Jaime Mesa


En esto creo


Escritor, subdirector de ediciones de la Secretaría de Cultura, 31 años


FOTOS


Elisa Vega Jiménez

 

Siempre estás en busca del libro perfecto para ti, pero nunca lo vas a poder leer, porque aunque lo planees todo, digas “yo quiero contar esta historia, con estos personajes”, lo escribas durante un año y lo releas, al final, aunque publiques, nunca lo vas a leer como un lector virgen: nunca voy a llegar a leerme como lo haría con cualquier otro autor.


He aprendido, de Alejandro Montiel, a tener una visión global de los proyectos; puedes llegar con 20 mil proyectos, pero los que valen son los que puedes empezar ahorita, los que pueden ser autosustentables, los que puedes vincular con la sociedad y los que tienen un detonante a largo plazo.


Lo que hace que no me suicide, en todo el mundo, es la literatura, la posibilidad de escribir una nueva novela. Ya estoy en la segunda, y no me interesa cuándo la voy a publicar, qué dirán los críticos, sino lo puro, que es la escritura.


Quiero llegar a algún punto en el que vuelva la vista y mi vida no sea una larga sucesión de meros recuerdos intangibles. Lo que quiero es ver una serie de objetos que den cuenta de mi memoria, de lo que fue mi paso por el mundo. Todas mis experiencias, mis ideas. No confío mucho en la oralidad, en pasar la vida sin dejar registro de lo que hiciste.


Las manías que tenemos los escritores son pretextos para no sentarnos a escribir. Cualquiera puede sentarse a escribir a cualquier hora, pero el proceso de la escritura es tan difícil, tan fiero y tan violento para uno mismo que se llena de pretextos: “Si no se dan estas condiciones no escribo”.


Vivir se ha confundido con la exigencia de hacer cosas espectaculares o muy intensas. Daniel Sada me lo dijo una vez: por el hecho de estar en tu casa, sentado en una silla y permanecer así, ya vives. Pero la gente piensa que si no viaja, no tiene muchas relaciones o conoce a mucha gente no está viviendo.


Elegí la novela porque no se dirime en cosas perfectas; es un océano y nadie sabe qué hay ahí dentro, así es mi mente. En mi primera juventud escribí cuento pero me sentía constreñido, como en una camisa de fuerza, entonces dije “el cuento me pone demasiado neurótico”, y salté a la novela. Escribir un cuento es darle cuentas a la técnica, escribir una novela es contar tu historia de la manera en que puedas.


Siempre sueñas con conseguir algo, y cuando llega ya no es suficiente. Con Rabia tengo lo que más quería en el mundo, pero entendí que eso no era lo importante. Lo importante en mi caso es la escritura, me doy cuenta de que publicar te deja totalmente insatisfecho, y que lo que se queda es la escritura.


Mis maestros en el estilo son Don Delillo, un autor norteamericano, y David Foster Wallace, que acaba de suicidarse. Don Delillo por este afán de expansión que tiene su literatura: hablar, sí, de la particularidad pero con un tono de atmósfera, más global; y Foster Wallace por esta capacidad de atreverse a retos magníficos aunque resulten hechos fallidos, por esa capacidad de arriesgar, sin importar la caída libre. Además de autores del siglo XIX: Tolstoi, Dostoievski.


Desde el principio una de mis intenciones fue escribir el libro que yo siempre hubiera querido leer, no porque hubiera leído autores que no me gustaran, la mayoría me gustaba, pero era decir: “Sí, pero es su versión de los hechos; yo quiero la mía”. Mi literatura, como la de muchos artistas, partió de mi inconformidad con el mundo.


Rabia es la historia del matiz del pudor, cuando escribía en el taller yo no sentía vergüenza ni pudor. Quería que todo mundo leyera mi novela; se publicó, y desde que llegaron a casa mis ejemplares, adopté un pudor tremendo. Es como si te mostraran una foto de cuando tenías 11 años, cuando estabas desnudo. Soy yo pero ya no soy yo, el tiempo me cambió.


Hay muchos tipos de carreras para ser escritor, una de ellas es “haciendo relaciones”, y está muy bien, pero al final, si no hay un sustento literario, vas a publicar en 15 editoriales y en seis meses tu libro va a estar completamente olvidado.


Tengo la manía de estar escribiendo y beber mucha agua o mucho de algo. Cuando estuve escribiendo Rabia pensé que estaría bien tomar vodka, compré mi botella, pero a ese ritmo obsesivo en el que te metes demasiado en la escritura, me serví y me serví, y a la mitad de diez páginas ya tenía un cuarto de la botella vacío; entonces encontré que si tomaba vodka me iba a volver alcohólico o me iba a salir muy caro, entonces opté por el agua; otra cosa que siempre debo tener es el Messenger y un buscador abiertos.


Publicar una novela es un hecho dificilísimo, en el sentido de que para publicar una buena novela tienes que escribir una buena novela, pero alejándonos del difícil proceso de escribirla, es un hecho casi del azar que encuentres una editorial, y que los lectores de esa editorial estén más o menos en sintonía contigo. Para publicar Rabia me rechazaron en tres editoriales. Requiere mucha paciencia publicar un libro. Desde que me aceptaron Rabia hasta que se publicó pasaron dos años.


Fue fundamental haber sido alumno de Daniel Sada para publicar Rabia, pero más que para la publicación misma, para escribirla. El conocimiento que pudo obtener Daniel Sada en 30 años de dar talleres para detectar y decirte en una frase el fallo de tu novela fue primordial, lo que él hizo fue quitarme cinco o cuatro años de trabajo de prueba y error. Seguramente yo hubiera publicado en la misma editorial o en otra sin Daniel, pero el proceso hubiera sido mucho más largo.


Me he afanado en explicarle a mi familia que publicar una novela cuesta mucho trabajo, mucha reclusión y mucha soledad. Yo me enfrentaba mucho con los reclamos: “No estás con nosotros”, “no vas a las fiestas familiares”; desde el hecho de estar leyendo todo un día. Cuando apareció la novela, toda esa aparente rebeldía tuvo un resultado, y poco a poco lo han ido entendiendo.


Tenía la idea errónea de que si yo amaba a alguien, que si yo hacía algo, eso iba a interferir de una forma negativa con lo que yo estaba escribiendo. Desde los 18 años yo condicioné mi vida a la escritura, y tomé muchas decisiones con base en eso. La publicación de la novela me dio cuenta de que la vida está muy bien conviviendo con la escritura, que bien puedo ir a un bar y escribir al siguiente día. Pensé que la escritura era algo que me habían dado y que tenía que cuidarla, sobreprotegerla de cualquier cosa de la realidad, incluso de mí. Con el tiempo he entendido que soy escritor, que nadie me lo va a quitar, que es lo único que me pertenece.


Los artistas somos más inestables y nos cuesta mucho más trabajo seguir un proceso burocrático que a un funcionario de carrera, porque tenemos la mente dispersa. Si para alguien hacer un oficio le representa cinco minutos, a mí me representa quince, pero Alejandro Montiel sabe que es imposible que haya una Secretaría de Cultura sin artistas dentro.

 

 

 

 

Copyright 2008 / Todos los derechos reservados para M.N Cambio /


 
 
Todos los Columnistas