Antorcha


Aquiles Córdova Morán*


LOS INDOCUMENTADOS Y EL PETRÓLEO


Dos temas, aparentemente alejados y hasta independientes el uno del otro, se han colado, en los días que corren, a la agenda nacional. Con motivo del famoso asunto de las “grandes reformas” que, a decir de algunos, el país necesita urgentemente, se ha reavivado la discusión en torno a la privatización del petróleo. Vuelven a la carga sus partidarios, abiertos o disimulados, repitiendo los viejos tópicos, apenas maquillados, de que el gobierno no tiene recursos para la exploración intensiva de nuevos yacimientos (puesto que los actualmente en explotación están a punto de agotarse) ni menos para adquirir la sofisticada tecnología necesaria para extraer petróleo de grandes profundidades marinas, como las que hay en el Golfo de México. No se trata de una privatización, insisten, sino sólo de aceptar, en un gesto de racionalidad, que la inversión privada (nacional o extranjera) puede suplir la escasez de dineros públicos, siempre y cuando que no se toque ni un pelo a la disposición constitucional que hace de la riqueza petrolera un bien propiedad de la nación. Es absurdo, se concluye, que en aras de un nacionalismo acedo y de un concepto anacrónico de soberanía nacional, haya quien se siga oponiendo a esta “complementariedad”, tan necesaria y benéfica, entre gobierno e iniciativa privada.


Por su lado, la opinión contraria subraya el hecho de que no se precise en qué áreas concretas se propone la inversión privada, lo cual hace sospechar, dicen, que no se trata de actividades inocuas, digámoslo así, para el dominio de la nación sobre el recurso. Si se trata, agregan, de la exploración y la extracción de crudo, eso implica que la industria petrolera entera pasará a depender del capital privado, puesto que será el proveedor de la materia prima para todas las demás ramas de la petroquímica, aunque formalmente siga siendo propiedad de la nación. Finalmente (y esto lo digo yo, ACM), la esencia de toda propiedad en general reside en la cuestión de quién es el beneficiario de la misma, ya que de nada sirve tener en la mano el título de propiedad legal de un bien si, a la hora de los hechos, no se reciben los beneficios correspondientes. La inversión de capital no se hace nunca “sólo por ayudar”; tiene siempre como fin el lucro, la ganancia del inversionista; por eso, bizantinismos lingüísticos aparte, lo que se propone es una privatización de hecho, aunque se conserve formalmente la propiedad nacional.


No puede ni debe negarse que la industria petrolera no goza de cabal salud económica; que en los últimos sexenios se han descuidado tareas básicas como la exploración, la generación de tecnología avanzada para la extracción en aguas profundas y la renovación de todo el equipo existente. Pero todo mundo sabe que no ha sido por falta de dinero, sino por falta de patriotismo y voluntad para mantener a PEMEX como una empresa nacionalizada. Muchos de sus males son intencionales, calculados para convencer a la nación de que la empresa pública no tiene futuro y de que sólo queda venderla a quienes sí saben de negocios. Por tanto, es claro que esos problemas, graves como son, tienen remedio: se requiere una administración competente, patriótica, visionaria y honrada a carta cabal; y un gobierno que deje de ordeñar sus finanzas, vía impuestos, más allá de toda racionalidad. La economía no se despetroliza porque el propósito es llevar a PEMEX a la quiebra, para luego rematarlo a precio de chatarra.


Se nos amenaza con que, si no permitimos la inversión privada, en nueve años estaremos importando crudo; pero se omite aclarar que la premura por descubrir nuevos yacimientos y por adquirir tecnología carísima para sacar petróleo en el Golfo de México, es sólo para seguir vendiendo materia prima en bruto al extranjero industrializado. La incompetencia y malicia con que se maneja PEMEX se manifiesta, en parte cuando menos, en que no hay una política seria de  industrialización y de crecimiento de nuestro aparato productivo que se apoye en nuestra reserva petrolera. Por tanto, tampoco hay planes para procesar el petróleo en nuestro propio país y, de esa manera, convertirlo en fuente de empleo, de buenos salarios y de materias primas (incluidos los combustibles que requiere nuestro sistema de transporte) para la industria nacional. No sabemos, siquiera, producir gasolinas sin azufre y sin plomo.


Así pues, el escándalo en torno al agotamiento de nuestras reservas no lo provoca su rol decisivo en nuestra economía, que no existe, sino las presiones y necesidades de los poderosos que nos compran el crudo. Y en contrapartida, ahí están los cientos de miles de mexicanos cazados como bestias feroces en la frontera yanqui; usados descaradamente como “tema electoral” por los aspirantes a la presidencia de EE.UU.; tratando de enternecer a los perros de presa que los persiguen y deportan exhibiendo su dolor humano por la separación de sus hijos y repitiendo, hasta el hartazgo, que no los deben echar porque son necesarios para la prosperidad y bienestar del blanco anglosajón, es decir, suplicando al poderoso que les permita servirlo cuando debería ser al revés. Esta vergonzosa situación podría revertirse de modo rápido y efectivo si disminuyera la oferta de brazos mexicanos; si México se pusiera en serio a producir a base de un uso racional y moderno de sus recursos naturales, el petróleo en primer lugar, en vez de estar disputando sobre si es inteligente o no darle una rebanada del pastel petrolero a la iniciativa privada. Por ese camino no lograremos otra cosa, evidentemente, que incrementar el desempleo, la pobreza y el desamparo de las masas populares, ya hoy mismo al borde del abismo de la desesperanza y del rencor  social.

 

* Dirigente del Movimiento Antorchista Nacional.




 
 

 

 
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