Antorcha


Aquiles Córdova Morán*


¿EL AUTORITARISMO QUEDÓ ATRÁS?


Los líderes y divulgadores políticos del PAN y del PRD han logrado que, en la mente del ciudadano común, priismo y autoritarismo sean sinónimos; que ser priista y ser autoritario sea lo mismo sin más. Eso les permite atacar al PRI sin tener que llamarlo por su nombre; simplemente hablan del “régimen autoritario” que, “afortunadamente”, quedó atrás.  Pero, ¿qué es el autoritarismo? Como muchas cosas en política, se puede definir de varias maneras; pero en México se entiende por autoritarismo un estilo vertical de gobernar, es decir, se llama autoritario a un gobierno en el que las decisiones y las órdenes fluyen sólo de arriba hacia abajo, sin ninguna posibilidad de ser objetadas o discutidas por sus destinatarios. En otras palabras, autoritarismo, en el fondo, es sinónimo de dictadura, aunque ésta se encuentre velada, en el primer caso, por ciertas prácticas externas como la elección “democrática” del gobernante y su teórica obligación de gobernar de acuerdo con la ley.


El autoritarismo tiene dos fuentes y dos explicaciones básicas. La primera es de orden ideológico: el  o los dueños del poder usan el autoritarismo, en primer lugar,  para reprimir e impedir el desarrollo de sus competidores políticos, y, en segundo lugar, porque creen que no permitir a nadie discutir sus órdenes es la mejor manera de “hacerse respetar” (y temer también) y, por tanto, un camino seguro para gobernar sin problemas. Quienes así actúan, parten de la idea de que el pueblo es estúpido  e incapaz, por tanto, de saber lo que le conviene a él mismo y a la sociedad en su conjunto, por lo que ceder a sus peticiones y demandas es dejarse llevar por el peor de los consejeros. En esto hay un profundo desprecio por las masas, en las que sólo ven un estorbo y un peligro para la paz social, de donde concluyen que lo más conveniente es mantenerlas a raya y lo más alejadas posible de los centros donde se toman las decisiones importantes.


La otra madre nutricia del autoritarismo es la corrupción. Todo político que se respete piensa, en su fuero interno, que será visto como un “tontejo” si no sale rico del poder. Y como esto no es posible hacerlo solo, sino que requiere, a fortiori, la colaboración de todo el equipo en el poder, los gobiernos se integran con pura gente que piense de la misma manera y esté dispuesta a actuar en consecuencia. Por eso, cuando a las puertas de un gobierno así llega a tocar una organización popular en demanda de solución a carencias que requieren inversión de recursos que ya estaban “destinados para otros fines”, no puede ser vista más que como algo molesto, impertinente, un obstáculo “para la buena marcha del gobierno” y, por eso, la respuesta no puede ser otra que un portazo en plena cara y ya.  En síntesis, pues, el autoritarismo, en sus manifestaciones prácticas, es la absoluta cerrazón, la absoluta falta de voluntad para buscarles solución a las demandas de los más necesitados, y, como consecuencia, la negativa tajante, sin discusión posible, dura y agresiva, a conceder un ápice de lo que se demanda. El autoritarismo va acompañado, indefectiblemente, de un trato despótico, prepotente y amenazante; de oídos sordos ante los escasos recursos que tienen los pobres para hacerse oír; y, en caso de una cierta terquedad y persistencia, vienen las campañas difamatorias en los medios, los desalojos violentos a punta de pistola y macana y la persecución y encarcelamiento de los líderes.


Pues bien, como dije al principio, según los panistas y perredistas, al perder el PRI la Presidencia de la República, estas prácticas quedaron atrás. Ahora, dicen, nos gobiernan  políticos “sensibles”,  atentos a los reclamos populares y listos a invertir lo que sea para resolver sus demandas y carencias. Pero el hombre de la calle comprueba todos los días que esa situación paradisiaca es pura demagogia; que sólo está en la mente y en los discursos de los “nuevos” políticos; pero que, en los hechos que son los que cuentan, el autoritarismo no sólo no es cosa del pasado, sino que hoy lo padecemos en formas mucho más agudas, agresivas y descarnadas que en la era del PRI. Los mexicanos saben, y lo dicen, que con los priistas, si se persistía y resistía en la lucha, en la movilización,  había siempre una esperanza de negociar, de obtener aunque fuera sólo una parte de lo que se solicitaba; pero que hoy, principalmente con los perredistas, eso se acabó definitivamente. Son gobernantes infatuados, sectarios, que se sienten dueños de la verdad y la razón y, además, llenos de ambición de poder y de dinero. Por ello, son prácticamente inamovibles en sus negativas a las demandas populares. Tozudos, tercos, mentirosos, prepotentes, son incapaces de aceptar que se equivocan y de reconocer la razón ajena, los derechos de los demás, la justicia que asiste a sus opositores.


Pongo ejemplos. Ahí está el presidente de Ecatepec, que ha impedido a punta de garrotazos y agresiones de todo tipo, la instalación de una preparatoria en una colonia popular, y de remate, ha impedido con la fuerza bruta que los inconformes ejerzan su derecho a la manifestación pública. Está también el caso de Constanzo de la Vega,  el reyezuelo de Texcoco, que no ha vacilado en poner a su municipio en estado de sitio para evitar que gente humilde construya su vivienda en donde le acomode y, también, ¡falta más! para impedir que protesten públicamente con entera libertad. Ahí está Lázaro Cárdenas Batel, que se fue del gobierno michoacano dejando a los antorchistas sin siquiera un diálogo respetuoso, después de más de un año de plantón; y ahora Leonel Godoy, del mismo establo político, ya puso en huelga a sus burócratas sólo por no querer siquiera escuchar sus peticiones. Finalmente, López Obrador, cuando gobernó al D.F., nunca quiso dar vivienda a gente que, desde el sismo de 1985, vive hacinada en sucias bodegas y, en el libro que publicó a raíz de la elección presidencial del 2006, insultó a los peticionarios llamándolos provocadores y mintió diciendo que les había resuelto su demanda, sólo que uno por uno. Hoy, esa misma gente le pide vivienda al Lic. Marcelo Ebrard, también perredista, con el mismo resultado hasta ahora.

 

No hay, pues, modo de equivocarse. El autoritarismo no quedó a nuestras espaldas sino que va delante de nosotros. Los perredistas son diez, cien, mil veces más sectarios, represivos y autoritarios que los priistas más conspicuos de otros tiempos. El PRI vuelve a ser modelo de tolerancia y buen gobierno, sobre todo ante los insultantes desplantes de sus sucesores en el poder. El pueblo de México comienza a notarlo, y los votos y los resultados de elecciones venideras dirán si tenemos razón o no.

 

* Secretario General del Movimiento Antorchista Nacional




 
 

 

 
Todos los Columnistas