Ocultando los privilegios al pueblo


Elisabeth Bumiller / Washington


Notas Relevantes

Alguien famoso vivió aquí

Consideraciones actuales

Hillary Rodham Clinton, Wellesley generación 1969, Escuela de Derecho de Yale, generación 1973 y la primera dama del país durante ocho años, es repentinamente una heroína de pistolas y tragos de whiskey de la clase trabajadora. Barack Obama, Columbia, generación 1983 y Escuela de Derecho de Harvard, generación 1991, visita salas de bolos y tabernas y habla sobre su madre soltera que vivía a base de los cupones de alimentos.


John S. McCain III, Academia Naval de EU, generación 1958, hijo y nieto de almirantes y esposo de una de las mujeres más ricas de Arizona, anda a la caza de la base religiosa conservadora y antielitista del Partido Republicano, y prefiere hablar sobre la “cabaña” en su retiro de fin de semana en Sedona, en vez de la casa de Phoenix suntuosamente mostrada en las páginas de Architectural Digest en 2005.


En un país cada vez más populista, no es de sorprender que los tres contendientes presidenciales hayan estado alejándose de la etiqueta de elitistas durante gran parte de esta temporada de primarias. ¿Pero realmente esperan deshacerse de ella?


Es más, ¿deberían hacerlo? ¿Los votantes no quieren al mejor y más brillante, y al que tenga mejores credenciales, llegando a la cima?


No exactamente. Los estadounidenses han sido ambivalentes sobre las elites desde que la nación fue fundada por revolucionarios que también eran, en muchos casos, una pequeña burguesía. Y el estatus y la riqueza aún desempeñan un papel exagerado en una sociedad supuestamente sin clases.


La historia presidencial de Estados Unidos es un buen ejemplo. Aunque desde hace tiempo ha habido una inclinación antiaristocrática en la política estadounidense, los votantes han llevado a algunos aristócratas famosos (incluidos dos Roosevelt, un Kennedy, todos hombres de Harvard) a la Casa Blanca, y todos casi los han idolizado también. En los últimos 20 años, todos los presidentes se han graduado de Yale. En 2004, dos miembros de la sociedad secreta enrarecida de la universidad, “Skull and Bones”, se postularon uno contra otro, y el candidato más elitista, George W. Bush (Andover, Yale, Escuela de Administración de Harvard, hijo de un presidente), ganó.


Pero no es siempre es fácil decir exactamente quién, o qué, constituye la elite; especialmente en las últimas décadas. En su libro The power elite (La elite del poder), publicado en 1956, el pensador izquierdista C. Wright Mills identificó a una clase “compuesta de hombres políticos, económicos y militares”, que aprovechaban “los importantes medios de producción” junto con “los recién ampliados medios de la violencia” creados en la era nuclear. En 1975, el neoconservador Irving Kristol describió a la elite, o “la nueva clase”, como él la llamó, como una confederación de liberales de mentalidad parecida en una gama de profesiones —desde periodismo hasta derecho— que “sospechaban de, y eran hostiles hacia, el mercado precisamente porque el mercado era tan vulgarmente democrático”.


Mills y Kristol compartió la creencia de que “la elite”, comoquiera que la definieran, ejercía una influencia desproporcionada. Este año, estas opiniones rivales persisten. Los republicanos se burlan de los demócratas por ser elitistas culturales, y los demócratas se mofan de los republicanos como elitistas económicos. Pero las antiguas etiquetas han sido volteadas por completo.


Clinton y McCain se han burlado de Obama como “elitista” por sus declaraciones sobre los votantes rurales amargados que “se aferran” a las armas y la religión, aun cuando Obama, en un contragolpe, se burló del cortejo de Clinton a los propietarios de armas.


En medio de todo esto, algunos han señalado que es un momento curioso en la historia estadounidense: un candidato afroamericano, nacido siete años después de que la Suprema Corte repudió la segregación en las escuelas públicas y cuatro años antes de que fuera aprobada la Ley de Derechos de Votación, se encuentra luchando por superar un aura de privilegio.


“Realmente es una deliciosa ironía que el primer candidato afroamericano serio para la presidencia debiera repentinamente ser descrito como elitista”, dijo Tom Wolfe, autor de Bonfire of the vanities (La hoguera de las vanidades) y veterano cronista de la fijación de la nación con el estatus.


Una razón es que Obama tiene dos títulos de universidades de elite, pertenecientes a la llamada Ivy League, en una época en que no todos los estadounidenses aceptan la idea de una educación en la Ivy League como un triunfo de la oportunidad estadounidense. Conforme los campus de elite se han vuelto más diversos culturalmente, pero no necesariamente más accesibles para muchos en la clase media, persiste la percepción de que las conexiones de alto nivel aún importan.


