—Crónica—


La unidad del PRI tan sólo es un discurso


Aspirantes declinados legitiman la unción del candidato oficial


Arturo Rueda

 

Fue una pausa dramática. Javier López Zavala hablaba ante sus miles de seguidores de la historia de Puebla y sus grandes gestas. De lo bueno y excelente que ha sido el gobierno marinista que él promete continuar. Una apología vibrante y hueca de la poblanidad.


De pronto, el silencio. La ayudantía del hoy candidato acercó una maceta enorme que casi ocupaba toda la pequeña pasarela en la que se había colocado el atril en forma de Zeta. Luego de la maceta, al centro del proscenio fueron llamados los hijos del aspirante, el empresario Julián Ventosa Aguilera y varios inditos ataviados con morral y sombrero.


Juntos y haciendo equilibrio, simbólicamente sembraron la semilla de la esperanza en la maceta dejando caer granos de maíz y frijol. Una escena cursi por mal actuada.


Una maceta que, al terminar el mitin que congregó a la bufalada tricolor y la burocracia dorada, fue abandonada por el equipo del delfín.


Así, Javier López Zavala tuvo un atribulado inicio de precampaña. Ya en solitario, todas las decisiones parecen seguir dependiendo de él mismo, como cuando marchando al lado de los aspirantes derrotados pedía orden en la bufalada desatada sin que nadie pudiera contener a los fotorreporteros que, como abeja al panal, se negaban a separarse de la vanguardia.


Una marcha atropellada que los nuevos guaruras de Zavala, Jesús Morales Flores y Víctor Hugo Islas, no pudieron ordenar.


Antes, muy temprano, la alcaldesa Alcalá llegó al Hotel NH a presentarle sus respetos al nuevo patrón, acompañada por todo su gabinete. Funcionarios desmañanados que no pudieron hacer la salutación y fueron abandonados en el lobby.


Dentro del Salón la Estrella se preparó un búnker que congregó a los movilizadores, que trajeron miles de autobuses de todos los rincones del estado para acompañar al delfín en su registro oficial. Al mismo lugar llegaron los legitimadores para filmar un spot sobre la unidad.


Unidad reiterada por el delfín en su discurso central. Pero al fin unidad inexistente.


Porque allá, en Los Fuertes, Enrique Doger rompía los pronósticos nuevamente y realizaba una concentración multitudinaria.


Concentración inútil, por cierto, porque la daga del destino ya tenía fecha para la puñalada certera.


Ayer por la noche, y confirmando lo esperado, la Comisión de Procesos Internos dictaminó a Javier López Zavala como candidato único y desestimó el registro de Enrique Doger por reunir únicamente 21 firmas de militantes.


El discurso zavalista, entonces, se quedó hueco.


Porque los garantes de la unidad priísta no serán los seis aspirantes legitimadores: Estefan, Alcalá, Morales, Amador Leal, Víctor Hugo Islas y Óscar Aguilar.


Tampoco los supuestos 90 mil poblanos que se congregaron en el zócalo, según las cuentas zavalistas, reducidos a 40 mil por el parte oficial de la autoridad.


El único garante de la unidad será el Poder Judicial de la Federación, determinará si fue legal el aplastamiento de Doger.
Mientras tanto, la unidad tricolor será sólo un supuesto.

 

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Orondos y frescos, dispuestos a comerse antagonismos y críticas, los seis derrotados fantásticos se unieron a la vanguardia zavalista en diferentes momentos. Cual guaruras gustosos, Jesús Morales Flores y Víctor Hugo Islas custodiaron al delfín a lo largo del kilómetro caótico.


Entre personal de seguridad espontáneo, fotorreporteros y buscachambas profesionales, convirtieron la vanguardia en un auténtico martirio. Empujones, patadas y golpes se sucedieron sin que se formara un perímetro alrededor del candidato oficial. Sin generales a la mano, el staff sólo generaba más caos.


Más inteligente, Jorge Estefan Chidiac alcanzó a la vanguardia a punto de llegar al zócalo. Blanca Alcalá prefirió esperar en la plaza de armas. Los dos últimos declinados, Alberto Amador Leal y Óscar Aguilar de plano llegaron con el discurso ya avanzado.


El discurso, antes que el de un aspirante, fue el de un candidato. En ningún momento utilizó la fórmula “si alcanzo la candidatura…”, pues la seguridad del dedazo lo hizo comportarse como si el mitin de Doger en Los Fuertes no existiera.


Como en una parábola franciscana, Zavala habló de la tierra heredada por nuestros hijos. Encarnado como el mesías de la reelección, prometió el continuismo del grupo y en más de tres ocasiones ponderó la actuación del gobernador Marín como un buen hijo obediente.


Terminada la simbólica siembra de la esperanza, cerró criticando a los oportunistas de la alianza opositora que “sólo busca el poder por el poder”.


La bufalada se desató al cierre del discurso y el hoy candidato a la gubernatura pasó varias horas saludando desde la pasarela, recibiendo peticiones y bendiciones por igual.


Nunca se sabrá exactamente cuántos poblanos asistieron al zócalo, pero la memoria trajo a la comparación el mitin de Vicente Fox en el 2000, y la convocatoria zavalista se reveló pobre.


El parte zavalista habló de 90 mil y los cálculos realistas de 40 mil.


Pero en el inconsciente colectivo quedó claro que faltaron. Quizá uno, o 3 mil.

 

Y que sin ellos, toda unidad es falsa.

 

 

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