Antorcha


Aquiles Córdova Morán*

24/04/2009

FRANCISCO ZEA, AGUERRIDO ADALID DE LOS POBRES

En el noticiario televisivo del canal 28 (no muy conocido por cierto) propiedad del empresario Olegario Vázquez Raña, en su transmisión del 13 de abril a las 21 horas, el conductor Francisco Zea, indignado por una declaración mía hecha el mismo día en Morelia, Michoacán, arremetió en mi contra con un tan escogido ramillete de injurias soeces e infamantes que me sentí, si no herido, sí sorprendido por esa súbita explosión de escatología verbal, por ese baño de excremento impropio en un medio de comunicación que se respete un poco. Primero pensé que se trataba del clásico periodicazo mercenario, pagado a buen precio por gente poderosa que se sintió tocada por algunas verdades que me permití manejar en relación con la crisis económica que viven México y el mundo. Mis razones eran: primera, ni Zea ni su medio estuvieron presentes cuando hice la declaración que lo sacó de sus casillas; segunda, de las muchas cuestiones que se tocaron allí, la más tonta e irrelevante fue la pregunta de una joven reportera sobre la “lujosa” camioneta en que había arribado al lugar del evento; tercera: vista la cosa de cerca, ¿qué le puede importar a ese señor una “camioneta lujosa”, él que está acostumbrado a contemplar impávido los tremendos derroches de sus patrones y de sus protectores políticos, de los cuales incluso participa cuando lo invitan? Mi hipótesis, además, explicaba bien el derroche de escatología: Francisco Zea, como dice don Miguel de Cervantes en el prólogo a la primera parte del Quijote, no podía ni puede “contravenir al orden de naturaleza, que en ella cada cosa engendra su semejante”, es decir, que excremento sólo puede engendrar excremento y no hay por qué exigirle otra cosa.


Pero amigos y gente conocedora del medio me sacaron de mi error. El interés de Zea por los pobres de México, me dijeron, está fuera de duda. No hay día en que no se le vea en colonias, pueblos y barrios pobres tratando de ayudar a los menesterosos con acciones concretas y no con palabras huecas; no hay día en que no se le vea junto a los ancianos, los discapacitados, los enfermos, las viudas, los huérfanos, tendiéndoles la mano generosa. Tiene las manos callosas de coger el pico y la pala para trabajar hombro con hombro en el arreglo de calles, construcción de banquetas, recolección  de escombro y basura en las colonias pobres y, para decirlo en términos de Pablo Neruda, tiene las manos blancas de repartir pan a los hambrientos en las panaderías. Y eso no es todo. En un acto de suprema congruencia, ha renunciado al automóvil y llega todos los días a su trabajo arrastrando los pies o, cuando más, en un patín del diablo. Y con harta frecuencia, se dice, no puede aparecer en pantalla porque, en el trayecto a su oficina, se ha quitado la camisa y la corbata de seda para dárselas a algún menesteroso que le ha salido al paso. Es consenso entre quienes lo conocen que ni el Mahatma Gandhi, libertador de la India; ni Diógenes de Sínope, el filósofo cínico que vivía desnudo dentro de un barril y que, cuando Alejandro Magno le ofreció cualquier cosa que le solicitara, sólo le pidió que se hiciera a un lado porque le tapaba el sol; que ni los más rigurosos anacoretas adeptos al brahmanismo, el budismo y el jainismo en la antigua India superan la abstinencia, la frugalidad y la renuncia a todo bienestar de Francisco Zea.


Al oír esto, tuve que reconocer que un hombre de tal congruencia entre vida y pensamiento, tiene toda la autoridad moral para criticar y desenmascarar a los impostores como yo; que un sabio, un gigante moral de esa talla, tiene el derecho indiscutible de llamar sinvergüenza, cínico y parásito social al primero que le estorbe, aunque nada de eso pueda probar. Y me impuse de inmediato la obligación de ayudarlo a salir verdadero ante sus televidentes. Por eso, aquí repito y amplío lo que dije en Morelia: yo no tengo ni uso vehículos de “lujo” y doy razones. Primero, el lujo es siempre algo superfluo frente a lo estrictamente necesario; algo que se tiene o se procura sólo por afán de ostentación. Fue por eso que, tratando de hacerme entender, dije que nunca utilizo el vehículo a mi servicio para “padrotear”, cosa que se puede intentar aunque se tenga una cara como la mía, de la que se burla Zea. Me muevo en una camioneta de desplazamiento relativamente rápido y de capacidad suficiente para mi pequeña guardia puramente disuasiva y testimonial (es decir, no armada) y nada más; por tanto, el vehículo se corresponde estrictamente con las necesidades de mi trabajo y no puede, salvo por mala fe o por encargo, ser calificado como un “lujo” ofensivo para los pobres. Segundo, ese vehículo no es mío, sino de la organización a la que sirvo, y ni ése ni ningún otro se adquiere con las cuotas de la gente. Es fruto del trabajo económico permanente que todos los líderes antorchistas realizamos para sufragar nuestros gastos, sin tener que tocar nunca ni un centavo de las cuotas de los agremiados. Esto que aquí digo es algo muy conocido, incluso por gente ajena al antorchismo; y si Francisco Zea lo duda, lo reto a que investigue y me desmienta con hechos a mano. No hay, por tanto, explotación de nadie por parte mía o de otros dirigentes.

 

Buscando que se me entendiera correctamente, dije que en estos tiempos en que la velocidad de las comunicaciones ha achicado, en términos relativos, al planeta, yo no podría realizar mi trabajo viajando en burro, pues nunca llegaría a tiempo a mis compromisos. Pero Francisco Zea, con envidiable agudeza, reviró: no señor, no es necesario ningún burro, ya que un burro no puede montar sobre otro burro. ¡Pues claro, hombre! ¡Nadie diría que es mala la lógica y la filosofía asnales de don Francisco! Permítaseme, sin embargo, expresar una pequeña duda: si el señor entiende que un asno no puede ir jinete sobre otro asno, ¿cómo se explica que crea que un cuadrúpedo, con garras y sin cerebro aunque con micrófono en mano, puede y debe educar a un pueblo tan noble e inteligente como el mexicano? ¿Cree acaso, él y quienes lo patrocinan y le pagan, que basta su poder mediático para que las peores necedades y las más torpes injurias pasen por verdades de buena ley? Ése ha sido el error de todos los dictadores que, junto con su cohorte de lacayos intelectuales, encabezan regímenes decadentes: tratar a los pueblos como  a retrasados mentales. Y así les ha ido.

 

*Dirigente del Movimiento Antorchista Nacional.

 



 
 

 

 
Todos los Columnistas