Vivimos en crisis, opinan burócratas


Los trabajadores comentan sobre los despidos que planea el gobierno estatal


Federico Vite

 

Debido a las recientes declaraciones del gobernador, Mario Marín Torres, sobre un recorte presupuestal y, por lo tanto, el despido de varios trabajadores de las dependencias estatales, se realizaron entrevistas en la Secretaría de Finanzas y en las oficinas centrales del Sistema Nacional para el Desarrollo Integral de la Familia (DIF) para conocer la opinión de algunos empleados, quienes por ahora aún tienen trabajo y piensan, optimistas, en mejorar su economía.
La primera charla fue con María Irma Vázquez. “Me guardo el otro apellido; no vaya ser que luego me digan cosas”, dijo. Ella labora como secretaria de las oficinas centrales del DIF. Inicia su jornada a las 8 de la mañana. Llego tempranito, señaló, para irme igual, tempranito. Irma es casada. “Hijos grandes, ya grandecitos, por decirlo. Me ayudan con gastos y esas cosas”, explicó. Señaló, acerca de las expectativas que tiene en las oficinas del DIF, que hay confianza en mejorar económicamente. “No sé si vayan a subir el sueldo. No lo sé. Te digo que no me gusta contar cuánto gano. Es poquito, pero sirve de algo y pues espero tener un poco más. El ambiente, pues no, mira, no parece que se vaya a poner feo. ¿Crisis? Siempre hay crisis, pero no, por lo menos no lo hemos sentido tan fuerte como otros. Tú, Aidee, cómo ves, ¿pueden correr empleados?”, transfirió la pregunta inicial a su compañera de oficina.
María Irma viste un traje sastre oscuro; usa el pelo teñido de café claro. Una cola de caballo que destaca la amplitud de su frente permite ver con claridad sus ojos grandes, expresivos, los cuales van de un lado a otro de la oficina amplia, con seis escritorios dentro, además de luminosa y llena del perfume de las seis secretarías que anidan en ese sitio.
“Entonces —preguntó Irma— ¿a usted quién le dijo eso, porque mire, como ve, pues acá no se nota tanto el asunto de las despedidas? Si corren a alguien lo corren y ya, pero uno debe poner de su parte, debe llegar temprano. Hacer bien lo que tiene que hacer”. Las arrugas en su rostro son más notorias cuando sonríe. Y sonrió; en seguida adujo: “No le puedo andar contando que si vivo lejos, que si me gusta el trabajo. No, joven. Uno trabaja porque necesita dinero, eso usted lo sabe. Pero lo importante es que salga bien, que le alcance, por eso uno decide ayudar al marido. Lo importante, no sé si así son los políticos, es que uno quede bien, que el jefe se sienta a gusto con el trabajo de uno. Así, por lo menos, remediamos que nos anden medio sacando de la oficina, ¿no, Aidee?”.
Y Aidee, curiosamente, se limitó a sonreír, movió la cabeza y esbozó un débil: “No creo que nos corran, se ve muy bien aquí”.
Sin tomar en cuenta las declaraciones de Marín, uno podría afirmar que no hay motivos para pensar en el desempleo, en la pobreza y mucho menos en el hambre, aunque frente a las oficinas del DIF, la iglesia de Jesús de Las Maravillas podría demostrar fehacientemente que el hambre cabalga, también, por el centro histórico de Puebla. La pobreza vive por ahí cerquita.
Irma aseveró que en una oficina, como la del DIF, se deben contratar más mujeres para ayudarles, aunque sea con un empleo (sic). “No, no sé qué pase en unos meses, pero sería bueno que todas las madres con hijos pequeños, pues que se les pueda dar estudio a esos niños para que no sean como los padres, para que ellos sí ganen más que uno. Eso es lo que uno dice, pero está complicado. ¿Verdad, Aidee? Cuéntale de ti”, expresó.

 

La última quincena
En cambio, en la Secretaría de Finanzas y Administración, Guillermo, un empleado que se encarga de la limpieza del tercer piso en la Subsecretaría de Desarrollo Social, detalló que debido a problemas con el salario ésta es la última semana que labora en la dependencia estatal.
“No, no sé si haya dicho algo el góber, pero sí sé que no me alcanza el dinero. Me voy a un hospital privado. Sí, es un poco más dinero, pero más trabajo. Casi todo el día. Pero a final de cuentas, uno ya está en esto y pues hay que aprovechar”, afirmó.
Guillermo tiene 40 años; usa una gorra amarilla que debido al paso del tiempo ya perdió las iniciales de Andrés Manuel López Obrador. La parte frontal de la gorra ya no dice AMLO, sino A LO. Cuenta que sus compañeros andan bien, que no se les ve preocupados, incluso, han subido de peso. “No, no hemos oído nada, a lo mejor en las oficinas sí, afuera no”, dedujo. Se da tiempo para depositar en una bolsa oscura los residuos de los botes metálicos de basura. Le hacen falta un par de dientes frontales a Guillermo; sus guantes de látex ya llevan rato en la chamba. Se les ve a punto de romperse, a punto de jubilarse.
“La verdad, así, la verdad, no se siente que haya presión. Hay trabajo, eso sí, mal pagado, pero trabajo. Nada de que estén esperando a que los corran. Yo me voy, por lo mismo que le decía, si me ofrecen más dinero, pues por qué no voy a salirme de aquí. Llego a mi turno, ya ve que a uno lo cambian a cada rato. Hago mi trabajo ―vuelve a depositar la basura de un recipiente metálico en el fondo de la bolsa negra―. Sabe qué, a lo mejor corren a los jóvenes, a los que tienen a prueba, y pues siempre los terminan corriendo”, reflexionó.
―Así que la última quincena.
―Sí. Pero no se crea. A lo mejor vuelvo. Ya ve, uno no sabe. Trabajo es trabajo y adonde lo manden, pues ahí va uno, sobre todo si hay familia. ―Sentenció alejándose por el pasillo.

Estirando el dinero
Al tomar el ascensor, rumbo a la planta baja, cuatro trabajadores, también de la Subsecretaría de Desarrollo Social, mantienen una charla acerca de la escasez del dinero.
―Raquel, es que no sé. Mira, tú con tus hijos, ¿cómo le haces? ―Esta pregunta más de uno de sus compañeros de trabajo deben hacerse.
―Pues estirando el dinero, Yadi.
Abordan el elevador.
―Raquel, es que no sabe uno nada. Ya ves, te digo que a mi amiga la corrieron del banco. Y es un banco, Raquel. Sabes qué, yo pienso que para asegurar doctor, casa y comida, lo mejor es que tanto el esposo como la esposa trabajen. Pero si uno es sola.
―Pues a buscare marido, amiga.
(Risas. Risas).
Las puertas del ascensor se abren. Quedan las escaleras, el día caluroso. La fonda Chonita, el café Géminis, establecimientos frente a la Secretaría de Finanzas con sus clientes habituales de las tres de la tarde. Las calles, simplemente, retratan un lunes. A final de cuentas esto es el arranque de una semana que apenas comienza. Los cinco meses del año caminan, a pesar de uno, contra uno, por uno.

 

 


 
 
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