Antorcha


Aquiles Córdova Morán*


EL PROBLEMA DE LA VIVIENDA POPULAR


Desde que la ciudad de México comenzó a ser gobernada por el Partido de la Revolución Democrática (PRD), los grupos antorchistas que carecen de vivienda propia  presentaron como demanda central de su pliego petitorio la solución a esa carencia fundamental, echando siempre por delante el compromiso de pagar puntualmente el costo correspondiente, a condición de que estuviera a la altura de sus bajos ingresos. Han pasado desde entonces cinco distintos jefes de gobierno (entre titulares y suplentes), todos del mismo origen partidario, y, salvo alguna pequeña excepción, ahí siguen los peticionarios esperando que se les haga justicia.


En el Municipio de Texcoco, Estado de México, más de mil familias sin techo se unieron y compraron un terreno con las dimensiones apropiadas a sus necesidades. Nunca se imaginaron que el obstáculo mayor para realizar su modesto proyecto sería, no el alto costo del predio ni las condiciones de pago exigidas por el propietario, sino la rotunda negativa del Presidente Municipal, el también perredista Constanzo de la Vega Membrillo, quien, con argumentos racistas, xenófobos y de dura y descarnada discriminación hacia la gente humilde, se niega a conceder el permiso respectivo para la lotificación de la  propiedad. Sin recatarse mucho por lo que pueda pensar la opinión pública, el “aristócrata” de huarache que ha resultado ser el señor de la Vega Membrillo dice a quien quiera oírlo que él no aceptará “mugrosos” y “delincuentes” en “su” territorio; que no permitirá que “gente de otros municipios” convierta en muladares llenos de casas de cartón las fértiles tierras agrícolas de Texcoco, “afeando el bello panorama actual” de la ciudad y provocando escasez de servicios e incomodidades a los habitantes actuales.


Los antorchistas de Michoacán acaban de celebrar, en la céntrica Plaza Melchor Ocampo de la capital del Estado, un año redondo de plantón en demanda de que el gobierno perredista de Lázaro Cárdenas Batel, entre otras cosas, resuelva el problema de vivienda de grupos de muy bajos ingresos en diversas ciudades de la entidad, sin que a la fecha hayan recibido ningún ofrecimiento serio de solución. Cárdenas  Batel entregará el gobierno a su correligionario Leonel Godoy el próximo 15 de febrero, sin haber resuelto, ni siquiera en pequeña escala, el acuciante problema de vivienda que padecen no sólo los antorchistas, sino miles, decenas de miles de michoacanos que, para mal, ni siquiera pueden hacerse oír. Finalmente, no está de más en este brevísimo recuento, recordar que la profesora Cristina Rosas Illescas, en su momento dirigente del Comité Estatal del Movimiento Antorchista en Querétaro, pasó casi tres años en la cárcel, a donde la confinó el panista Francisco Garrido Patrón, justamente por el “delito” de haber intentado dotar de vivienda a un nutrido grupo de queretanos humildes que carecen de ella.


Todo esto que aquí digo, y mucho más que se podría agregar si se tratara de una investigación exhaustiva sobre el problema de la vivienda popular, ocurre en un país en el cual, los cálculos más optimistas (que son, por supuesto, los oficiales) aceptan que el déficit correspondiente es de poco más de tres millones de unidades, sin contar aquellas viviendas que, por lo precario de su diseño y de los materiales de construcción, por la insuficiencia de sus dimensiones y por el ruinoso estado en que se encuentran actualmente, tampoco satisfacen las necesidades elementales de abrigo y seguridad de sus propietarios. Por eso, del brevísimo recuento que acabo de hacer sobre cómo responden los gobernantes a las peticiones de los sin techo, se puede concluir, con cierto grado de objetividad y de certeza, que el problema entre nosotros es gravísimo no sólo por la magnitud cuantitativa del mismo, sino también, y no de modo  tangencial, porque a ninguno de quienes tienen el deber y los recursos para atacarlo en serio, les importa un bledo lo que sucede o pueda suceder en este terreno.


Y no podía ser de otro modo. Los estudios históricos sobre la vivienda popular demuestran, sin ninguna duda, que siempre y en cualquier parte del mundo ha sido visto y tratado del mismo modo en que lo vivimos hoy y aquí. La falta de vivienda para los trabajadores, para las mayorías, preocupa a los gobiernos sólo en la medida en que pueda convertirse en factor de descontento y de inestabilidad social. Por eso se limitan a paliativos como son esos organismos burocráticos llamados “institutos de la vivienda”, creados dizque para “resolver” esa demanda; o al soborno de los líderes sindicales corruptos a quienes se entregan cuantiosos recursos “para la vivienda de sus agremiados”, pero en realidad para que los repartan entre sus incondicionales. A los hombres del dinero, por su parte, la vivienda popular les ha interesado siempre sólo como negocio, es decir, ya sea como constructores o como arrendatarios, razón por la cual su actividad se circunscribe a lo que los economistas llaman “demanda solvente”, a aquellas capas de la población cuyos ingresos les permiten pagar una vivienda en alguna de las modalidades que ellos ofrecen. Las grandes masas de pobres, las de salario mínimo o de ingresos aleatorios, quedan totalmente fuera de su radio de acción.


Eso quiere decir que a estos últimos no les queda más camino que luchar a brazo partido para obligar a quienes tienen el deber de hacerlo, a que construyan vivienda barata, con espacio suficiente para la familia y a precios adecuados a su nivel de ingresos, o, en su defecto, para que permitan, sin ningún tipo de cortapisas, que la gente se organice y, bajo su propia iniciativa, busque y encuentre los caminos para resolver su problema de acuerdo con su necesidad de espacio y con la velocidad que le permitan sus magros ingresos. Para eso, los pobres sin techo tienen que cobrar conciencia de la injusticia que se comete con ellos al privarlos de una vivienda propia, darse cuenta del derecho que les asiste para buscar la solución del problema con entera libertad, y, finalmente, entender que en ellos está la creatividad y la fuerza necesarias para resolver de raíz la cuestión. En una palabra, tienen que aprender a indignarse por su pobreza y por el trato humillante que se les da, a protestar enérgicamente contra eso y a organizarse para poner en marcha la solución que más les acomode. Justamente porque los activistas del Movimiento Antorchista Nacional dicen eso a la gente, se les encarcela y calumnia, como ocurrió con Cristina y como ocurre actualmente con la arquitecta Gloria Brito, blanco de las bajezas y leperadas del edil de Texcoco. Es el precio de estar con los pobres.

 

* Dirigente del Movimiento Antorchista Nacional.




 
 

 

 
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