Antorcha


Aquiles Córdova Morán*


¿QUIÉN ES EL CULPABLE DE LA CRISIS ALIMENTARIA?


Desde siempre ha existido una corriente de opinión sobre la cuestión del campo que se pudiera caracterizar como la corriente campesinista, es decir, aquella que sostiene que el ejido, la comunidad y (un poco a fuerza) también la autentica pequeña propiedad, pueden y deben ser la unidad básica sobre la que descanse la explotación de la tierra en México. Sus principales teóricos e ideólogos no tienen reparo en afirmar que esas pequeñas unidades, además de que garantizan que la riqueza que representa la tierra se mantenga más o menos equitativamente distribuida entre los productores directos y son el sostén material de la cultura y las tradiciones ancestrales de los pueblos campesinos e indígenas, son también absolutamente redituables desde el punto de vista económico (tanto o más, dicen, que las grandes extensiones explotadas en forma capitalista) a condición, claro, de que reciban todo el apoyo en capital, tecnología y comercialización de sus productos, por parte del Estado.


La otra visión, obvio es decirlo, es la que sostiene que, siendo la economía de mercado (la economía capitalista, pues, para llamarla por su verdadero nombre), la que predomina en México y en el mundo, resulta un verdadero disparate impedir que los capitales privados penetren en esa importante rama de la producción, pues ello la condena a un rezago permanente en todos los sentidos y, por tanto, a una falta absoluta de productividad y competitividad y a una segura derrota en los mercados nacionales e internacionales. En el capitalismo, se dice, donde la lucha feroz por los mercados la gana aquél que ofrezca las mercancías más baratas, de mejor calidad y a los menores precios, es práctica y teóricamente equivocado querer perpetuar un modo de producción precapitalista, alegando motivos de orden cultural, folclórico o religioso, aunque ello se envuelva convenientemente  en la defensa del derecho de los pueblos a la tierra y a sus tradiciones. Esta corriente aboga, naturalmente, por la más completa apertura del campo a la inversión privada; por el libre mercadeo de la tierra para lograr su compactación en unidades de dimensiones más rentables; por el desarrollo de una poderosa infraestructura de almacenamiento, conservación, transporte y comercialización que incrementen la competitividad del país en materia agropecuaria.


Pues bien, con motivo de los fulminantes incrementos en los precios de los granos alimenticios que están teniendo lugar en el mundo entero (más del 100% en el trigo, más del 70% en el arroz y más del 50% en el maíz, por mencionar sólo los más importantes), a lo que habría que añadir la amenazante escasez que se anuncia, como consecuencia de que los principales productores mundiales de estos alimentos están restringiendo su venta para garantizar su abasto interno, la corriente campesinista ha comenzado a pregonar que esto demuestra la justeza de sus planteamientos y que la culpa de que nos amenace la hambruna recae en quienes han aplicado una política agropecuaria contraria a sus puntos de vista. En concreto, afirman que si hoy en México falta maíz, trigo, arroz, frijol, soya, etc., eso es resultado de que los gobiernos neoliberales, dejándose llevar por la lógica del mercado, prefirieron comprar esos alimentos en el mercado mundial, con el argumento de que eran más baratos que los producidos en casa, y desatendieron totalmente a los productores nacionales. Hay que reconocer con toda honradez que esto último es absolutamente cierto; que es verdad que se prefirió importar que producir; pero también resulta indispensable reconocer, al menos para quien pretenda razonar con un poco de rigor, que esa no es toda la verdad, que los campesinistas callan que, en el momento en que se planteó esa política, era absolutamente cierto que los granos domésticos resultaban notablemente más caros que los del mercado mundial. Que eso haya cambiado y hoy estemos ante una realidad diametralmente opuesta, no desmiente de ningún modo que aquella haya sido la realidad en el pasado reciente.


¿Por qué se elude esta parte de la verdad? En mi modesta opinión, porque echa por tierra la tesis de que el minifundio (llámese ejido, comunidad o auténtica pequeña propiedad) es tan productivo y rentable (si no es que más) que la explotación capitalista de la tierra; porque demuestra palmariamente que nuestros minifundistas saben y pueden hacer producir la tierra como el que más, pero que, dada la desfavorable estructura de la tenencia de la misma, lo hacen a precios tales que los ponen, de entrada, fuera de competencia. Por tanto, de ello se deduce que la actual carencia y carestía de granos es el resultado lógico de un doble error: primero, de quienes se han empeñado (y por lo visto logrado hasta ahora) en mantener al agro mexicano en un rezago tal, gracias a la defectuosa estructura de la tenencia de la tierra, que no es exagerado llamarlo precapitalista. Segundo, de quienes, en vez de aplicar una política sabia, económica y sociológicamente bien fundada, para sacar al campo de esta situación, se fueron (seguramente por intereses políticos egoístas, mafiosos y de muy corto plazo) por el camino fácil de abandonar a los productores a su suerte y engordarle el bolsillo a los tiburones transnacionales de los alimentos, importando casi todo lo que nos comemos.


Aclarar esta situación es hoy de la más extrema importancia, ya que, de no hacerlo, nos amenaza el peligro de que tratemos de corregir el error de derecha (la importación de alimentos) con un bandazo de izquierda (fomentar el minifundio por “equitativo”, popular y “folclórico”). La única conclusión correcta, otra vez a mi modesto juicio, es que hay que transformar al campo, a nuestros campesinos todos, en productores capitalistas, es decir, modernos, eficientes y competitivos, sin retroceder ante las medidas difíciles pero necesarias; y hacerlo, sin falta, con un riguroso, estricto sentido nacionalista y popular: producir más, mejor y más barato, para alimentar mejor a las grandes masas proletarias y no para provecho de unos cuantos coyotes. Ese es el reto.

 

* Dirigente del Movimiento Antorchista Nacional




 
 

 

 
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