Antorcha


Aquiles Córdova Morán*


¿CÓMO SE FORJA LA UNIDAD NACIONAL?


Desde que el Presidente de la República inició su cruzada en contra del tráfico de drogas y del crimen organizado, pero con particular intensidad en los últimos días, a raíz de los muy condenables (y temibles) atentados perpetrados en Morelia, Michoacán, la noche del quince de septiembre, hemos escuchado reiterados, insistentes llamados a “cerrar filas” en torno a las autoridades para formar un solo frente en contra del enemigo común. Se reitera, en particular por el Presidente Felipe Calderón, que acabar con la violencia cotidiana y con las amenazas de desestabilización que se ciernen sobre el país, es una tarea que no pueden cumplir las autoridades solas; que es necesario que en ella nos involucremos todos los ciudadanos, la sociedad entera, ya que sólo así nos convertiremos en una fuerza invencible ante cualquier enemigo por poderoso que sea. La consigna es, pues, ¡unidad nacional a toda costa!


Es algo bien sabido desde tiempos muy antiguos, que las grandes amenazas y los problemas graves que suelen aquejar a las sociedades bien constituidas, sólo pueden enfrentarse y resolverse con éxito si interviene en ello la fuerza organizada del pueblo, ya sea en forma directa o brindando todo tipo de apoyo, de modo irrestricto, a las instituciones y personas encargadas de hacerles frente. Así operaron en su momento Grecia, Cartago, Roma, y hasta Luis XVI de Francia, cuando constató que las arcas nacionales estaban exhaustas. En nuestro caso, sin embargo, la convocatoria que se nos hace  suscita dudas insoslayables. La primera de ellas, creo yo, consiste en que, aunque se nos llama con vehemencia a participar, nunca se nos dice con toda precisión y puntualidad cómo hacerlo, qué es exactamente lo que se pide y exige de cada ciudadano. A lo más que se llega es a proporcionar algunos teléfonos, a los que se puede llamar sin costo, para denunciar cualquier incidente o movimiento sospechoso que observemos a nuestro alrededor, garantizando el absoluto anonimato del denunciante (cosa que no pueden hacer, dada la infiltración de los cuerpos policíacos), y, últimamente, hasta ofreciendo una recompensa en numerario para animar al potencial denunciante. Pienso que si el llamado al país entero a colaborar en la lucha anticrimen se reduce a eso, a convertirlo en simple informante de los cuerpos de seguridad, se trataría de una muy pobre e insignificante tarea, es decir, que nos hallaríamos ante un increíble desperdicio de las ilimitadas posibilidades que se encierran en un pueblo entero, unido en torno de una causa.


La segunda duda deriva del hecho de que, quienes llaman a la unidad nacional, parecen dar por sentado que ésta se logra de modo automático mediante encendidos discursos patrióticos, que pongan, además, ante los ojos de la multitud, el peligro que nos amenaza a todos. Pero no es así; la unidad nacional, en cualquier tiempo y lugar, es la resultante inevitable (que no necesita, por eso, buscarse ni solicitarse en cada encrucijada  que la requiera) de la justicia y la equidad sociales; es decir, es una manifestación colectiva del hecho de que todas las clases, sectores de clase, estratos, grupos y organizaciones, se sientan satisfechos y cómodos en la sociedad en que viven y con las autoridades que los gobiernan. Dicha unidad brota espontáneamente cuando una clara mayoría social está contenta con su empleo, con su salario, con la casa en que vive, con los servicios básicos que recibe, con la educación de sus hijos, con la atención a la salud de su familia, con lo que come, viste, calza, descansa y se divierte. Y estará dispuesta a “cerrar filas” con sus autoridades, cuando sienta y piense que todo el bienestar de que disfruta se debe, precisamente, al buen y justo gobierno de las mismas. De lo contrario, ya se podrá desgañitar cualquiera llamando a la “unidad nacional”; sólo encontrará indiferencia, escepticismo y oídos sordos.


Ahora bien, nuestros gobernantes actuales, ¿se preocupan en serio por llevar verdadera justicia y equidad sociales a sus gobernados? Es decir, ¿están trabajando en serio para construir la unidad nacional que demandan? Puedo afirmar con conocimiento de causa que, en el caso del gobernador michoacano, el perredista Leonel Godoy, no es esa la situación. Lleva poco más de un año en el gobierno y, en ese corto lapso, ha enfrentado ya huelgas de sus propios trabajadores, marchas, mítines y plantones de comerciantes, transportistas, maestros, etc., etc., que no han encontrado, ni en él ni en alguno de sus funcionarios, siquiera el oficio político y el don de gentes para sentarse a escuchar, con el respeto que merecen sus interlocutores, lo que de ellos se demanda. Crece como la marea por todo Michoacán, el rumor de que “el señor gobernador” es soberbio, arrogante, prepotente, autoritario y totalmente refractario a escuchar las voces y peticiones de la calle, organizadas o no; que Leonel Godoy es: “no te doy” y “mano dura” contra los que insistan.

 

Así las cosas, ¿se puede esperar que el pueblo michoacano acuda con entusiasmo al llamado de “su” gobernador a “cerrar filas” en torno de él? ¿Se puede esperar que coopere en serio en una lucha que, de algún modo, es por la estabilidad de “ese” gobierno? La cruda verdad es que al gobernador michoacano le cayó de perlas el lamentable atentado. Eso lo colocó, de la noche a la mañana, en el centro de la atención nacional; le acarreó el apoyo irrestricto de importantes fuerzas del país y hasta del extranjero y, al colocarlo en el papel de víctima (aunque las víctimas reales fueron otras), desarmó a sus críticos y armó a  sus turiferarios (ocasionales o de tiempo completo) con argumentos para presentarlo como héroe. Pero eso no durará. Es necesario que todo mundo entienda que, si en verdad necesitamos la unidad nacional y la cooperación decidida del pueblo para ganar la guerra  al crimen, hay que tomar medidas serias, concretas y efectivas para construir esa unidad. Comenzando por el Licenciado Leonel Godoy Rangel.

 

*Dirigente del Movimiento Antorchista Nacional.

 




 
 

 

 
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