Javier Gutiérrez


En esto creo


Periodista, conductor del programa “Te lo digo Juan” en el canal 26, Excolaborador de Cambio


Elisa Vega Jiménez

 

Un periodista debe estar viendo a los ojos al hombre del poder, al hombre público y exigirle un mínimo respeto a su dignidad, a su trabajo profesional —tan digno como el del otro—. Un día le pregunté al director del diario Le Monde qué papel consideraba que debería desempeñar un periodista en relación con el gobierno: contra el gobierno o a favor de él y, respondió: “frente al gobierno”. Claro, esto requiere principios, respeto a sí mismo, compromiso. Entonces, no es un camino fácil.


El Cambio de hoy es más periódico que en aquellos tiempos. Surgió como una necesidad un poco doméstica de hacer periodismo, probablemente sin un compromiso político, muy abierto. En aquellos tiempos se mantenía una línea un poco más concordante con las posiciones gubernamentales: sirvió una buena temporada a propósitos de la universidad —porque entiendo que la UAP era una fuente de financiamiento—, Cambio tenía la simpatía de una corriente importante que giraba en torno a la universidad, cosa que a mí no me agradó mucho. Se nota el cambio, con relación a aquellos tiempos, el de hoy sabe más a periódico, huele más a periódico, se ve mejor como periódico.


El 95 por ciento de las personas que incursionan en el periodismo, más temprano que tarde, terminan por encontrar su verdadera vocación: el comercio. Lo columna ha caído mucho en la improvisación, se ha convertido en un coto donde el titular procura sus beneficios personales y no antepone el interés social. Me parece que está apartada de su función. No creo que por sí sea mala; son malos los contenidos.


Cuando alguien eleva la voz, entre más la eleva, más se aparta de las razones. Cambio propende mucho a la superficialidad del manejo de la información —es un mal de la mayoría de los medios impresos nacionales—, y a cierta altisonancia: cuando hace alarde, ostentación: adjetivando los encabezados, se separa, se divorcia un poco del equilibrio, de la confianza que debe inspirar. Podría perfectamente prescindir de ese tipo de enfoques, sin apartarse de sus contenidos.


No soy un hombre de grandes pretensiones materiales; soy muy feliz con la lectura, con la música, con la comida, con la relación humana —con mis hijos, por supuesto—. No tengo reproches de consciencia: tengo una red amplia de amistades, algunos amigos… Basta poco para vivir, y con ese poco me siento muy satisfecho. Las cosas que brillan por fuera son pasajeras.


De Cambio elogiaría que rescata, conserva y ejerce géneros periodísticos que en los demás medios no se practican. Deberían verse reportajes de vez en cuando; haría falta un formato en primera plana con menos contenidos llamativos y más estéticos. Hay muchos motivos de inspiración: particularmente los periódicos argentinos me gustan, quizá por ahí podrían encontrarse elementos para darle un sabor estético, más atractivo, con más sabor periodístico.


El gran error, que coloca a un hombre público en posición de ser criticado es, faltar a la verdad, y transitar por caminos equivocados. Cuando se comete un error, el medio está obligado a señalarlo y el hombre público a tomar consciencia de él y a rectificarlo. Si no escucha, no rectifica y comete un error mayor. Esa cadena de errores lo degrada, lo devalúa frente a la sociedad. Mientras haya en el sector público personas con un pleno conocimiento de cómo opera la comunicación social, cuál es el papel del periodista y del medio, mejor será la tarea de gobierno. Los reporteros estamos obligados a saber cómo funciona el poder, pero igualmente el hombre público está obligado a saber cómo funcionan los medios.


Procuro que lo que digo tenga un refrendo perfecto con mis actos: he enseñado a mis hijos a construir la verdad con la suma de otros, a ser justos, sencillos, amables, a no inclinarse por las cosas materiales y sí por las espirituales y hasta este momento me siento satisfecho con ellos.


La “declaracionitis” es la enfermedad nacional de los medios impresos: sacan la nota del día, la resonancia de la nota del día y no es malo, pero si la nota tuviera más elementos, paisaje, calor humano… Ese problema del manejo de la declaración de todos los días empobrece la calidad de un periódico. Y se debe a dos cosas: cierta inercia decreciente en cuanto a calidad de los reporteros y a la falta de rigor de los directores de medios para impulsar una manera distinta de presentar la información: no tiene que ser solemne, ni acartonada, debe que ser con gusto, con sabor y con un sentido estético, con dominio del idioma. Un medio tiene todos los días la gran oportunidad de abrir su propio camino y distinguirse con su estilo.


Publicar un libro es un reproche de consciencia que cargo: veo que mis compañeros y mis amigos han publicado varios libros y me da muchísimo gusto, lo celebro y lo hago público en la televisión: Miguel Campos, Felipe Gutiérrez, Lalo Merlo… y yo no he publicado nada.


Aprendí mucho de Efraín Llaguno: un periodista preparado, amante del oficio, culto, agradable —y con las propensiones propias del oficio: el alcohol—. Llegábamos a las 9 de la mañana a la redacción de El Heraldo, nos poníamos a revisar los periódicos y me empezaba a platicar de historia, de filosofía, anécdotas. También aprendí de Joseluis Ibarra Mazari, con él conviví casi once años en El Heraldo, me gustaba su manera de ser, su estilo: yo no fumo pero cuando estaba con él, hasta me contagiaba un poco su estilo de fumar.


Admiro la forma de ser, de escribir y de pensar de Miguel Ángel Granados Chapa, Julio Scherer, Raymundo Rivapalacio, Guadalupe Loaeza y nada más. Hay que buscar por los rincones y con lupa.


No puedo estar en ningún lugar sin hacer una caricatura. Estoy armando un libro de refranes disfrazados: he preparado entre 200 y 300 y los estoy ilustrando con monitos. Ese es un trabajo que quiero editar —recientemente ilustré el libro de Blanca Lilia Ibarra con 70 cartones—. Me gusta hacer el mono y ponerle un sentido humorístico. No soy muy inclinado y no tengo facilidad para reproducir la imagen de una persona.


Marcos Rodríguez escribía con un estilo sabrosísimo. Era un periodista que analizaba las cosas desde la izquierda y vi gente de derecha recortar sus columnas: decía verdades bien armadas, fundadas y además con un toque humorístico, incisivo, fino, agradable. El calor que irradiaba Cambio con personas como Marcos constituyó una etapa bonita, en mi relación con el periódico.


Mi mamá alguna vez dijo, “creo que Javier va a ser voceador”. En la secundaria me gustaba recortar las notas de los periódicos, sobre todo las de deportes y guardarlas en las bolsas del pantalón.

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