Domingo, 29 de Noviembre del 2020
Jueves, 19 Noviembre 2020 02:59

Franco: el problema de España

Franco: el problema de España Escrito Por :   Francisco Baeza Vega

Si hemos de creer a pie juntillas lo que diga Freud, nuestra infancia estaría marcada por las filias y las fobias de los adultos, y esas marcas serían indelebles. Curiosamente, algunos de los recuerdos más poderosos de la mía están ligados a Francisco Franco, cuya imagen me era muy familiar. Mi primera educación política, la que se imparte en el hogar, fue monotemática sobre las bondades del franquismo. El Cara al Sol se mezclaba con Mediterráneo y con Un velero llamado Libertad con absurda naturalidad.


 

Nunca fue mi casa, pues, un microcosmos del problema español –afortunadamente, supongo, porque en otras las diferencias políticas se resuelven a garrotazos–, ese de que en media España no hay peor afrenta que colgar del balcón la rojigualda y en la otra media no hay peor que colgar la tricolor.

 

El concepto machadiano de las dos Españas, “la España que muere y la España que bosteza”, comenzó a gestarse en el s. XVIII, cuando las grandes transformaciones sociales que sacudían Europa dividieron en bandos opuestos a la España burguesa y a la obrera, a la ilustrada y a la oscurantista, a la del patético ¡Vivan las cadenas! y a la del ¡Viva la Pepa!, aunque no cristalizaría hasta el desastre del 98. La gran tragedia española, la pérdida del imperio, implicó una profunda crisis de identidad nacional: los soberbios gachupines, conquistadores de medio mundo, se habían ido a dormir con vistas al Caribe y habían despertado enterrados en un polvoriento campo extremeño.

 

El tenso ensimismamiento español se rompería violentamente en 1936, al fracasar el golpe de Estado fascista contra la Segunda República e iniciar, en consecuencia, la Guerra civil. La guerra fratricida no devolvió a España “a sí misma”, “al lugar señalado por la historia”, como había profetizado el palero monárquico tradicionalista Pemán, sino profundizó su división, reafirmó su rostro jánico. El conflicto no trajo paz sino sometimiento, imponiéndose vilmente la España vencedora sobre la vencida, la azul sobre la roja, la del ¡Arriba España! sobre la del heroico ¡No pasarán! Un bulo repetido no merece ser verdad –España: ¿una?–: desde entonces, las dos Españas se han alineado respecto a un único referente: Franco.

 

La muerte de Franco, mañana, hace 45 años, ocasionó una (no tan) profunda transformación política-social en España. La ¿ejemplar? transición de la dictadura a la democracia [sic] solo ilusionó con la paz social: al tiempo que se votaba una Constitución “para todos los españoles”, se legalizaban el PSOE y el PCE, y Carrillo ratificaba su felonía aplaudiéndole de pie al Borbón, se desaprovechaba deliberadamente la oportunidad de ajustar cuentas con el pasado, de sacar del armario los cadáveres del franquismo a fin de avanzar de veras hacia la reconciliación nacional. Si en algo coinciden las dos Españas, es en sus refranes: aquello de que el tiempo todo lo cura propició un pacto de olvido cuyas consecuencias persisten.

 

Cerrada en falso la fractura, hoy, Franco sigue siendo protagonista de la vida pública de España. La exhumación de su cadáver del mausoleo del Valle de los caídos, en 2019, visibilizó la polarización social: resultó que el dictador, en efecto, estaba muerto pero mal enterrado. En relación a la demanda imperecedera de justicia histórica que promueven vigorosamente los nietos de los vencidos se establecen las nuevas dos Españas, la que se achica hipócrita agitando viejos fantasmas y la que, por fortuna, comprende el deber generacional de reivindicar a las víctimas de la dictadura y condenar, al menos en la memoria, a sus victimarios.

 

¡Tantos años de muerto, en fin, y Paco sigue dando lata!

 

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