Jueves, 29 de Julio del 2021
Martes, 20 Julio 2021 01:18

Inquietudes sobre la (in)seguridad presidencial

Inquietudes sobre la (in)seguridad presidencial Escrito Por :   Francisco Baeza Vega

Doy por verídica la historia de Lino Salazar colándose en la residencia del presidente electo de México, Ernesto Zedillo, con intención de asesinarle. Para asegurarme de no estar loco, no obstante, he googleado: “Lino Salazar, Ernesto Zedillo, atentado”. El buscador me ha arrojado una solitaria respuesta, una vieja nota de El tiempo, elaborada con información de La jornada. (“Con eso me basta”, celebro). Una búsqueda menos rigurosa me dirige a otras sobre el atentado planificado por el EPR en contra del ya presidente y del que éste se libró, a decir de Liébano Sáenz, a la sazón, el único que recuerda dicho episodio, porque esa mañana a sus hijos se les pegaron las sábanas. (“Liébano está loco”, pienso mientras googleo: “¿Quién asesinó a Maximino?”).


 

Acaso porque nuestra historia está sangrientamente marcada por los magnicidios, por los crímenes de Madero, de Obregón o de Colosio, los mexicanos tenemos cierta fascinación con las conspiraciones presidenciales. Mezclándose realidad y ficción, avivan nuestra imaginación los cables diplomáticos del Departamento de (golpes de) Estado gringo que recogen el rumor de que Echeverría quería cargarse a su mejor amigo Jolopo; el intento por parte de la FAM/Revolución 2013 de pegarle un susto a Lord Peña durante un desfile del 5 de mayo, en Puebla, o el sustazo que se llevó durante uno del 1 de mayo, de la Madrid, incidente del cual Manuel Díaz Cid (sin el ‘Don’) guardaba una grabación que daba cuenta de su verdadera gravedad.

 

Por razones obvias, la seguridad personal de los presidentes de México es tabú; por si acaso alguna información sensible conjugada en tiempo pasado, presente o futuro pudiera caer en las malas manos de otros conspiradores, del crimen organizado, del empresario aspirante a golpista o del fanático con ínfulas de caballero águila, todo lo relacionado con aquella se guarda bajo llave en el cajón de los secretos de Estado. Los detalles de la seguridad de Andrés Manuel López Obrador, no obstante, son abiertamente discutidos; a menudo, con sincera preocupación:

 

Si bien, sabemos que al presidente lo protege un eficiente dispositivo de seguridad que se extiende muy discretamente desde su ridícula ayudantía hasta la SSPC, la Sedena, la SEMAR, la GN y el CNI, también nos consta que aquel acata sus protocolos muy ‘a huevo’. Necio en rechazar la opulencia de sus predecesores, desdeña todo lo que pudiera parecer un privilegio de su cargo; empecinado en recortar distancias entre él y el mexicano común, opta por minimizar su escolta o por viajar en vuelos comerciales que le tienen incomunicado por horas y por carretera, esquivando impunes retenes criminales. ¿El EMP? ¡Un lujazo! ¡Que otros se hagan bolas con la logística de sus giras!

 

López Obrador insiste en que lo cuida el pueblo bueno y en que aún si ese ¿inexpugnable? primer cordón de seguridad fuera vulnerado, lo protegería su buenísima estrella, su detente del Sagrado Corazón de Jesús, su trébol de seis hojas y su chaleco moral (o el de cerámica que ocasionalmente oculta bajo su abrigo negro). La narrativa suena bellísima a los oídos de los millones de mexicanos que recibiríamos no sé si con gusto o medio a regañadientes una bala con su nombre, pero pone los pelos de punta.

 

Mientras el presidente no acepte que su condición política le distingue de los demás, que en su caso debería aplicar la lógica orwelliana más cruda de que todos los mexicanos somos iguales (y estamos expuestos a los mismos peligros) pero algunos son menos iguales que el resto (y al exponerse a tales peligros, exponen al Estado a otros peores), ay, seguiremos con el Andrés Manuel en la boca.