bien la chamba?
Un obseso de 40 años apresura el acomodo de sus sillas de respaldo acojinado.
―¿Cómo?
―Que si estuvo bien la chamba.
―Más o menos.
En su rostro hay un lugar común, como diciendo: “El año pasado estuvo mejor”. Pero no habla, sigue apilando su lote de asientos. Así, tal vez imita a todos esos hombres que hacen exactamente lo mismo que él: doblar, apilar. Pero no es una competencia, no hay ningún premio para quien termine primero.
La gente se derrama por distintas calles del centro histórico. Por ahí debe andar Ismael, pegado a su madre, diciendo: “Ya me quiero ir, mamá”.

 


 
 
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