En una nación sin una aristocracia definida, una educación de elite bien podría ser la tarjeta de membresía más importante. “Las elites estadounidenses tienen un problema que no tienen las europeas, que es cómo garantizar que sus hijos y los hijos de sus hijos conserven su elevada posición social”, dijo Jason Kaufman, sociólogo de Harvard que ha escrito sobre elites y la cultura estadounidense. “Los estadounidenses lo hacen a través de las instituciones culturales y la exclusión; museos de arte, música clásica y universidades tremendamente elitistas.”


Quizá haya otra razón para que los estadounidenses sean escépticos sobre la idea de que los mejores ascienden a la cima: Quienes están en la cima no se han desempeñado bien últimamente. Christopher Buckley, Yale, generación 1975, el novelista y humorista, señala que los recientes libros sobre Irak contienen ecos de The best and the brightest (Los mejores y los más brillantes), el relato clásico de David Halberstam de los enormes fracasos del grupo de asesores salidos de la Ivy League en la Casa Blanca de Kennedy que llevaron a la nación a Vietnam. “Si les gustó Vietnam, traído a todos nosotros por Harvard y Yale, les gustará Irak”, dijo Buckley.


Consideremos a algunos actores cruciales en la guerra de Irak: el ex secretario de Defensa Donald H. Rumsfeld, Princeton, generación 1954; el vicepresidente Dick Cheney, desertor de Yale; I. Lewis Libby, Yale, generación 1972; y L. Paul Bremer III, ex el máximo administrador civil estadounidense en Bagdad, Yale, generación 1963, Escuela de Administración de Harvard, generación 1966. Bush, Bremer y Libby también se graduaron de Andover.


Buckley recordó una famosa frase pronunciada por su padre, William F. Buckley Jr., Yale, generación 1950, que observó en los años 60 que preferiría “ser gobernado por los primeros 2 mil nombres en el directorio telefónico de Boston que por los 2 mil miembros del personal docente de Harvard”.


Dejando de lado las credenciales de la Ivy League, lo que importa al final a la mayoría de los votantes, cuando se trata de elegir a un presidente, no es el linaje académico, sino más bien la capacidad de los candidatos para hacer una conexión emocional y ganar confianza. Los más famosos aristócratas-presidentes del siglo XX, John F. Kennedy y Theodore y Franklin Delano Roosevelt, tuvieron ese don, y éste supero las ventajas —o desventajas— de la educación, la riqueza y el privilegio.
La atención puesta este año en los cruciales estados oscilatorios, y sus grandes poblaciones de clase obrera, han hecho que sea una necesidad política inspirar a esos votantes y restar importancia a las credenciales elitistas. En el último de los casos, las victorias de Clinton en las primarias de Virginia Occidental y Kentucky muestran cuánto trabajo más debe realizar Obama, el probable candidato demócrata, con esta porción crítica del electorado.


La lección no ha pasado inadvertida a McCain, cuyo linaje de Annapolis de tercera generación le hace quizá el más elitista de los tres candidatos y quien está casado con una mujer que financió la carrera política de su marido. En un discurso el mes pasado en Inez, Kentucky, la hondonada carbonífera en los Apalaches donde en 1964 Lyndon B. Johnson declaró su guerra contra la pobreza, McCain trató de tender un puente sobre la diferencia.


“No puedo afirmar que las circunstancias de nuestras vidas sean semejantes en todos los aspectos”, dijo McCain a una amistosa multitud en Palacio de Justicia del Condado de Martin. “No soy hijo de un minero del carbón. No fui criado por una familia que se ganara la vida con la tierra o afanándose en un molino o trabajara en las escuelas o en la clínica de salud locales. Fui criado en la Armada de Estados Unidos, y después de mi propia carrera naval, me convertí en político. Mi trabajo no es tan duro como el de ustedes.”


Sin embargo, McCain aseguró a la multitud que “ustedes son mis compatriotas”, y “eso significa más para mí que casi cualquier otra asociación”.


Era un sentimiento peculiarmente estadounidense; optimista, político, quizá ingenuo. Pero era tan antiguo como la nación misma.


“Soy un testigo viviente de que cualquiera de sus hijos podría aspirar a llegar aquí como lo ha hecho el hijo de mi padre”, dijo Lincoln a las tropas de la Unión reunidas en la Casa Blanca en agosto de 1864, antes de prometerles a todos “privilegios iguales en la carrera de la vida”.

 


 
 
Todos los Columnistas