Viernes, 10 de Julio del 2020
Martes, 24 Marzo 2020 02:15

Espera cada semana un nuevo episodio

Espera cada semana un nuevo episodio Escrito Por :   Alexis Da Costa

PARTE II De Joven a Delincuente


 

Los agentes tocaron nuevamente la puerta, no hubo respuesta, estaban a punto de retirarse cuando Juan pisó un vidrio con sus botas de casquillo produciendo un crujido ruido, el oficial notó una ventana rota.

 

—Chécale ahí Pedro, se ve que lo acaban de meter, alguien se ha de haber metido.

 

—No se ve nada, está toda oscura la casa, quien se metió de seguro ya se fue, hay que hablarle a los dueños —dijo Pedro desinteresadamente.

 

Los oficiales tocaron a la puerta del vecino para preguntar sobre lo sucedido y pedir se diera aviso a los dueños de la presunta casa allanada.

 

Mónica la vecina fue quien llamó a la policía, vivía con paranoia de cualquier ruido cercano a su hogar desde que un grupo de hombres entró a su hogar la amarró y encerró en el baño para llevarse todo lo que encontraron, además a Felipe su hijo quien cursa la universidad lo asaltaron en el transporte público y aún sin poner resistencia le dieron un cachazo en el pómulo izquierdo.

 

—Ya no se puede vivir en paz oficiales, a cada rato se meten a robar a las casas, cuando me robaron nunca dieron con los rateros —dijo Mónica a Pedro, el oficial de policía.

 

—No se preocupe seño, si alguien quiso meterse ya mejor se fue, por eso hacemos nuestros rondines para agarrar a los delincuentes que andan sueltos. Hágame el favor de hablarle a los dueños de la casa para asegurarnos que no se hayan robado nada —dijo Pedro con tono de urgencia, influenciado más por la necesidad de ir a cenar que por la preocupación por un criminal más suelto.

 

Pasaron al menos quince minutos para que Lupita y Joaquín llegaran a su domicilio y examinar si faltaba algo. Al abrir la puerta y encender la luz se percataron que todo se veía normal, pero fue al acercarse al vidrio roto cuando encontraron a Roberto en una esquina con los ojos aterrados.

 

—¡Oficial aquí hay un niño! —gritó Lupita sorprendida por la presencia de aquel niño con la cara sucia y los ojos rojos de tanto llorar.

 

—¿Niño que haces aquí, por qué te metiste a la casa? —Dijo Juan, el oficial mientras le hacía señas a Betito para que se acercara hacia él.

 

—Fue nomas una travesura y me quedé atorado, háblele a mi mamá por favor —dijo Roberto con la voz entre cortada, pero robotizado, como si recitara un poema recién aprendido.

 

—¿Travesura de qué niño?, esto es delito, si los señores quieren proceder vas a meter en problemas a tu mamá a lo tonto —dijo Juan, el otro oficial que recién entraba a la casa.

 

—No le miento oficial, me estaba escondiendo jugando y me metí por la ventana, pero me quedé atorado y ya no alcancé para salirme siguió recitando Roberto mientras bajaba su mirada al suelo.

 

—Déjelo oficial se ve que está bien perdido el niño —dijo Lupita mientras tocaba la cabeza de Roberto— ¿Quién es tu mamá, te sabes su teléfono?

 

—Sí señora es 2481073256, llámele por favor, no me vayan a llevar yo solo hice una travesura y me quede atrapado —repetía Roberto como mantra de salvación.

 

Los oficiales llamaron a la madre y le contaron lo sucedido, ella ya sabía lo que ocurría, tenía un guión robotizado de diálogo dictado por el Julio, el papá de Roberto.

 

—¡Ay ese niño! Siempre con sus locuras, discúlpeme oficial, enseguida voy por el. Últimamente anda más latoso nunca, mire que eso de andarse metiendo a casas.

 

—Nosotros lo llevamos señora, díganme si dirección —contestó Juan, el oficial de policía.

 

Julio hizo una señal negativa con la mano para que rechazaran la propuesta.

 

—No se preocupe oficial, ya bastantes problemas ha causado ese escuincle, ahorita voy para allá. ¿En donde se metió?

 

Juan intuía que algo no andaba bien con esa respuesta, pero ignoro aquel sentido policíaco como lo hacía desde hace mucho, cuando se dio cuenta que a veces no servía de nada investigar y agarrar a los rateros si después quedarían libres.

 

—Aquí la esperamos señora —contesto Juan y colgó el teléfono.

 

Beatriz o “Bety", la madre de Roberto llegó al cabo de unos minutos a la casa en donde esperaba Betito con los oficiales. En el camino fue memorizando las palabras que Julio le pidió que dijera.

 

—Anda muy rebelde desde que su papá nos abandonó, últimamente ya ni en la escuela lo soportan…lo voy a vigilar mejor, no vuelve a ocurrir —se repetía Bety a sí misma.

 

Al llegar al lugar lo primero que hizo la madre fue abrazar a Roberto, lo dejo parado a un costado suyo y presiono ligeramente su cabeza al cuerpo de ella.

 

—Soy la mamá de Robertito, discúlpeme este chamaco anda muy rebelde desde que su papá nos dejó —dijo Bety a los oficiales.

 

—Cuide bien a su hijo señora, se salvó por esta ocasión porque los señores no quieren presentar cargos, pero un día se vaya a encontrar a un loco por ahí que hasta le vaya a hacer algo —dijo Juan evocando un discurso genérico para evitar entrar en más diálogo.

 

—No se preocupe oficial voy a estar más pendiente de este escuincle, ya hasta de la escuela lo quieren correr y oiga ¿hay que pagar algo del vidrio? Es que andamos muy gastados, pero si me da oportunidad regreso en unos días a pagar.

 

Lupita y Joaquín se miraron entre ellos haciendo algunas muecas que demostraban lástima hacia la mujer y su hijo.

 

—No se preocupe señora váyase a su casa y cuide bien al pequeño, ya ve como esta la situación —dijo Lupita con voz amable, mientras se acercaba a la puerta para abrirla.

 

—Pues es todo de nuestra parte señora, cualquier cosa estamos para servirle —dijo Juan mientras apresuraba la marcha hacia la patrulla policiaca.

 

—Gracias señora y gracias oficiales, les prometo que no vuelve a pasar —contesto Bety mientras caminaba hacia la puerta de la casa.

 

Esa noche la historia terminó ahí, pero no fue así para los actos delictivos cometidos por Roberto obligado por su padre, quien le fue enseñando como salir rápido de las ventanas, como esconderse de la policía y como forzar una chapa para que le ayudará de lleno en “la chamba"

 

Así pasaron cinco años más, Roberto tan solo tenía quince años, pero la expresión de su rostro, las cicatrices en los brazos y la higiene descuidada lo hacían ver como todo un joven veinteañero. Lejos quedo aquel niño que lloraba en la esquina de una casa desconocida mientras se repetía —Fue una travesura, me quedé atorado háblenle a mamá.

 

Roberto pensaba se había apropiado del pensamiento de su padre —Ellos tienen mucho, por su culpa estamos jodidos— se repetía mentalmente antes de abrir una puerta, saltar por una ventana o asaltar a algún desafortunado que caminaba en la oscuridad.

 

Aquella premisa aprendida parecía quitarle toda responsabilidad moral o culpa sobre lo que hacía. Fue hasta ese día, un lunes de marzo, apenas eran las 7 a.m. cuando Roberto subió a asaltar un camión de transporte público y todo cambió…

 

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