Antorcha


Aquiles Córdova Morán*


LA SALUDABLE AUTOCRÍTICA


Yo he leído en alguna parte que uno de los errores más frecuentes, tanto de tratadistas en materia de Derecho como de jueces, consiste en el enfoque parcial, unilateral, o, para decirlo en términos gnoseológicos, en la forma metafísica, antidialéctica, en que conciben y aplican los conceptos jurídicos de delincuente y de víctima del delito. Una vez que, de acuerdo con las investigaciones del caso (que, además, no siempre son todo lo rigurosas y profesionales que deberían ser), queda establecida la calidad de “culpable” de algún acusado, no hay abogado ni juez en el mundo entero que ponga en duda que, con ello, queda demostrado también, automáticamente, que toda la culpa es suya y que, por tanto, a la víctima no se la puede considerar de otro modo más que como absolutamente inocente, libre de toda culpa y de cualquier responsabilidad en los hechos. Sin embargo, investigaciones de carácter científico han demostrado, sin lugar a la duda razonable, que la relación entre víctima y victimario casi nunca es así de sencilla; que en muchos casos (más de los que todo mundo está dispuesto a creer) el delito no es más que la respuesta (incorrecta, punible desde luego, pero respuesta al fin y al cabo) del “culpable” a una conducta injusta, agresiva, o por lo menos provocadora e irresponsable de la víctima. De donde se deduce que la verdadera justicia, o sea, la absoluta imparcialidad a la hora de juzgar y sentenciar a un acusado, debería tomar en cuenta, necesariamente, la conducta y el posible grado de responsabilidad de la parte acusadora.


Por otra parte, la historia reciente del mundo ha hablado alto y claro respecto a las terribles y nocivas consecuencias del llamado “culto a la personalidad”, o sea, del gran daño que ocasionan la adulación servil, el elogio sistemático y excesivo y la total falta de crítica hacia los actos y dichos de un gobernante. Ya quedó demostrado con creces que el sometimiento absoluto a la autoridad y a la “sabiduría” de un personaje poderoso, el declararlo libre de errores y ajeno a las bajas pasiones (envidia, venganza, ambición de poder, de dinero, etc.) propias del hombre común, es el camino más corto y más seguro para fabricar un dictador despiadado, cuyos abusos de poder, atropellos e injusticias serán directamente proporcionales a su endiosamiento y a la impunidad de que se sienta revestido por todo el incienso que ha recibido gratuitamente. Pero hay que tomar conciencia de que este fenómeno no sólo se da en los gobernantes que tienen un inmenso poder sobre vidas y haciendas, sino que ocurre con todo aquel a quien se ha hecho creer que está por encima del común de los mortales, por hallarse adornado de puras virtudes, de todas las virtudes y de ninguno de los defectos de la masa.


Ciertos grupos y corrientes políticas que se declaran progresistas y “de izquierda”, son muy dados, por así convenir a sus intereses, a formar santones intocables cuyas opiniones, afirmaciones y acusaciones se toman siempre como la verdad revelada, como algo indiscutiblemente cierto y fuera de discusión sólo por venir de ellos, aunque nunca presenten pruebas ni argumentos sólidos para apuntalar sus dichos. Cuando uno de estos santones lanza su veredicto sobre lo que sea, ya no queda nada por hacer; la víctima de sus fobias o de su sectarismo político, ciego y mentiroso como todo sectarismo, sabe que es inútil revelarse contra tamaña “autoridad”, ya que de mucho tiempo atrás ha quedado impreso en la mente de la opinión pública que ese santón (escritor, periodista, “luchador social” o “defensor de los derechos humanos”) es dueño de una honestidad, de una “credibilidad” y de una honradez intelectual a toda prueba, que su honorabilidad está “fuera de toda duda”, aunque nunca se aclare quién y con qué autoridad le extendió ese certificado de calidad casi divina. Y ¡guay de quien se atreva a contradecir al santón y a defenderse de sus calumnias! Lo menos que le ocurrirá es que se le venga encima un diluvio de nuevos y más agresivos insultos y acusaciones de parte de sus fieles y, si insiste, acabarán acusándolo de haberlos “amenazado de muerte”. Para esta gente sigue siendo válido aquello de “Roma locuta, causa finita”, o sea, ha hablado Roma, el santón, y, por tanto, el asunto está finiquitado. Por todo esto, opino que nadie, y menos en nuestras endebles democracias latinoamericanas, con un sistema judicial defectuoso y en manos de jueces y magistrados venales (con las honrosas excepciones que nunca faltan), debiera ser declarado apriorísticamente infalible, incapaz de mentir o de dejarse llevar por pasiones e intereses oscuros e indefendibles, pues ese tal, llámese como se llame, acabará abusando de su prestigio, de su influencia en los medios, para cometer todo tipo de excesos, injusticias y flagrantes atropellos a la verdad.

 

Y no lo digo pensando sólo en las posibles víctimas, sino también en interés de los propios potenciales abusadores. Veamos, por ejemplo, lo que ocurre hoy con los periodistas y la terrible inseguridad que priva en el país. Como se sabe, el número de víctimas mortales en este importante y respetable gremio ha subido alarmantemente en los últimos dos o tres años, a pesar de la resuelta protección con que cuentan de parte de sus casas editoriales y del propio gobierno de la República. Ahora bien, a riesgo de ser mal interpretado y teniendo en mente también el primer problema que toqué más arriba, pregunto con la mejor intención del mundo: policías, jueces, gobernantes y el propio gremio periodístico ¿se habrán preguntado si, por lo menos en algunos casos, el ataque  tiene que ver con cierta falta de tacto y –por qué no- hasta de ética y de objetividad de la víctima, olvidando el carácter extremadamente violento e inhumano del crimen organizado? ¿No será que algunos periodistas están siendo víctimas del endiosamiento en que los han colocado los partidos, los políticos y los gobernantes, quienes, por el temor a sus críticas, los adulan llamándolos  “el cuarto poder” y declarándolos inimputables, es decir, apriorísticamente exentos de error o delito, como si fueran una raza distinta y superior  a todos los demás mexicanos? Nunca como ahora fue más cierto aquello de que la autocrítica, la honrada revisión de la propia conducta, puede dar mejores resultados para la conservación de la salud y la vida que los más espectaculares avances de la medicina. Y como dice el bolero: “Yo nomás doy el consejo por si lo quieren seguir”.

 

* Secretario general del Movimiento Antorchista Nacional




 
 

 

 
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