Antorcha


Aquiles Córdova Morán*


EL TABACO, EL PERRO Y LAS PULGAS


El ser social determina, en última instancia, la conciencia social. Las lucubraciones más profundas, universales, sutiles y abstractas de la mente humana, se encuentran enraizadas en las condiciones materiales de su existencia. El arte, la religión, la política, la filosofía y el derecho, nacen de la base económica de la sociedad, son el reflejo de sus necesidades de permanencia, estabilidad y funcionamiento óptimo, para poder responder cabalmente a los fines que le dieron origen. Por eso, la definición más corta, pero más precisa y exacta de “sociedad”, es la que la define como el conjunto de relaciones sociales que se establecen entre los hombres, y entre los diversos estratos bien diferenciados que la componen, en el proceso de producción de su vida material.


La marca de los intereses de clase se puede rastrear en toda la actividad intelectual del hombre, aun en aquellas que, a primera vista, parecen más alejadas de los problemas de su vida cotidiana como el arte, la pintura, la poesía o la literatura en general. Por ejemplo, en los Estados Unidos, el país que mayores aportaciones ha hecho en los últimos años al conocimiento científico de la materia viva y del universo entero que nos circunda, existe un poderoso movimiento para suprimir en los programas de enseñanza la teoría evolucionista que postula la transformación continua y progresiva de las especies animales, incluido el hombre, y poner en su lugar el “creacionismo”, es decir, la “teoría” que sostiene, sin ninguna prueba, que el mundo es y será siempre tal como lo vemos hoy, porque así lo creó Dios desde el principio de los tiempos. En México hay una corriente de educadores que aboga por la supresión de la enseñanza de la Historia porque, dice, es inservible y perniciosa por cuanto que perpetúa en la memoria de los pueblos los agravios, las guerras de conquista y las mutilaciones sufridas en el pasado y, de ese modo, eterniza la división e impide la fraternidad universal del género humano.


¿Qué hay en el fondo de estas posturas antievolucionistas y antihistoricistas? ¿A qué propósito obedecen estas posturas que se dan de topes con los hechos más elementales? Es obvio que son una clara expresión del interés de los grupos dominantes por eternizar el actual sistema, origen y sostén de sus jugosos privilegios. Es una ley histórica que toda clase emergente, mientras no se convierte en dominante (y precisamente para llegar a serlo), es siempre partidaria del cambio revolucionario, es enemiga del inmovilismo en general y abanderada de la lucha por un mundo mejor; pero es también una necesidad fatal que, alcanzada su meta, se transforme en su contrario, es decir, en feroz enemiga del movimiento y del cambio en los que ve, y con razón, una grave amenaza para sus intereses. Consecuentemente, combate con saña a los hombres y a las ciencias que, como la historia, demuestran y difunden la idea del carácter perecedero y provisional de todo fenómeno natural, social o espiritual; y hacen de la permanencia, la inmovilidad y la eternidad de todo, la piedra angular de su filosofía. Su grito de guerra es: ¡Muera la dialéctica y viva la metafísica! ¡Muera el evolucionismo y viva el creacionismo! ¡Muera la historia y viva la visión estática de la sociedad! Y hay otros ejemplos que ilustran el hecho referido. Uno de ellos es la rotunda negativa a pensar los problemas desde la raíz, con el propósito de conocer y atacar sus causas profundas y no sólo sus efectos inmediatos y visibles. Tal es el caso del tan llevado y traído combate a la delincuencia: un sencillo ejercicio estadístico mostraría, de modo irrefutable, que hay una íntima correlación entre pobreza, desempleo y bajos salarios por un lado, y el incremento de la criminalidad por el otro, lo cual indica que el remedio no está en “más y mejores policías”, “más y mejor armamento”, “más y mejores leyes”, sino en abatir los niveles de pobreza y marginación. Pero, como eso no entra en los planes de gobierno y empresarios, ahí seguimos hablando de que “ahora sí va en serio” el combate al crimen, mientras éste se muere de la risa.


Y finalmente, voy a lo de hoy. Hace años que existe una feroz campaña contra el tabaco porque, se dice, provoca problemas cardiacos, enfisema pulmonar, infartos cerebrales y cáncer en el aparato respiratorio. Y sin embargo, la medida más “radical” que se les ocurre a sus enemigos, como lo prueba la reciente ley aprobada por el Congreso, es estrechar al máximo a los fumadores, convertirlos en verdaderos apestados a los que hay que confinar, aislar del resto de la sociedad, en una especie de modernos lazaretos, para que no contaminen a los demás. Se comete así una gran injusticia con ellos, porque si el cigarro es una mercancía lícita (según la ley), y todo aquél que compra una mercancía lícita tiene pleno derecho a consumirla, prohibírselo en este caso es atentar contra el derecho primordial de todo consumidor. Pero lo más sorprendente es que, si es verdad que el tabaco es peor que la marihuana o la cocaína, si es verdad que causa todos los horrores que se le achacan ¿cómo se explica, entonces, que se autorice su comercio? ¿Por qué se permite a los fabricantes de cigarrillos seguir envenenando al público, mientras casi se encarcela a los consumidores? Estamos ante un clásico ejemplo de distorsión de la lógica por intereses de clase. Es obvio que el remedio al tabaquismo es tan simple y sencillo como prohibir la fabricación y venta de cigarros; pero como esto afectaría los intereses de las tabacaleras, se prefiere arrinconar y perseguir al fumador, que es una víctima y que tiene menos recursos para defenderse. La lógica al servicio del capital. Se muestra así al servicio de quién está la política y la ciencia, esa ciencia que permite fabricar cigarros y coches contaminantes a lo bestia, para luego intentar frenar sus efectos nocivos atacando el efecto y no la causa, al consumidor y no al fabricante. Los gobernantes se abstienen de aplicar la lógica rigurosa y prefieren, por cómoda y segura, la sabiduría paremiológica, la condensada en refranes como el que dice y acepta que “al perro más flaco se le cargan las pulgas”. Y así todos quedamos contentos.

 

* Dirigente del Movimiento Antorchista Nacional.




 
 

 

 
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