El don del padre Thomas


—Crónica—


Edmundo Velázquez

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En trance una mujer reza con las manos extendidas hacia el cielo, espera un roce de Thomas Michel, un padre que se ha ganado la fama de ser milagroso, de curar a aquellos que padecen males sin remedio y de hacer sanaciones con solamente tocar a los enfermos.


La iglesia de María Reina lució a tope ayer por la mañana, A la misa de las once de la mañana llegaron al menos 2 mil personas que abarrotaron el templo, aunque “esto no es nada”, como dicen sus admiradores.


Los asistentes en su mayoría son católicos que buscan la cura de algún familiar sobre quien pesa alguna enfermedad terminal. Otros más simplemente van a verlo para recibir las bendiciones del que “será un nuevo santo”, como aseguran varios feligreses.


Y en efecto, las primeras filas son destinadas para aquellos que buscan con el padre Thomas tener un poco de salud, en las bancas más cercanas al templete desde donde se oficia la misa se mantienen aquellos que lucen en peores condiciones: hombres y mujeres en sillas de ruedas, otros con obvios deterioros por algún tipo de cáncer, y muchos más con muletas, y otros aparatos ortopédicos que los auxilian con enfermedades motrices.


Sin embargo, la misa que oficia el padre Thomas no dista de cualquiera en una iglesia común, simplemente, se extiende por el número de feligreses que acuden a su llamado. Casi tres horas duró el servicio oficiado ayer en María Reina, pero esto ocurre debido a que la misa se interrumpe en ocasiones por aquellos fieles que buscan acercársele o por las eternas filas de creyentes que esperan que el padre Thomas les dé de su propia mano la hostia.


“La paz sea con ustedes y con su espíritu. Hemos darnos todos la paz del señor. El señor está con nosotros”, anuncia el padre Thomas y al menos 25 niños salen corriendo de sus lugares, uno tras otro, para tocarlo, para pedirle su bendición.


—Dicen que es milagroso…— dice algún curioso a otra mujer mucho más fiel que él.
—¿Dicen…? No, no dicen. Lo es. Es maravilloso. Ha hecho muchos milagros. Ha curado a muchos enfermos. ¿Nunca los había visto?— dice sorprendida la mujer.
—No…— admite apenado el otro.
—Viene casi cada mes a la Iglesia del Santo Camino. Ahí ha hecho muchas sanaciones. Hay muchos testimonios. Una vez, a una niña que tenía un ataque epiléptico solamente con tocarla se lo quitó. La niña se quedó dormida y ya después nunca tuvo ataques. Ha hecho muchas cosas.

 

Milagros en una botella de Bonafont


Entre cánticos eclesiásticos con arreglos tipo karaoke prosigue la misa sin más complicaciones en María Reina. La gente acomoda en la parte baja del altar varias botellas rellenas con agua, aunque no falta quien compró una docena de Bonafont en el OXXO para improvisar el agua bendita.


Les abren la tapa “para que les caiga la bendición”, las dejan acomodadas una tras otra para el momento en que el padre Thomas deje caer sobre ellas la buena vibra para que se conviertan inmediatamente en un elixir que les pueda servir “hasta para lavar heridas”:


“Sí, alguna vez que vi al padre me traje una botella de agua y la bendijo. Y después sirvió para curarle una herida a mi marido, él tenía un problema de diabetes y corría el riesgo de perder una pierna porque una herida no le sanaba. El agua bendita del padre Thomas lo salvó”, asegura una señora mientras va acomodando varias botellas cerca del altar.


Además la gente apila fotografías de seres queridos. Hombres y mujeres de todos los estratos sociales se pueden ver en las fotografías escolares y de graduaciones. “Son para que también a ellos les caiga la bendición del padre Thomas”, admite otra mujer.


Sin embargo, la homilía sigue y la gente comienza a impacientarse.


Cuando acaban de recibir la hostia los ahí presentes, casi 45 minutos después de que fueron iniciadas cuatro filas para todos los creyentes, varios seguidores del padre Thomas se han instalado ya al frente del altar central. Y ya no se mueven. Esperan que el padre les ponga encima sus manos, esperan tocarlo, rozarlo para conseguir la cura a alguna enfermedad.
—¿Y en verdad es milagroso?— pregunta el curioso a uno de los asistentes del padre Thomas Michel.

—Sí— responde a bocajarro.
—Pero no hay nada comprobado…— debate el curioso.
—No, sí lo hay. El padre tiene… un don. Realmente lo tiene—


Y su don, el de la sanación ya provoca tumultos al fondo del templo.


La cantante de la Iglesia pide cuidado a los asistentes y da instrucciones para recibir el don del padre Thomas:
“Por favor señores, recuerden que seguimos en un templo. Por favor vuelvan a sus asientos. El padre pasará hasta sus lugares, pero tenemos que hacer una cadena de amor.”


Por el micrófono el padre explica en su castellano con un acento agringado que pasará por el centro del templo tocando a todos los que están en los extremos de las bancas, que les tocará de la mano y que necesitan estar tomados de las manos para que su poder de sanación llegue “en una cadena de amor”. Sin embargo, los feligreses no atienden a indicaciones, los organizadores comienzan a pedirles que se retiren a sus lugares sin conseguirlo. Muchos se quedan al frente esperando ver de cerca al padre Thomas.


Y entre la multitud el padre tiene que bajar del altar central de la iglesia que es rematado al fondo por una Virgen María tamaño monumental.


A empujones se abre paso mientras la gente que al frente lo esperaba lo intenta tocar. ¡Padre, padre!, algunos gritan a media voz para que Thomas Michel por lo menos los mire de reojo.


El padre Thomas tarda casi media hora en cruzar la iglesia repartiendo su don. La gente se le tira ante él, le pide su ayuda, su intercesión ante Dios. Regresa al frente casi exhausto acompañado por uno de sus asistentes, un acólito y un trabajador del templo de María Reina.


Apenas y con la ayuda de los tres hombres puede caminar el padre, mientras la gente se empuja una con otra para acercársele, para frotarse contra sus manos o para tocar su blanco cabello.


Es un tumulto con el que apenas puede lidiar el padre que, a pesar de su constitución caucásica, su edad que bien pasa de los 70 años no le permite.


“Hermanos, por favor, regresen a sus lugares, que el padre se encuentra ya cansado”, dice una vez más la cantante del templo por el micrófono. Tras su recorrido por la iglesia el padre Thomas da por terminada su misa. Y los feligreses quedan encantados. Aquellos sanos salen maravillados. Aquellos enfermos quizá notaron mejorías inmediatas, pero por lo menos los milagros ayer no llegaron. Aunque la cura, como explica uno de los asistentes del padre, “está en Dios”:


“No queremos que se nos juzgue de fanáticos (…) La gente que ha venido hoy no es nada, ha tenido eventos con mucha más gente. Al padre lo siguen mucho (…) pero lo siguen porque realmente se han visto curados y él mismo lo dice. Él dice que no cura. Que quien cura es Dios a través de él.”

 


 
 
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