Saturday, 05 de December de 2020

Lo difícil de ser papa y santo

Miércoles, 13 Febrero 2013 13:15
  La dimisión del Papa pone al desnudo las dificultades de gobernar la Iglesia del siglo XXI con una figura preparada únicamente para defender la doctrina, en una institución cruzada por internas y en un mundo secular  



Quizás no sea justo ni correcto, pero Benedicto XVI pasará a la historia más por cómo dejó el pontificado que por cómo lo ocupó. Su decisión de dimitir, por otra parte, y la perspectiva de que pronto habrá paseando por los jardines vaticanos un ex Papa tal como existen -o deberían existir - ex presidentes, es un acontecimiento histórico. Se trata de un acto que va mucho más allá del hecho en sí mismo. Representa, en efecto, una gran reforma, la más radical y la más lograda de sus ochos años de pontificado, destinada a crear un precedente que pesará sobre los Papas futuros.



Más allá del antiguo caso de Celestino V, que poco o nada tiene en común con la actual decisión de Joseph Ratzinger, esta renuncia pone además a la Iglesia católica y al catolicismo frente a los grandes dilemas que los afligen. Un dilema más, se podría decir. Claro, la Iglesia ha pasado por infinitas crisis durante su larga historia. Pero esta vez la crisis es más aguda, y no se puede eludir.



Es que la dimisión del Papa impone reflexión y decisiones. El primero y fundamental de estos dilemas es el eterno problema de la convivencia entre la institución pontificia, en cuanto gran organización moderna, y su misión espiritual. Al fin y al cabo, se trata del complejo equilibrio entre materia y espirítu, entre esfera secular y trascendencia. Es el dilema de una institución que, como toda organización humana, está atravesada por luchas políticas y enconadas enemistades pero cuyo fin intrinseco es el amor entre los hombres como reflejo de su fe en el sacrificio de Cristo.



¿Qué tiene que ver todo esto con la dimisión de Benedicto XVI, que él mismo atribuyó al cansancio fisico debido a la edad, sin ninguna motivación teológica o política? En prinicipo, digamos que es consabida su gran amargura por los incontables escándalos que han cruzado su pontificado, comenzado bajo el signo de los casos de pedofilia, muchas veces cubiertos por los episcopados nacionales, y terminando con las crisis que involucran las finanzas vaticana. Amargura acrecentada por el nivel sin precedente alcanzado por las luchas de poder en la Curia romana, reveladas con clamor por el reciente affaire del Vatileaks.



Al final de tan accidentado recorrido, terminado en el agotamiento y la dimisión de Benedicto, cabe preguntarse si en el mundo del siglo XXI es posible ser Papa y ser santo al mismo tiempo. Si para hacer de Papa, no se deberá renunciar a ser santo, o simplemente a ser Papa. Gobernar la Iglesia, ese mastodonte que como todo animal secular desarrolla la tendencia a ocuparse más de su proprio funcionamiento, o sea del continente, que del mensaje cristiano, o sea del contenido, ¿es conciliable con una figura pontificia votada al estudio de la doctrina y a la preservación de la pureza de la fe en Cristo? La implícita respuesta que viene del gesto de Ratzinger es: no. Con lo cual estaríamos asistiendo a un delicadísimo pasaje de la milenaria historia de la Iglesia católica, amenazada en su unicidad por la creciente adaptación a la vida mundana. Esa suerte de normalización de la Iglesia que ya el cardenal Ratzinger denunciaba desde los años '70.



Pero esto no es todo lo que la dimisión de Benedicto XVI nos obliga a mirar y medir. Hay mucho más. Porque su cansancio fisico y su amargura por no haber podido cambiar como y cuanto hubiera deseado a la Iglesia como institución, comenzando por su misma Curia, reflejan el tono de su pontificado. Un pontificado durante el cual su aguda sensibilidad intelectual hizo muchas veces salir a flote la concienca de la creciente irrelevancia de la Iglesia católica en el mundo actual. Irrelevancia espiritual en la vida de los individuos e irrelevancia magisterial o política en la vida internacional.



Cuánta diferencia, se dirá, con el pontificado de Juan Pablo II, concluído hace ocho años apenas... Efectivamente, así como Karol Woityla fue votado a la ofensiva en nombre de la reconquista católica, Joseph Raptzinger lo ha sido a la defensa de la integridad de la fe cristiana frente a un mundo del que no podía no observar la creciente secularización. Si Juan Pablo II fue, sin embargo, el popular Papa del triunfalismo católico y Benedicto XVI el austero Papa conciente de que el catolicismo es una visión del mundo ya minoritaria y a la defensiva, no se debe sólamente a las obvias diferencias -abismales- entre las dos personalidades. Ni a la clara diferencia entre la psicología de reconquista típica de la "nación católica" polaca respecto de la mucho más medida espiritualidad del catolicismo bavario.



Es que, en realidad, la fuerza arrolladora de Juan Pablo II debió mucho a la sobrevivencia de un enemigo histórico - el comunismo soviético- cuya existencia permitía aglutinar las fuerzas católicas y devolverles un sentido de misión histórica. Ni él, sin embargo, visto con el pasar del tiempo, pudo parar el camino de las sociedades occidentales hacia una creciente secularización, ni supo parar la evolución de la Iglesia en una maquinaria donde el Papa corre el serio riesgo de quedar reducido a primer funcionario de una organización compleja.



A Benedicto XVI le quedó así el gobierno de una etapa nada heróica de la historia del catolicismo y la pesada herencia de un predecesor carismático que había sabido calentar los corazones de los fieles alimentando la ilusión que la Iglesia vivía días de esplendor.



No era así, sin embargo, y frente a la desaparición del enemigo comunista, a los nuevos desafíos de la bioética, a la escasez de las vocaciones, a la creciente tendencia de los fieles a elegir en forma individual qué seguir y qué dejar de lado del magisterio, a Benedicto XVI le tocó la gigantesca tarea de encontrar una nueva manera de hablarle al mundo y a los católicos. No se puede decir que no lo haya intentado, especialmente a través de sus finas reflexiones sobre el nexo entre fe y razón, religión y ciencia, individuo y comunidad. Pero tampoco se puede decir que lo haya logrado.



Tampoco, por otra parte, se puede dar por descontado que en las condiciones del mundo actual, exista un modo exitoso de hacerlo y que la Iglesia como insititución social pueda encontrarlo.



Esta pesada carga, este rompecabezas posiblemente sin solución, caerá pronto sobre las espaldas de un nuevo Pontífice. Quizás un Papa latinoamericano, o aun más, un Papa africano, podrían llevar consigo la energía de un catolicismo más joven y pujante, de mayor predicamento social en sociedades menos secularizadas, de un catolicismo más capaz de disputar el frente espiritual al avance de otras confesiones y de la misma secularización.



Podría así quedar reflejada en la realidad del gobierno de la Iglesia una evolución que hace ya décadas está en curso, o sea la inevitable transferencia del punto de apoyo del catolicismo de la Europa que fue su cuna a las partes del mundo que la misma Europa evangelizó. Aun admitiendo que la perspectiva de un Papa no europeo pueda realizarse en el próximo cónclave, sin embargo, no desaparecerían los dilemas que la dimisión de Benedicto XVI expone.



Fuente: Lanación

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