Fritz Glockner


En esto creo


Historiador y escritor


FOTOS


Elisa Vega Jiménez

 

Me entró un gran odio cuando me enteré que habían asesinado a mi padre, una sed de venganza, pero por fortuna Ernesto Manzo, el papá de mi amigo Carlos, de manera muy oportuna, se acercó, me abrazó y me dijo: “Fritz, te voy a pedir que no odies; haya sido quien haya sido el que asesinó a tu padre, porque el odio es un sentimiento autodestructivo”. En ese momento mandé al señor a chingar a su madre. De ahí pasé un proceso de depresión cabrona, de tres cuatro días. Pero cuando me reincorporé, me di cuenta de que las palabras de este hombre surtieron mucho efecto, al grado de que, por fortuna, no continué con una actitud de odio, sino que hubo una sanación chingona.


La impunidad y la corrupción son dos grandes lastres de este país, permiten la existencia de gobernadores como Mario Marín y Ulises Ruiz, que el padre de Mouriño no sea sancionado por sus tranzas, que Luis Echeverría Álvarez y Miguel Nassar no sean enjuiciados por los actos genocidas que cometieron en las décadas de los 60 y 70. Somos el pinche país del “no pasa nada”: puedo violar a una mujer y no pasa nada, puedo robar un banco como cuello blanco y no pasa nada; pero si alguien se roba una pinche manzana del mercado, entonces sí, hasta el fondo.


Se es historiador porque se escribe historia, no porque se haya estudiado en la escuela. Yo no soy licenciado, me faltaron dos materias para obtener el título de historiador, y lo digo con mucho orgullo. He asesorado tesis doctorales, incluso en universidades gringas doy clases a nivel de doctorado: un pendejo que ni siquiera tiene licenciatura. No es algo que me falte por hacer, no quiero, a pesar de las ofertas.


El arrepentimiento es el estado anímico más absurdo y pendejo del ser humano, no acostumbro caer en ese tipo de juegos mentales. Me siento satisfecho con mi vida, porque aprendí que nunca tienes que arrepentirte de nada.


La Jornada de Oriente me veta: no publica mis entrevistas por un pleito personal con el director, que no viene al caso. Me da mucha risa que un pendejete vete a alguien como a mí, cuando me hacen una entrevista sobre la historia de la guerrilla en México, y no por lo que digo, sino por mi persona.


Aquél que quiera tratarme como me ve, no se merece mi trato. Somos una sociedad que acostumbra decir “cómo te ven te tratan”, pero el trato depende de mí, no de los demás.


Seis meses antes de que mi padre se fuera de guerrillero, y nos abandonara, yo estaba en Disneylandia correteando a Campanita. No es metáfora ni broma, tenía diez años y me habían mandado de vacaciones (…) y de buenas a primeras mi padre no volvió a aparecer en la casa. Entramos en una situación complicada, conflictiva económica, política, socialmente hablando.


Si en una feria del libro te tropiezas con los egos, en el mundo del cine no pasas, hay un muro de egos: desde el que cargó los cables, del director, del guionista, los actores, ¡hasta del chícharo! Es un mundillo cagadísimo; yo me he divertido horrores.


Me inscribí a historia por no dejar, y ya en el colegio de historia me percaté de que había atinado sin querer; la historia fue una afición que tuve desde niño.


El niño Fritz sigue diciendo “Chinga tu madre, Napoleón Glockner (…) ¿por qué me sacrificaste a mí, en pos de los demás niños?”. Ni soy egoísta, ni soy culero, soy objetivo. El adulto Fritz dice “¡Qué huevos! y qué padre que él haya optado por sus ideales: haber dejado estatus social, su familia, hijos en el Colegio Americano, en el Oriente; además, con un conflicto generacional muy cabrón, tomando en cuenta que mi padre tenía 39 años cuando se fue de guerrillero, edad que no es acorde al grueso de guerrilleros de entonces, que por mucho llegaban a los 25, 28 años, ya antiguos.


Mi padre se quitaba la camisa, el calzón, el traje y la corbata por cualquier persona en la calle, era exageradamente dadivoso, exageradamente entregado; tan es así que se fue de guerrillero. Eso te enseña, te marca. Era absolutamente honesto. Lo más importante que aprendí de él —que es una combinación de enseñanza entre mi padre y mi abuelo—, tiene que ver con nunca dejarte dominar, nunca dejar que nadie te menosprecie, el no sentirte más que nadie y sobre todo, el ser irreverente.


