Con gran respeto a los dirigentes, miembros, militantes, simpatizantes y cuadros del Partido Revolucionario Institucional en nuestro estado:

 

¡En Puebla empieza la Revolución!. No es tan solo un recordatorio de un apunte histórico, destacado en la debida importancia que amerita el comienzo de la centenaria lucha armada, la cual estamos en la antesala de celebrar. Esto es por igual un llamado para aprovechar una oportunidad, por igual histórica, de rehacer y reencauzar los caminos que, como partido político, nos condujeron a todos hacia una lastimosa derrota en las urnas en nuestra tan querida Puebla.

 

En este marco, no se puede renunciar a la responsabilidad que nos brinda la historia que hoy nos sustenta y soporta. Como instituto político, somos un producto de la lucha armada y de la sangre vertida por hombres y mujeres que mediante las armas clamaron por justicia y democracia. El PRI es el resultado de llevar a las instituciones el programa social y político de la revolución, de ahí parte el peso real que tenemos desde aquel 1929, el cual ahora es oportuno tener a la vista para en consecuencia poder afrontar el panorama que se presenta ante nosotros.

 

Para nadie es ajeno el revés electoral que nuestro PRI tuvo el pasado 4 de julio, evento que puede profundizarse como una herida social, si los dirigentes y militantes no transformamos esa experiencia en una nueva oportunidad; si en vez de ver hacia adelante pretendemos personalizar las responsabilidades de lo que hicimos o dejamos de hacer, y si nos acusamos mutuamente hasta desgastarnos.

 

Esta generación de priístas poblanos tenemos el deber de asimilar los tropiezos y de resurgir de entre las dificultades. Así como otros militantes del PRI han logrado en sus respectivos estados “darle la vuelta” a su derrota, los priístas de Puebla debemos reorganizarnos desde las bases hasta la dirigencia y asumir que el letargo puede paralizarnos y provocar deserciones.

 

Nuestros adversarios de partido quisieran ver un naufragio entre nosotros, porque nos temen movilizados, quisieran ver la desbandada porque les inquieta nuestra capacidad de organización. Sabemos que los permanentes contendientes están vigilantes de nuestros movimientos, por lo que no es justificable que nos estemos dejando arrastrar por el desaliento y la inactividad.

 

La lucha política es permanente, nuestra capacidad de convocatoria está viva y el partido se mantiene en las batallas electorales en otras partes del país. Es claro que se recuperan espacios políticos que se habían perdido o que estuvieron algún momento en riesgo. El partido tiene una historia que honrar por su papel en la construcción del país y en la arquitectura del propio sistema político mexicano; de hecho ambas construcciones en el siglo XX son resultado de nuestra vida partidaria hecha gobierno.

 

El PRI ha demostrado en repetidas ocasiones su entereza para recuperar los espacios perdidos en las distintas regiones del país. Puede ser doloroso perder un proceso electoral, si con ello perdemos posibilidades de trabajar por los demás en el presente. Pero es mucho peor, si con ello perdemos el futuro, es decir, si permitimos que se gobierne con cargo a las generaciones por venir.

 

Tenemos que revivir la conciencia y la razón en nuestros cuadros de que la reorganización del partido en nuestro estado es impostergable, que es un deber de moral política por las oportunidades de desarrollo y bienestar que dejaremos perder para las familias poblanas, sobre todo para los hombres y mujeres jóvenes.

 

No está en nuestra escala de valores civiles, ni en nuestra cultura política, ni en nuestro historial de luchadores sociales, sentarnos a esperar algún redentor o el suceso de un milagro. Eso no sólo es perder el tiempo sino la perspectiva del quehacer mismo de la política, que es la lucha. Hay que trabajar duro para recuperar los espacios políticos perdidos, hay que convencer a todos los cuadros dirigentes y a las bases del partido de reorganizarnos con urgencia y estrategia; hay que convocar a la única fuente legítima del poder que es la gente, a los poblanos, por quienes siempre vale la pena luchar.

