Diana Hernández


En esto creo


Periodista, maestra y secretaria particular de la Dirección de la Facultad de Filosofía y Letras de la BUAP


Elisa Vega Jiménez

 

Cambio, realmente fue mi escuela de periodismo, porque yo estudié letras; ahí aprendí a trabajar los géneros: crónicas, entrevistas, reportajes. Gabriel Sánchez Andraca era el director, Fernando Crisanto el subdirector; estaban Chucho Rivera, luego Sergio Mastretta. Con todos ellos se hacían terturlias a la manera que describe Gabriel García Márquez: la tarde en la redacción era estar comentando, estar aprendiendo, intercambiando libros… Fue una etapa muy bonita.

 

Cuando yo llegué a Cambio todavía usábamos de las Remington de la Segunda Guerra Mundial, el periódico se hacía en linotipo —me sentía en la era de Gutenberg—. Me tocó el cambio a la era del offset, que ya fue un gran avance, y las primeras computadoras también —eran de esas grandotototas, que tenían la pantalla negra y las letras amarillas—. En cuanto a contenidos, en esa época Cambio era un periódico muy leído por la comunidad universitaria, de hecho en las épocas de huelga o de enfrentamiento de los grupos de izquierda, Cambio era el medio con el que se comunicaban unos con otros. Era un periódico muy interesante, con un alto contenido en cuanto al valor de la gente que escribía ahí pero, con muchos errores tipográficos —por la impresión con linotipo—. Ahora lo veo muy bien cuidado, con una muy buena edición; noto —sigo siendo lectora de Cambio— que están trabajando mucho los géneros periodísticos, cosa que me gusta; me gusta que le imprimen un estilo irónico, que hay mucho mensaje entre líneas. Cambio es un periódico para gente inteligente.


A veces parece que Cambio emprende campañas de ataque contra determinados personajes, eso no me gusta, porque precisamente se pierde uno de los principios básicos del periodismo —que también es un mito, una falacia— como es la objetividad. Los últimos meses no ha ocurrido; pasó en el trienio pasado, últimamente están más equilibrados. Me gusta mucho ese periódico.


Hay muchos comunicólogos que no saben comunicarse. Muchos periodistas hablan con faltas de ortografía y escriben igual; y la gente da por hecho que porque así lo dijeron en la tele o en la radio, es correcto. Como periodistas también contribuimos a educar o a maleducar a la gente.


Uno sabe, cuando es un buen periodista, cuando estás ante un acontecimiento que verdaderamente es noticia y hasta te estremeces, sientes esa adrenalina. Un buen periodista debe ser un buen comunicador, debe manejar bien el lenguaje, sentir pasión por informar y tener sensibilidad —porque hay quienes reuniendo todo lo que dije antes, no tienen olfato periodístico—.


Convives con todo tipo de personas, desde el más humilde hasta con la gente más rica y poderosa, y percibes cómo las personas se transforman a partir de que tienen un poquito de poder; hay quienes mantienen su esencia como seres humanos y siguen siendo los mismos, pero son poquititos. Mis casi doce años en Cambio me ayudaron a entender verdaderamente la complejidad del ser humano.


Un día puedes estar desayunando con el presidente de la República y al día siguiente, comiendo un tamal en la esquina, porque no te dio tiempo de otra cosa. El periodismo no es un trabajo ordinario: cada día vives cosas distintas, empiezas a una hora distinta, terminas a una hora distinta, o más bien como dice Fernando Crisanto: “tienes hora de empezar pero nunca hora de terminar”. Es una dinámica siempre variante.


Cuando uno toma la actitud ser muy crítico, todo lo ve  permanentemente mal. Hay una etapa en la que uno se vuelve muy agresivo, a veces plenamente justificado pero, en ocasiones es nada más para llevar la contra: “todo me parece malo”, “soy antioficial”, “esto hay que denunciarlo” y no se admite que pueda haber cosas buenas. Tuve un poco esa etapa pero, la semana pasada Savater dijo en su conferencia “es bueno rectificar lo que uno piensa en un momento dado”, porque luego de cierto tiempo te das cuenta que a lo mejor estabas equivocado.


Una de las grandes satisfacciones que deja el periodismo es ver que con tu trabajo ayudaste en algo a la gente. Recuerdo el caso de unos campesinos que tenían 20 años con un problema ejidal; tras el seguimiento que hice de ese problema, les restituyeron sus tierras. Y un día llegaron al periódico con una bolsita de monedas que habían juntado entre todos; ¡me dio tanta ternura!, porque sabía el trabajo que les había costado juntarla: “Le queremos agradecer”. Me gustó el gesto pero no lo acepté. Total que para no estar que sí y que no, fuimos a comer todos juntos. Estaban muy agradecidos porque les ayudé a solucionar un problema con el que tenían muchos, pero muchos años. Son de las cosas que de verdad te hacen sentir bien, y sé que aunque no los he vuelto a ver, deben tener un buen recuerdo hacia mí, como yo tengo un buen recuerdo hacia ellos.


Un funcionario de Mariano Piña Olaya llegó a pedir al periódico que me despidieran, porque en una entrevista yo había sido muy agresiva, y no sé qué tanto decía, pero recuerdo que tanto Fernando Crisanto como don Gabriel Sánchez Andraca fueron me defendieron pero, imagina que no hubiera sido así: te despiden y te quedas en la indefensión, tanto laboralmente, como con un acoso muy desagradable. Ellos fueron muy solidarios conmigo, y se los agradezco, pero no en todos los medios se da, y la gente se queda sin trabajo de un momento a otro, sin una razón válida, porque a alguien se le ocurre, o no le gusta lo que estás denunciando algo incorrecto.


Hay muchos intereses moviéndose, más allá de lo que el simple reportero o periodista percibe, y a veces uno cae en muchos juegos.


Muchos estudiantes menosprecian al periodismo; por ejemplo, en Letras, la mayoría estudia con la pretensión de llegar a ser grandes escritores —ojalá lo consigan— pero de mil, a lo mejor sale uno o dos —y ya sería mucho—; y a veces me parece que pasa lo mismo en las escuelas de comunicación: “ay, somos comunicólogos, ¿periodistas?, no” —desafortunadamente no son ni una cosa ni la otra, porque a veces son incapaces de armar un texto con una lógica estructural básica—.


Tal vez los periódicos continúan siendo las principales escuelas de periodismo, porque hay muchas escuelas de comunicación en Puebla pero, no hay de periodismo. Y citando a Gabriel García Márquez “la universidad de la vida es la que verdaderamente te gradúa y te certifica como un buen periodista o uno malo”.


Llegó un momento en el que me cansé, ya quería descansar los domingos y llevar una vida un poco más normal en el sentido de poder disponer de mis horarios. Porque cuando todos están disfrutando la Nochebuena y la Navidad tú tienes que trabajar: no te puedes seguir la parranda a gusto porque al día siguiente tienes noticiario, tienes que estar en el periódico y demás. Sí es mi gran pasión el periodismo, pero la dinámica de los medios es tan intensa que, por ejemplo, me costó muchísimo trabajo titularme. Si hubiera las condiciones de descansar los domingos, sí regresaría al periodismo porque me encanta. Yo que lo viví, sí lo añoro.


Yo empecé en cultura; a cultura y sociales se les ve como fuentes para mujeres y para principiantes, ya con el tiempo te van dando oportunidad, cuando aprendes, cuando maduras, de cubrir otras fuentes. Así fue como se me asignó la fuente educativa, la universitaria y terminé con la política.

 

 

 

 

 

 

 

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