A la madre con cariño


La historia de una mamá en su día


Yonadab Cabrera Cruz

 

Guillermo tiene una súper mamá, quien apenas mide 1.50 metros de estatura, pesa 45 kilogramos y tiene 60 años de edad. Es su heroína y de sus hermanos, pues a pesar de las golpizas que le daba su marido, de estar en la ruina completa, y de haber sido desalojados en varias ocasiones de las viviendas que rentaban, doña Pety jamás perdió la esperanza de ver a sus hijos convertidos en profesionales.
Memo relató que su familia fue muy pobre, sin embargo su mamá nunca tiró la toalla, siempre buscó la forma de sacar dinero para darles alimentos a sus hijos: “ella lavaba y planchaba ropa ajena, para ganarse unos centavos y darnos de comer”, exclamó Memo con una lágrima que se derramaba por su rostro, el cual reflejaba orgullo y nostalgia por la mujer que le dio la vida.
Ella sufrió de maltrato intrafamiliar, eran tan salvajes las golpizas que le daba su marido, que en varias ocasiones fue a dar al hospital, pero nunca se atrevió a dejarlo, pues eran otros tiempos, donde el matrimonio era de por vida, y si el sufrimiento era una cruz que tenían que cargar las mujeres por el resto de su vida.
“Casi todos los recuerdos que tengo son muy tristes, pero hubo uno que me marcó de por vida: cuando era niño, una vez acompañé a mi mamá a pagar la luz, porque ya nos la habían quitado. Ese día mi madre desde muy temprano se fue a lavar ropa, para que le diera tiempo de pagar la luz, pero en la casa a donde fue a lavar no le pagaron completo, y terminaron por correrla. Entonces lloró, me abrazo fuerte y me dijo que la disculpáramos, porque ese día nos íbamos a quedar sin comer, sólo le alcanzaba para pagar la luz, y comprar la leche de mi hermana, que en ese entonces tenía como 8 meses de nacida. Pero cuando llegamos a pagar la luz, nos rechazaron la morralla, porque según la cajera faltaba un centavo. Mi mamá, desesperada, se arrodillo y le dijo que le aceptará el dinero, que después se lo pagaba. Sólo era un centavo, pero la cajera llamó al policía de la puerta y nos sacaron como si fuéramos animales”. Y una vez más, Memo lloró.
Pero Dios jamás los olvidó y siempre le dio fuerzas a su mamá. Él ahora le da las gracias, ya que nunca los dejó solos y siempre se preocupó por ofrecerles un futuro. Ahora su familia le debe la vida y siempre estarán agradecidos con la mujer que se las obsequió junto con la dicha de ser felices, a pesar de todo.

Sin embargo, el caso de la mamá de Memo no es el único, en Puebla existen cientos de mujeres que en la actualidad viven de la misma forma. En México hay miles de mujeres que están pasando por la misma situación, pero son mujeres con coraje y gallardía. Ante todo para ellas están sus hijos y por ellos harían lo que fuera, por eso este 10 de mayo, felicidades a todas las mamás mexicanas, que luchan día a día por darles una mejor vida a sus hijos.

 

 


 
 
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