 

Por fortuna hay muchos militantes que en este momento se muestran interesados por renovar el Partido; hay muchos cuadros conocidos que están dispuestos a dirigir nuestro instituto político; hay muchos simpatizantes que solicitan información sobre el quehacer del PRI. Todos demandamos a la actual dirigencia convocar a un debate interno acerca de las necesidades actuales y de las responsabilidades futuras de nuestros dirigentes.

 

Debo subrayar que considero que hoy por hoy, el tema menos importante debe ceñirse al quién será el que dirija los destinos del priismo poblano. Tenemos muchas preguntas previas que resolver y sería poco provechoso destacar únicamente nuestros distintivos personales, nuestros capitales políticos, nuestras virtudes que realzan los defectos de los otros competidores. Sería estéril empezar por buscar nombres si no nos hemos apuntalado al voltear hacia lo que los electores buscan, y sobre todo, a lo que nuestra verdadera militancia y simpatizantes quieren ya que antes que a nadie, a ellos nos debemos sin remilgos.

 

Sabemos que hay nuevas circunstancias y que se requieren de nuevas estrategias. El PRI no ha tenido esas condiciones a lo largo de su historia en el estado. Estaremos en la oposición y eso significa aprender a hacer política desde una perspectiva diferente. Pero dentro o fuera del gobierno las prioridades del Partido son las mismas: favorecer las prácticas democráticas de la vida política y garantizar un mejor futuro para las nuevas generaciones.

 

La necesidad del debate interno sobre las nuevas estrategias y la discusión sobre las responsabilidades inéditas de la dirigencia, pondrá a prueba a nuestras estructuras, por eso este momento es crucial, porque trasciende con  mucho a las voluntades personales y a las aspiraciones legítimas. Hoy, la asignación de la responsabilidad de dirigir al Partido no sólo debe ser legal, sino debe ser un ejercicio de legitimidad y democracia, sustentada en el apoyo real de las bases.

 

La reorganización debe plantearse como una aspiración colectiva de la militancia, necesitamos muestras de amplio apoyo porque esto ya es parte de la competencia política a la cual estamos sometidos ante una nueva circunstancia. Es la primera vez que estamos en la oposición y desde ahí daremos las futuras batallas. Ante las actuales circunstancias del país, la derrota del 4 de julio pasado ha generado incertidumbre en algunos sectores de la sociedad poblana, por lo que tenemos que ser la oposición que detenga la descomposición social generalizada; que evite la destrucción de las instituciones sociales y que revierta la inseguridad pública y la ingobernabilidad que hoy se generaliza por todo México.

 

Remontar la desventaja electoral de julio pasado, requiere de reestructurar los cuadros y de prepararnos para la batalla electoral del 2012. El tamaño del electorado de Puebla es altamente significativo en el contexto nacional; ocupamos el sexto lugar entre las entidades federativas en cuanto a la dimensión de nuestro padrón electoral. Puebla tiene una importancia estratégica en el porvenir político del país ya que a la vuelta está el 2012, año crucial para el priismo y el país en su totalidad. Tenemos la gran responsabilidad de alistar nuestra estructura partidaria en todo el estado, para estar a la altura de las exigencias nacionales de recuperar el voto ciudadano y con ello la presidencia de la República. El trabajo por venir es devolver el voto ciudadano a nuestro partido, pero los votantes estarán atentos a lo que el partido haga y deje de hacer, a sus ofertas en elecciones locales y nacionales.

 

Tenemos que convencer con nuestra oferta sobre todo a nuevas generaciones; a aquellos que hoy por hoy no tienen oportunidad de estudiar porque no hay espacio en las escuelas, que no tienen la alternativa de trabajar porque la economía no genera los empleos ni la producción necesaria. No podemos tolerar que la juventud tenga como horizonte la falta de oportunidades y el desaliento. No podemos dejar que generaciones enteras sean rehenes del desempleo que los hace víctimas del crimen organizado al incorporarlos a sus organizaciones o a el mercado de estupefacientes. Y grave por igual, no debemos consentir que nuestros jóvenes no generen interés alguno por la política ante el pobre nivel de discusión y planteamientos que a veces nosotros mismos hemos ventilado.

