Alberto Méndez


En esto creo


Exjefe de redacción de Cambio, hoy director editorial de Síntesis


Elisa Vega Jiménez

 

Cambio era un periódico muy leído, muy cálido, que sabía ligarse con sectores ávidos de la lectura, pero era muy feo, muy mal presentado. Los latosos del taller de linotipo, entre otras cosas, le daban una pésima forma al periódico. A veces eran dedazos que no se podían corregir, a menos de rehacer toda la frase en zinc. Más tarde me tocó ver un Cambio —todavía en formato de sábana— pero con una limpísima impresión en offset, muy bonita.

 

Fernando Alberto Crisanto era mi alumno en la Ibero y mi jefe en el trabajo —obviamente nunca fue, una materia de géneros periodísticos, para Fernando, no venía al caso—. Dando clases conocí a mucha gente que hoy está vigente, como José Carlos Bernal.


Uno descubre, en esta profesión, que lo que uno escribe no queda en el vacío: hay algo que repercute, que sirve, que desagrada, que ayuda, que desayuda.


Aunque diga puras babosadas, para el columnista, la base debe ser el lenguaje —debe usarlo, no sólo correctamente, sino con un nivel de finura elevado— y tener un estilo que atrape: hay gente brillantísima pero, la lees y te duermes. Desde luego, debe reunir muchas más cualidades, pero las principales son esas. De lo contrario, está condenado a tener un nivel de repercusión limitado.


El reportero de cultura tenía rato sin aparecer y, en una de tantas vueltas, me quedé. Hice esa sección un año o dos, y luego empecé a ayudar a Jesús Rivera en la redacción, más tarde me hice cargo de la redacción. Estamos hablando de entre 20 y 22 años atrás.


Todo lo que decía y hacía, o lo quería hacer, tenía que ver con Joseluis Ibarra Mazari, me di cuenta, colaborando en un programa de radio en Hidalgo. Claro, no tengo la voz que tenía él, sus tablas o las cosas que inventaba —luego no sabía pero, inventaba muy bien—. Lo admiré cuando trabajé en la radio: por sus saberes, sus conocencias, por cómo salía airoso y por cómo improvisaba; era todo un arte.


Fuimos parte de un relevo generacional bastante interesante. Don Gabriel, Jesús e Hipólito, venían del Novedades y, nosotros que, en ese tiempo éramos jóvenes —Fernando es de mi misma generación— fuimos una suerte de bisagra generacional. Cambio empezó a ser espacio de plumas más críticas, más abiertas, sin mucha bronca. Fue un momento interesante.


Toda esa historia de 30 años, pareciera que no tiene nada que ver con el Cambio de hoy. Pero hasta cierto punto, esa transformación tiene lógica. Necesariamente Cambio es otro y, el hecho de que siga don Gabriel ahí, mantiene aquel vínculo con su historia. Aunque don Gabriel, siendo el director, ya no controla el asunto: hay broncas que se avientan Arturo, y en su momento Mario Alberto, y en las que don Gabriel se ha mantenido al margen.


La gente es buena hasta que se demuestre lo contrario. Para mí, la gente que de alguna forma transgrede las convenciones sociales debe tener sus razones. El hombre toma sus decisiones y las asume. Meterse a juzgar lo que hace o no el vecino, es una batalla perdida.


Que a los jóvenes que quieran hacer periodismo les cueste trabajo escribir, es un problema de generaciones. Hay un rezago severo en la educación en México: la gente no sabe escribir. Lo vi en los periódicos por los que he pasado. Ya ni se diga la gente de las administraciones, los contadores, los ingenieros: son mundos inaccesibles: mandan un oficio, donde no entiendes si te sacaste la lotería o te están demandando. Mucha gente fracasa o se frustra, personal y profesionalmente, en razón de las escasas herramientas que le han sido otorgadas.


Como no estudié periodismo, no identifico a “mentores” del periodismo —espero no parecer arrogante o soberbio—. Aunque, convivir con don Gabriel Sánchez Andraca tantos años, me hace pensar que él es una de mis influencias, Jesús Rivera… En Cambio tuve la suerte de trabajar con mucha gente: Socorro López Espinosa fue una de las personas de quienes aprendí cosas, otro fue Luis Alberto Rodríguez —que fue mucho tiempo corresponsal de La Jornada en Puebla—. De todos aprendí mucho, en el sentido humano, digamos, la experiencia personal.


Aquel periodismo viejito, provinciano, de pocas miras, de poca crítica y clara dependencia hacia los gobiernos, pasó —sin una transición prolongada que hiciera madurar una vocación periodística— al muy moderno que ahora tenemos: medios que no son el principal negocio de sus propietarios, que está en manos de consorcios empresariales que, entre muchas otras cosas, y entre muchos otros intereses, tienen un medio de comunicación. No sé si sea bueno o malo pero, evidente en ese contexto los medios tienen mucho más acotadas sus posibilidades de expansión y de expresión periodística.


Tengo la impresión de que quedé como mentiroso, al dejar Cambio: surgió la oportunidad de irme a trabajar una dependencia; hablé con Fernando, que recién llegaba: “mira, voy a trabajar en este lugar…”. Finalmente, esa oportunidad se frustró y, en esas estaba, cuando me llegó una oferta de trabajo en La Jornada —que acepté—. Entonces, pareció que no me atreví a decir que me iba a otro periódico.


Para cuando llegué a Cambio, el linotipo ya era maquinaria antigüita —en tercero de secundaria, ya trabajábamos con offset—. Salí de la secundaria con un diploma de técnico en Artes Gráficas y eso me ayudó —años después— cuando llegué a Cambio porque ya conocía el linotipo, la caja, sabía leer al revés —se componía leyendo a la inversa de cómo se lee normalmente— dónde estaban todas las letras y cada uno de los signos de puntuación. Entonces, tratar con la gente del taller, cuando me hice cargo de la redacción fue más o menos sencillo.


No hay un periódico de los periodistas. Suena, incluso, como una cosa estrafalaria porque ¿qué periodistas tienen el poder financiero, de gestión, con las necesidades que hoy requiere un negocio de la prensa moderna? Una respuesta muy beata sería: “Es que aquí todos los periodistas son bien honrados”, el otro extremo tampoco es cierto: los periodistas que se hayan hecho ricos, tampoco están en una empresa periodística cuyos valores y objetivos sean: el lector primero, la información para la sociedad, la toma de decisiones del ciudadano. Esos no son los móviles principales.


El mayor mérito de Cambio es haber pervivido y haber podido transformarse sobre sus orígenes: derivar en nuevas versiones, mejores y más potentes.


Un defecto de las empresas periodísticas es que en lo último que piensan es en los periodistas: los salarios en general no son buenos; entonces hay una promiscuidad: ahora estoy acá, mañana estoy allá. El mercado de trabajo es inestable, irregular y no está muy claro cómo se va a desarrollar profesionalmente el reportero. Es un factor que pesa en el hecho de que las empresas como organizaciones puedan florecer, puedan estabilizarse, pero que no tengan el elemento, la capacidad intelectual, la experiencia, la gana, el feeling para hacer florecer generaciones con una mística profesional mucho más avanzada.

 

“¡No, cómo crees, camarada!” respondía, mitad en serio mitad en broma don Gabriel, cuando yo, de broma, le improvisaba algún encabezado fuertísimo —juguetonamente radical—. Él decía: “Ésta va a ser la principal” —e invariablemente se trataba de una noticia y un encabezado que no nos metían en dificultades con nadie—.

 

 

 

 

 

 

 

 

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