Friday, 14 de August de 2020


In memoriam, Carlos Castillo Peraza




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Hablar o escribir de Carlos Castillo Peraza no es tarea fácil. Realizar homenaje a su persona con motivo del décimo tercer aniversario de su muerte es más difícil aún. Tan solo referenciarlo nos invade de alegría a todos aquellos que lo admiramos en vida y que alguna vez, por fugaz que haya sido el momento, tuvimos la oportunidad de dialogar y aprender de él.

Carlos Castillo nació en Mérida, Yucatán, un 17 de abril de 1947. Desde muy temprana edad dio muestras de gozar de una mente brillante y liderazgo natural, motivo por el cual a los 21 años fue el más joven de los presidentes de la Asociación Católica de la Juventud Mexicana (ACJM), semillero, por cierto, de grandes personalidades en las filas de Acción Nacional.

 

 

Filósofo por convicción, consigue estudiar dicha especialización en Roma, para luego trasladarse a Friburgo, Suiza y dedicarse al estudio de las letras. Escrupuloso castellanista, siempre se preocupó por respetar y hacer respetar nuestro idioma, pues el mecanismo de entendimiento de las personas. El mal uso del leguaje, decía, provocaba muchos problemas que se pudieran evitar si habláramos y escribiéramos correctamente.

 

 

Inquieto por la cuestión política, en 1967 decide afiliarse al Partido Acción Nacional en su natal Mérida. Entonces comenzó su gran carrera política: lo mismo fue dirigente local que nacional del partido. Fundador y primer director del Instituto de Estudios y Capacitación Política de Acción Nacional; Secretario de Relaciones Internacionales del CEN en dos ocasiones; Consejero Nacional en 1979 y desde entonces, miembro del Comité Ejecutivo Nacional. En el ámbito local también buscó la gubernatura de Yucatán hasta en dos ocasiones: 1980 y 1988. En 1984 contendió por la Presidencial Municipal de Mérida, en donde se refiere que obtuvo una muy alta votación que le hizo ganador aunque nunca fue reconocida por el sistema  político entonces defensor de los denominados fraudes patrióticos.

 

 

Como Presidente del Comité Ejecutivo Nacional de 1993 a 1996, Carlos Castillo se distinguió por ser el jefe nacional que comenzó a labrar sendas victorias para el panismo a nivel gubernaturas y no pocas presidencias municipales de alta importancia en el país, entre ellas, la capital poblana. Además, le correspondió ser el interlocutor, desde la oposición, del gobierno de Carlos Salinas de Gortari. En este contexto, Carlos Castillo Peraza siempre fue promotor de un partido que si bien era oposición, no podía ni debía escapar de su responsabilidad de participar en las decisiones más relevantes de la nación desde la trinchera que legal y legítimamente le correspondiese; en este sentido, recogía las ideas vanguardistas de Adolfo Christlieb Ibarrola, quien parafraseado por el propio Carlos Castillo decía que la oposición “…no sólo debe llenar funciones críticas o de vigilancia, sino realizar aportaciones programáticas”.

 

 

Castillo Peraza dejó la presidencia del Comité Ejecutivo Nacional en 1996, no sin antes dejar su lugar a uno de sus pupilos más avanzados: Felipe Calderón Hinojosa. Para 1997, Carlos Castillo participó como candidato a la Jefatura de Gobierno del DF y luchó contra el enemigo histórico dividido en dos facciones: el PRI y el PRD, que en palabras del propio homenajeado, no son más que hermanos gemelos en discordia, quienes quieren dividir a México en dos, el priísmo y el expriísmo, el dedazo y el autodedazo.

 

 

En 1999 Carlos Castillo deja la actividad partidista de lado y centra toda su atención y tiempo a la escritura, filosofía y reflexión política. Nunca dejó de ser panista, pero estaba cansado de la actividad partidista y dejó de pertenecer a cualquier partido, incluso –dijo-al mejor de ellos, el PAN.  Para el año 2000, Carlos dejó de existir entre nosotros, no sin antes presenciar la victoria cultural por la que él mismo luchó toda su vida: la victoria cultural del PAN coronada con la obtención de la Presidencia de la República. Murió un 8 de septiembre del año 2000 en Bonn, Alemania; su deceso acaeció mientras descansaba, mientras sus ojos, su mente y corazón estaban profundamente dormidos y en plena reconciliación con Dios.

 

 

Con Carlos se fue –lo dicen propios y extraños, panistas y no panistas, mexicanos todos- el último ideólogo  de nuestra democracia. Panista de la talla de Manuel Gómez Morín, Efraín González Luna y Adolfo Christlieb Ibarrola, Carlos le dio al PAN la luz moral y doctrinaria y la renovación de pensamiento que necesitábamos. Su tesis sobre el solidarismo –de inexorable lectura para todo panista contemporáneo- es la base y sustento ideológico del PAN nuestro de cada día (el PAN nuestro no porque nos pertenezca, sino porque nosotros pertenecemos a él), del PAN del siglo XXI: el solidarismo es lo material y lo espiritual, lo personal y lo social, es humanismo político (ver En la alternativa radical: el solidarismo, publicado en la concitada obra El Porvenir Posible).

 

 

No por nada el senado de la república condecoró a Carlos Castillo Peraza con la medalla Belisario Domínguez. Homenaje más que merecido para un gran ideólogo de la transición mexicana. Un gran hombre, un gran panista, un gran mexicano al que hoy, en este humilde artículo, le rendimos un pequeño tributo.

 

 

NB. Decía Carlos y decía bien, parafraseando a Jacques Maritain: “…hay que tener cuidado, el diablo avanza en la historia delante de Dios proponiendo lo óptimo, con tal de que no se haga lo bueno”.

 

 

 

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