Viernes, 14 de Agosto del 2020
Martes, 07 Abril 2020 01:10

De la Peste al Crac

De la Peste al Crac Escrito Por :   Cesar Zuñiga Salas

Hace unas semanas un gran ciudadano y amigo poblano me compartió una valiosa imagen histórica relativa al Acuerdo de la Junta Sanitaria de la Ciudad de Puebla, que data de 1918. Hecho que me llevó a reflexionar ante la situación que hoy vivimos y su caudal de repercusiones.


 

A lo largo de los siglos, las epidemias frecuentemente han cambiado el rumbo de la historia. La peste negra en el siglo XIV causó devastación en la Europa medieval en la que se estima aniquiló al 60% de la población; así también la llamada gripe española de principios del siglo XX que mató entre 80 y 100 millones de personas en el mundo, más que todas las que murieron en la Primera Guerra Mundial. Hoy si bien las capacidades de respuesta y contención son dramáticamente distintas y favorables al ser humano, la epidemia del COVID-19 tiene el potencial de ser igualmente disruptiva para la economía global.

 

En este sentido Frank Snowden, profesor de historia de medicina de la Universidad de Yale, ha reiterado que las epidemias tuvieron un enorme impacto en la religión, el arte, la cultura, la arquitectura e incluso en la política, pero sobre todo en la demografía y en la economía. “De hecho, guerras, revoluciones y crisis económicas fueron en parte desencadenadas por enfermedades epidémicas. O al contrario también esos grandes eventos generaron circunstancias en las que prosperan las enfermedades epidémicas”.

 

De ahí que algunos especialistas confirman que -a raíz del debacle económico mundial como lo anunció desde finales del año pasado el Secretario General de la OCDE José Ángel Gurria- el coronavirus afecta principalmente a la población en condición de pobreza, no sólo por la vulnerabilidad de las condiciones de salud, sino como la ha dicho la CEPAL: “la pandemia llevará a millones de personas al desempleo, al subempleo y a la pobreza laboral”. En este sentido el reciente informe de la OIT sentencia que “la crisis económica y laboral provocada por la pandemia del COVID-19 podría aumentar el desempleo mundial en casi 25 millones de personas”.

 

En las últimas semanas, economistas y analistas de bancos de inversión pasaron de apostar a que COVID-19 tendría un impacto mínimo en la economía, ya de por si menguada como lo informó el Banco Mundial que pronosticó una reducción del 2.9% al 1% del PIB mundial-, a advertir que una recesión podría estar en el horizonte la cual nos llevarìa a  decrecer al -1% globalmente. Muchos pensaron que el coronavirus causaría solo una décima de punto porcentual de disminución en el crecimiento para la región norteamericana (Estados Unidos, México y Canadá), pero Wall Street y por ende la Bolsa Mexicana de Valores han cerrado concatenadamente a la baja, hecho no visto desde la crisis de 2008.

 

Las actividades secundarias y terciarias (valor agregado) están siendo seriamente afectadas. La propagación de casos confirmados en Europa, Asia y hoy en América están particularmente en riesgo, por lo que son susceptibles a caer en recesión. En suma: La velocidad de propagación del coronavirus es directamente proporcional al impacto de una economía global que ya estaba en recesión desde 2018 como lo ha dicho Bank of America.

 

En su último libro (Contra los Zombis: Economía, Política y la Lucha por un futuro Mejor, 2020), el Premio Nobel de Economía 2008, Paul Krugman, argumenta en contra de las políticas económicas neoliberales. Sostiene que ante la entredicha superación de la crisis de 2008, las principales economías mundiales han ido retornando al dogma de la sacralización del “infalible dios mercado”, “rechazando la intervención pública y la pertinente acción del gobierno en los desequilibrios estructurales a los que tiende el mercado de forma natural”. Krugman llama en su libro ‘ideas zombis’ a una serie de pensamientos y teorías económicas que están muertas, que ya lo estaban antes de la la Gran Depresión de 1929 cuando estuvo a punto de destruir la economía mundial.

 

Recordemos -como hoy lo hace el Ejecutivo Federal Andrés Manuel López Obrador- el discriso de Roosevelt de 1937: “El interés propio, egoísta, suponía una mala moral; ahora sabemos que también era una mala economía”. Hecho que adelantaba la adopción de la teoría económica planteada por Keynes a raíz de la Gran Depresión de los años treinta y que derivó en la necesaria intervención del Estado en la economía. La clave estaba en las políticas de estímulo desde el lado de la demanda, inyectando toda la liquidez que fuese necesaria para revertir los ciclos depresivos. Esto podía hacerse mediante el empleo de una política fiscal responsable que aumentara la base contributiva a las grandes rentas, o -como talvez ignora nuestro Presidente- mediante el recurso de la adquisición estratégica del crédito. El objetivo era la reactivación económica, el descenso del desempleo y el aumento sustantivo de los salarios; todo ello mediante un acuerdo tripartito que incluía al Gobierno, las organizaciones civiles incluidos los sindicatos y los empresarios. Modelo que fincó las bases del Estado de binestar de los Estados Unidos (New Deal) durante 40 años y que a su vez fue replicado por los gobiernos post-revolucionarios en México y que derivó en el “Milagro mexicano”.

 

Sin embargo, algunos neoliberales como Milton Friedman se centraron en recetar durante los años setenta (crisis del petróleo) -y que se posterga hasta nuestros en días- abandonar progresivamente la teoría keynesiana. Para contener la intervención del Estado y retomar la ideología simplista de la “autorregulación del mercado”, se centraron en una alta dosis de disciplina fiscal por parte de los Estados, transferencias monetarias a través de programas sociales sin valor público (orientadas a mitigar el crecimeinto del comunismo de la época y en los años subsecuentes a la caida del Muro del Berlín a ser palanca electoral) y la entrega de algunas actividades propias del Estado a los intereses privados: El “Consenso de Washington”.

 

No obstante, este paradigma se puso en duda cuando el pasado 11 de marzo la Organización Mundial de la Salud estableció que el brote de COVID-19 había adquirido la condición de pandemia. Las cifras de infectados en la Unión Europea y Los Estados Unidos son lamentablente altas, y los contagios se multiplican por todos los países del mundo, amenazando no sólo el colapso de los servicios sanitarios públicos, sino el entorno económico global.

 

Frente a esta coyuntura crítica es impostergable la aplicación de medidas extraordinarias, adquiriendo incluso la categoría de “economía de guerra” como lo ha dicho el Fondo Monetario Internacional. Esto es: la intervención de los gobiernos y la inyección masiva de liquidez en la economía como la única receta posible. Es de toda obviedad que el neoliberalismo se ha quedado sin argumentos teóricos para revertir la pandemia; como lo refiere el periodico The New York Times: “América da la batuta a China y Rusia”. En suma: para asegurar el bienestar de las mayorías, es esencial la intervención del sector público.

 

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