Marín ancla en el cementerio de elefantes


El exgobernador es abucheado en la toma de protesta de RMV


Selene Ríos Andraca


Casi invisible arribó Mario Marín Torres al Centro Expositor para la toma de protesta de su sucesor, y aunque llegó con la garantía de que no habría agresiones ni acusaciones, Mario Marín Torres encontró el cementerio de elefantes y en él una ola de abucheos, una de desplantes y otra más de saludos cortados, avergonzados, de manos hipócritas que más tardaban en extenderse que en esconderse.


Aquellos que hace seis años pregonaban su marinismo hasta el tuétano, ayer ya no existieron. No había ruinas ni vestigios del ambicioso proyecto político que llegaría hasta Los Pinos que algún día, entre las marañas del ayer, encabezó el hijo pródigo de Nativitas Cuautempan.


Tomado de la mano de Margarita García, Mario Marín entró al Centro Expositor, ya con el prefijo “ex” en su espalda y con la consigna eterna de sentarse junto a sus ya polvorientos pares: Melquiades Morales Flores, Guillermo Jiménez Morales, Manuel Bartlett Díaz y Mariano Piña Olaya.


En el largo trayecto de la alfombra roja hasta su asiento, Marín Torres se topó con unos cuantos saludos escuetos, pero ningún personaje de la zona VIP se detuvo a conversar con él, ni siquiera para preguntarle: “¿Cómo te sientes, Mario?”. Vaya, hasta esos declarados fieles siervos que gastaron su pluma para vestirlo de flores, esquivaron al exmandatario estatal.


Tal vez es la peste de la pérdida del poder o tal vez se volvió invisible, pero ya nadie vio a Mario Marín cruzar el pasillo de la zona de invitados especiales a su eterno rincón de exgobernador. Hasta el periodista aquel que le declaró la guerra, que le denunció penalmente, que le reveló sus secretos más oscuros y que le dedicó la famosa columna del “1.47” se pasó de largo. Lo vio, pero no lo vio. Lo traspasó, así como si nada.


Melquiades Morales miró de reojo cómo Mario Marín cruzó la inmensa bodega que trascenderá como su única megaobra sexenal -que irónicamente lució hasta la náusea Rafael Moreno Valle ante la clase política nacional y local- y sonrió cuando lo vio llegar al extremo izquierdo de la primera fila de la zona VIP del Centro Expositor.


Mario Marín intentó acomodarse, pero una bella anfitriona le hizo saber que no había lugar asignado para la exprimera dama, Margarita García. Marín se paralizó y miró de reojo a su exsecretario particular: “Arregla lo del asiento”, ordenó, casi sin mover los labios.


Melquiades Morales, con un sexenio fuera de Casa Puebla, caminó tranquilamente hasta el extremo izquierdo de la zona VIP para alcanzar a Mario Marín: “Con permiso, debo estar con él, hoy es el día en que se siente más el frío”, dijo guiñando un ojo y estirando un brazo para saludar a Mario Marín.


Guillermo Jiménez Morales se unió a la escena de los exgobernadores, y propuso: “Comamos hoy con Mario, para estar con él. Ya me he disculpado con Rafael”.


No fue suficiente la indiferencia de la nueva clase política o los desplantes de los líderes de la megacoalición, Mario Marín pagaría cara, muy cara, su presencia en la toma de protesta de su sucesor, Rafael Moreno Valle.


Justo cuando el nuevo gobernador saludaba en tribuna a Mario Marín, el Centro Expositor retumbó en chiflidos y abucheos para el oriundo de Nativitas que un día soñó en convertirse en el Benito Juárez de la época moderna.


Lo peor fue el indulto de Moreno Valle, quien para matizar los abucheos, se vio forzado a gritar el nombre de Melquiades Morales, de subir aún más los decibeles para saludar a Guillermo Jiménez y de quedarse casi sin aire al pronunciar el nombre de su abuelo, el general Rafael Moreno Valle, cuyo apellido provocó el silencio sepulcral en el Centro Expositor.


Mario Marín ancló en el cementerio de elefantes, donde cree que encontrará refugio y donde cree que acompañará su soledad con el resto de las soledades de, ellos, sus pares, los exgobernadores.




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