Bajo el Sol


Roberto Martínez Garcilazo


La sheaffer de Enrique Aguirre Carrasco (1915-2000)


Es de plata el barril y el capuchón.


Labrada en rombos y ligera de peso.


El plumín de oro y el trazo excepcionalmente consistente y ágil.


Este bellísimo objeto es parte del legado del Maestro para mí (la otra, la mayor, es el privilegio de haber sido su alumno).


Me abismo pensando en las miles de horas que con ella escribió –caligrafía alta y delgada.


En las miles de oraciones que con ella construyó.


En el pensamiento que edificó en el papel con esta estilográfica que hoy, de manera orgullosa poseo. 


Misteriosa es la vida de los objetos: súbitos sus cambios de aparente dueño -¿no son más bien ellos los que nos poseen hasta agotarnos la breve vida?

La sheaffer de plata es mi talismán.


La joya que escribe es oráculo infalible.


Es brújula de certezas en días oscuros.



Porque hay días en los que de pronto, como si abrieras los ojos después de caminar a ciegas, te descubres respirando en territorio canalla y cercado de malignidad y tontería y es necesario, urgente escribo, recuperarse uno mismo,y regresar (¿A Itaca?) y reanudar la vida.

Hoy recuerdo a Aguirre hablando de Epicteto.


La de Aguirre era una prosa verbal de artista.


Lo veo diciendo que el filósofo que nació esclavo era  paradigma y alegoría de la única vida posible para el hombre.


Esfuérzate y se libre, decía Aguirre que preconizaba el estoico griego.


Hoy descubro que el aforismo es suyo.

La sheaffer de Aguirre es la herramienta extraordinaria  con la que forjo mi redención ahora.

 




 
 

 

 
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