Comentario: bits, bandas y libros


Paul Krugman


Notas Relevantes

Notas Anteriores

¿Recuerdan cómo eran las cosas allá en los viejos tiempos, cuando teníamos una Economía Nueva? En los años noventa, los empleos eran abundantes, el petróleo, barato, y la tecnología de la informática estaba a punto de cambiar todo.


Después, reventó la burbuja tecnológica. Resultó ser que muchas de las compañías de la Economía Nueva, muy pregonadas, tenían más habilidad para promover su imagen que para hacer dinero —aunque algunas de ellas sí fueron pioneras en formas nuevas para hacer fraudes contables—. Después de eso vino el choque petrolero y el choque alimentario, recordatorios sombríos de que aún vivimos en un mundo material.


¿Entonces, basta de la revolución digital? No tan rápido. Las predicciones de los gurús tecnológicos de los noventa se están cumpliendo con mayor lentitud de la que esperaban los entusiastas, pero el futuro que visualizaron aún está en marcha.


En 1994, una de esos gurús, Esther Dyson, hizo una predicción asombrosa: que la facilidad con la que se puede copiar un contenido digital y diseminarlo al final obligaría las empresas a vender baratos los resultados de la actividad creativa, o, incluso, a regalarlos. Cualquiera que sea el producto —software, libros, música, películas—, el costo de la creación se tendría que recuperar en forma indirecta: las empresas tendrían que “distribuir la propiedad intelectual gratuitamente para poder vender servicios y relaciones”.


Por ejemplo, ella describió cómo algunas compañías de software regalaban su producto, pero ganaban por tarifas de instalación y mantenimiento. Sin embargo, su ejemplo más convincente de cómo se puede ganar dinero regalando cosas fue el de Grateful Dead, la banda estadounidense de rock, que alentó a la gente a grabar sus presentaciones en vivo porque “suficientes personas que copian y escuchan cintas de Grateful Dead terminan pagando por sombreros, camisetas y boletos para las presentaciones. En la nueva era, el mercado de los accesorios es el mercado”.


En efecto, resulta que los Dead fueron pioneros empresariales. La revista Rolling Stone publicó hace poco un artículo titulado: “Rock's new economy: making money when cds don't sell” (La nueva economía del rock: ganar dinero cuando no se venden los discos compactos). Las descargas están debilitando las ventas de discos sin parar, pero, informa la revista, las bandas de rock actuales están encontrando otras fuentes de ingresos. Aun si es modesta la venta de discos, las bandas pueden transmutar las transmisiones de una grabación por radio o televisión y las presentaciones visuales en YouTube en un éxito financiero indirecto, haciendo dinero por medio de “publicaciones, giras, micromercadotecnia y licencias”.


¿Qué otras actividades creativas se convertirán en formas principales de promover negocios secundarios? ¿Qué tal escribir libros?


Según un artículo publicado por The New York Times, todo el alboroto en la BookExpo America de este año fue por los libros electrónicos. Ahora, los libros digitales han sido ese tipo de cosa que ya viene, pero, de alguna forma, todavía no llega, durante mucho tiempo. (Hay un chiste viejo brasileño: “Brasil es el país del futuro, y siempre lo será”. Así ha sido con los libros digitales.) Sin embargo, quizá finalmente hayamos alcanzado el grado en el que estén a punto de convertirse en una alternativa, ampliamente usada, al papel y la tinta.


Por supuesto que esa es mi impresión después de una experiencia de dos meses con el artefacto que generó el alboroto, el Amazon Kindle. Básicamente, es ligero, con pantalla antirreflejante, lo que significa que proporciona una experiencia de lectura casi comparable a la de leer un libro tradicional. Esto permite que el usuario tenga libertad para apreciar el factor de la conveniencia: el Kindle puede almacenar el texto de muchos libros, y cuando se ordena uno nuevo, literalmente está en sus manos en un par de minutos.


Es un paquete lo suficientemente bueno como para que suponga que pronto serán comunes los lectores digitales, quizás incluso en la forma usual en la que leemos libros.


¿Cómo va a afectar esto a la industria editorial? En este momento, los editores ganan lo mismo por una descarga para Kindle que con la venta de un libro físico. Sin embargo, la experiencia de la industria de la música indica que esto no va a durar: una vez que se vuelvan comunes las descargas de libros, será difícil que los editores sigan cobrando los precios tradicionales.


En efecto, si los libros digitales se vuelven la norma, es posible que desaparezca la industria editorial como la conocemos. Podría ser que los libros terminen por servir principalmente como material de promoción para otras actividades de los autores, como lecturas en vivo con el cobro por la admisión. Bueno, si fue lo suficientemente bueno para Charles Dickens, supongo que lo será para mí.


Ahora, la estrategia de regalar la propiedad intelectual para que así la gente compre la parafernalia no va a funcionar igualmente bien en todos los casos. Para tomar el ejemplo obvio y doloroso: las agencias de noticias, que incluyen demasiado a The New York Times, han pasado años tratando de convertir a sus lectores en línea en una propuesta con un pago adecuado, con un éxito limitado.


Sin embargo, tendrán que encontrar la forma. Bit por bit, todo lo que se puede digitalizar será digitalizado, con lo que la propiedad intelectual será cada vez más fácil de copiar y más difícil que nunca vender por más de un precio nominal. Y tendremos que encontrar modelos empresariales y económicos que tomen en cuenta esta realidad.


No todo sucederá de inmediato. Sin embargo, en el largo plazo, todos somos la banda Grateful Dead.

 


 
 
Todos los Columnistas