 

No podemos admitir como natural la inseguridad pública, el desempleo, la pobreza, la ingobernabilidad y  la desesperanza social, no queremos que esa sea la herencia que esta generación va dejar a las siguientes. Tenemos que interesar a los jóvenes en la actividad política, en militar en nuestro partido porque aquí la política tiene un sentido social, es decir, reivindicatorio de todas sus demandas. ¡Claro que con nuestro partido podemos involucrar a las nuevas generaciones y convencerlas de asumir responsabilidades políticas!.

 

No debemos excluir a nadie de nuestra militancia ni de nuestros dirigentes. Los necesitamos a todos, necesitamos en nuestras filas partidarias a líderes de las grandes causas ciudadanas; al capital político de cada uno de los líderes naturales, producto de la movilización y de las demandas más sentidas de la sociedad. Pero sobre todo necesitamos a los dirigentes juveniles que reclaman un mejor país.

 

No es hora de buscar responsables de este tropiezo electoral. Debemos ver en él a una oportunidad de reorganización y de redefinición de grandes metas. Necesitamos de autocrítica; de argumentos y proposiciones constructivas. Requerimos de un debate civilizado, no pendenciero ni descalificador de los demás opciones, ¡Es momento de ver hacia adelante!...¡Veamos todos hacia adelante con mayor generosidad!.

 

Tenemos que atender las razones y las quejas de la verdadera militancia. Debemos ampliar el diálogo con todos los sectores sociales, principalmente con las mujeres que son más de la mitad de la población, y con los jóvenes que comienzan su vida de votantes con reclamos de oportunidades, proyectos de largo aliento y necesidades ingentes que cubrir.

 

Hago un llamado a la concordia, a examinar las fallas organizativas, a revisar las ofertas electorales y las campañas de nuestros candidatos. No podemos estar buscando culpables cuando lo que necesitamos es una autocrítica para todos. Primero tenemos qué ver hacia adentro del Partido, darle la absoluta importancia a los cuadros y militantes que entiendo son quienes en realidad mandan. No cometamos el error de dejarlos confundidos y relegados, ya no es posible hacerlo.

 

Llamo a actuar con responsabilidad, con prontitud y acierto. No hay tiempo qué perder. Es urgente y necesario avanzar en las nuevas estrategias. Lo que necesitamos es unidad. Unidad en la autocrítica. Unidad en el trabajo político. Unidad en la reorganización del partido. Unidad en la definición de los nuevos horizontes.  Repito, habrá que plantear los problemas prioritarios antes que volver este episodio de sucesión en una lucha de vanidades sin sentido. Insisto, no es un tema alusivo a “quién dirige”, sino una ocasión de demostrar responsabilidad y plantearnos con solvencia ante nuevas circunstancias como lo que somos, un partido político fuerte y consolidado.

 

¡Que no nos divida la derrota electoral! ¡Que no nos divida la reorganización del partido! ¡Que no nos divida la definición de nuevas metas!

 

¡No nos ahoguemos en las pretensiones personales!, ¡ No dejemos en la coyuntura espacio a oportunismos!

 

Con total humildad este es mi pensamiento como un militante mas, que considera lo  mucho qué se puede aprender de otras experiencias electorales del país, pero estoy seguro que en breve tendremos los priístas poblanos mucho más qué enseñar de esta experiencia, hoy dolorosa pero edificante si sabemos extraer de ella las grandes consejas que nutrirán las triunfos electorales del futuro.

 

Que no exista duda…¡en Puebla empieza la revolución!

 

Guillermo Deloya Cobián

 

 

 

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