Marín, el tatuaje sempiterno de Alcalá


El exgobernador la designó como candidata a la alcaldía capitalina


Su falta de carácter y su propulsión para minimizar cualquier cosa pintó su paso por el gobierno municipal. Una administración sin pena ni gloria, sin obras de relumbrón, sin programas sociales trascendentes


Selene Ríos Andraca


Blanca Alcalá Ruiz lleva el sello marinista tatuado en su frente por más que lo quiera negar. Fue el exgobernador Mario Marín Torres quien la designó como candidata a la alcaldía capitalina en 2007, cuanto el escenario político para el Revolucionario Institucional era catastrófico por la derrota de 2006 y el escándalo de la periodista Lydia Cacho, esos aciagos días en que el tricolor tenía todo para perder.


El sometimiento de Alcalá Ruiz para Mario Marín se hizo patente durante el trienio completo y cuando, pese a su posicionamiento en las encuestas para la candidatura al gobierno estatal, bastó un simple manotazo del exmandatario para que la entonces alcaldesa se retirara de la contienda y le dejara el camino libre a Javier López Zavala.


Su falta de carácter y su propulsión para minimizar cualquier cosa pintó su paso por el gobierno municipal. Una administración sin pena ni gloria, sin obras de relumbrón, sin programas sociales trascendentes, pero con una imagen impecable, que se comenzó a ensuciar en el Órgano de Fiscalización Superior por las irregularidades en sus ejercicios fiscales 2009 y ahora, 2010.


Los proyectos para el puente colgante, estilo Golden Gate, sobre el bulevar 5 de Mayo se quedó en una simple maqueta, y sus únicos logros se redujeron al rescate de la laguna de Chapulco que sufrió sequías a unos meses de inauguración, el Mercado de Sabores que no cuajó con los vendedores de comida típica y su estéril programa de Manos a la Obra que no se tradujo en algo concreto.


La historia de “Blanquita” se comenzó a escribir en el verano de 2007. Desde la Subsecretaría de Desarrollo Social, Alcalá vivía en el ostracismo total. Una tarde su vida cambió, sus antiguos sueños de lograr la candidatura al gobierno capitalino se materializarían a inicios de la semana.


Blanca Alcalá se enfrentó contra Lucero Saldaña, Víctor Gabriel Chedraui, Eduardo Kuri y Javier López Zavala en una contienda interna que apenas y logró trascender en la prensa. No hubo más qué decir. Blanca Alcalá fue electa como la candidata del PRI a la Presidencia Municipal en plena decadencia del tricolor.


Alcalá tomó el reto. Aceptó la candidatura sin un pero de por medio. Arrancó campaña con 20 puntos de desventaja sobre el panista Antonio Sánchez Díaz de Rivera. La suerte apuntaba al militante del Yunque, pero sus tropiezos en la prensa, como decirle “yegua” y que él “sí tenía pantalones” hundieron a Acción Nacional.


La primera alcaldesa en la capital y su estrategia de mantenerse alejada de cualquier controversia pública generaron en Blanca Alcalá una imagen envidiable. Era el mejor producto electoral a disposición del PRI para mantener Casa Puebla, empero, los caprichos de Mario Marín se encaminaron a impulsar al oriundo de Pijijiapan, Chiapas.


Las propias encuestas del PRI le daban ventaja a Alcalá. Más de 10 puntos sobre sus correligionarios, Javier López Zavala, Enrique Doger Guerrero y Jesús Morales Flores, entre otros. Y sin embargo, la señora del Palacio Municipal optó por desistir antes que contradecir al mandatario.


Mario Marín castigó a la administración blanquista. Los proyectos en conjunto fueron los menos. Alcalá tuvo que gobernar con los castigos de Mario Marín, pero jamás logró su perdón.


El exmandatario no concebía la idea de que Alcalá hubiera ganado y ese triunfo le costó su simpatía, pero ella fue incapaz de cortarse el cordón umbilical, tal vez porque él la hizo subsecretaria y luego candidata, y luego alcaldesa. Aunque su verdadera lealtad estaba concentrada en otro exgobernador, Manuel Bartlett.


Hoy, Blanca Alcalá sí pelea por mantener su raiting político. Sabe que sus números no serán eternos y que debe encabezar al PRI en la fórmula al Senado, o resignarse a todo lo que, de hecho, perdió cuando se negó a competir por la estafeta al gobierno estatal.


El Revolucionario Institucional se rehúsa a designarla como su candidata al Senado, pero ella insiste para posicionarse en las encuestas, que aunque encabece, no serán el arma decisiva para la elección de la fórmula al Palacio de Xicohténcatl.


La salida digna que pretende darle el PRI es una posición en el Comité Ejecutivo Nacional y Alcalá no está dispuesta a conformarse. Y ahora tiene otro problema en puerta: amén de pagar su error de obediencia con Marín, debe enfrentar al Órgano de Fiscalización Superior con observaciones por más de mil millones a su cuenta pública 2010, por más que Ernesto Derbez le haga cenas en la Universidad de las Américas.


Blanquita está pagando su deuda de sometimiento y el precio es más alto de lo que pudo imaginar.




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