De pronto había historias que quería contar y que cabían perfectamente en la literatura, más que en la historia. Cuando escribo historia la hago muy narrativa, que pareciera novela, si no, no puedo construir personajes fantasmales. Meto narrativa a la historia pero no es llevar la historia a la ficción, tengo muy claro cuando hago libros de periodismo o libros de historia o libros de ficción.


Mis grandes maestros en el sentido de la vida misma son Tacho de la Torre, un jesuita que me enseñó mucho de la vida; César Pellegrini, maestro de historia; Carlos Fernández del Real; evidentemente mi padre (Napoleón Glockner), mi abuelo (Julio Glockner), Paco Ignacio Taibo I y Ángel González, el poeta español.


Ambiciono seguir siendo irreverente, seguir considerando que la sonrisa es la puerta de la vida, no de la felicidad, porque la felicidad sería algo medio mamón y ambiciono seguir trabajando y seguir contando historias.


No me permito la posibilidad de la incomodidad, si llego a una fiesta y de pronto me pregunto “¿qué hago aquí?”, me levanto y me voy; en lo laboral he abierto los ojos y he dicho, ¡qué hueva ir a trabajar! Y si mi trabajo dejó de ser un juego, y no me divierte, no me apasiona, llego y renuncio, sea el puesto que sea.


Un buen historiador debe mantener un nivel muy suspicaz de investigación del hecho histórico: dudar de la palabra escrita —de pronto si el historiador encuentra un documento, le da el 105 por ciento de verosimilitud, olvidándose de que ese papelito impreso está redactado por un ser humano que tenía propósitos, sentimientos y una intencionalidad—, otra cosa, debe escribir narrativamente para crear fantasmas.


Muchos dicen que somos un país surrealista pero, yo me niego rotundamente a equiparar nuestra realidad corrupta con el surrealismo, el surrealismo es arte, estética, no la tragicomedia y la estupidez de lo que pasa en nuestro país.


Somos una sociedad donde la palabra placer está satanizada: no debes sentir placer al tomar café, al comer, sexual, evidentemente menos, no hay placer de lectura, somos una sociedad donde la palabra placer está totalmente negada.


No puedes someter a competencia novela con cine, son lenguajes diferentes, y lo digo desde que iba a ver Dos crímenes de Jorge Ibargüengoitia, o Como agua para chocolate (de Laura Esquivel); evidentemente no puedes ir a ver la película si ya tienes a tus personajes creados, porque te va a defraudar.


Lo que menos imaginé es que mis novelas terminaran en la pantalla grande: Cementerio de papel, y El barco de la ilusión. Pero no pude haber escogido mejor entrada al mundillo del cine nacional, que del brazo de Mario Hernández, porque es un director que, donde se para, todo mundo lo aprecia y lo respeta.


A todos nos encanta escuchar y leer historias: el chisme de la revista TVyNovelas, con el cual están fascinadas las señoras, es una historia, la bronca es que no se contagia el gusto por otro tipo de lecturas; se quiere imponer y ¿quién chingados acepta una imposición?


Ninguna imagen habla más que mil palabras: una imagen impacta, te entretiene, pero no deja huella; la palabra sí te marca —sea oral o escrita—. Acordémonos de cuántas frases nos han dejado huella y acordémonos de cuántas imágenes.


Le tenemos mucho culto al objeto-libro, pero no a la actividad-lectura, ¿cuándo han visto un libro en un basurero?, ¿cuándo han visto a un cabrón destruir un libro?, es de estatus social que llegues a una casa y tengan una biblioteca, dices, ¡puta, qué genio debe ser este cabrón!


Toda la gente cercana a mí tiene la consigna de, si me llegase a elevar del piso una micra de milímetro, bajarme a putazos. Es muy fácil treparse a un ladrillo y decir “ya chingué”. ¡No!, ya te chingaste. De pronto estoy en promoción de mis novelas y tengo los reflectores deslumbrándome; si no sabes adecuar tu retina, si te quedas en ese viaje, vales madre. No puedo dejar de ser quien soy por ser leído, porque mi nombre se diga en uno u otro sentido.


La publicación de Veinte de cobre significó romper el susurro de la historia familiar que nos habíamos contado 20 mil veces entre la familia. Y decir “a ver cabrones, voy a exhibir, dentro del campo de la literatura, los calzones de la familia”. Mi familia lo aceptó bien y la sociedad tan lo ha aceptado que, por fortuna, Veinte de cobre se ha convertido en un libro referencial, junto con Carlos Montemayor y su Guerra en el paraíso, sobre lo que es la mal llamada guerra sucia en este país. Me da mucha satisfacción que el libro se lea en Inglaterra, en Alemania y en España.

 

 

 

 

 

Copyright 2008 / Todos los derechos reservados para M.N Cambio /


 
 
Todos los Columnistas