Bajo el Sol


Roberto Martínez Garcilazo


LOS ESCRITORES DE PERIÓDICO
(larga anti-columna sobre columnistas)


Para el maestro
Sergio Lira Coronado.
(Qepd)
La literatura es superior
a la vida, decía.


Conversación de sobremesa avivada por el vino.


¿Quién es mejor; Umbral o Vicent?


Así, lapidariamente formulada, la pregunta tiene mucho de desafío, de reto, de provocación.


A ver qué respondes, con qué respondes para defender tu posición de que Umbral, muerto y enterrado, escribe ahora todavía mejor que los vivientes.


A ver qué argumentos esgrimes para demostrar que Vicent es hoy el más grande columnista en lengua española; más grande y perfecto que el fantasma del escritor muerto en agosto del 2007.  


Dice el Uno que Umbral ya chocheaba.


Que sus últimas columnas eran dictadas y se notaba el uso errático de la puntuación.


 Dice el Otro que no y cita, ayudado por una lap top, un fragmento de la última columna que dedicó a Eugenio D’Ors, exactamente un mes antes de su muerte, 28 de julio del 2007:

 

Don Eugenio d'Ors había venido de Cuba a hospedarse directamente en la calle de Sacramento, pasando de largo por Cataluña, adonde dejó una señorita enamorada y nunca vista, que se llamó Teresa, conocida y desconocida en las Ramblas como la Bien Plantada. Teresa era más famosa en Barcelona que en Madrid. Un día fui a comprar un libro de D'Ors y me lo pusieron caro. Cuando le protesté al quiosquero, me dijo: « ¿Caro por una peseta? Si lo supiera don Eugenio». Naturalmente, me llevé a casa el libro, que más que libro era un cuaderno de aquellos de novelas y cuentos, que se habían vendido mucho cuando la guerra y luego los chicos seguimos leyendo cuando la posguerra, que fue una época muy cultivada y muy Dorsiana. Metido don Eugenio en el bochinche de los armados, un admirador le dijo en el café, aludiendo a su uniforme espectacular: «Se ve que le gustan a usted los uniformes, maestro». Y replica D'Ors: «Me gustan los uniformes siempre que sean multiformes»


(…)


Las marquesas le invitaban a dar conferencias en su palacio solamente por ver cómo se vestía, que solía hacerlo a juego con el tema conferenciado. Así, para hablar de Goethe, se disfrazó de Goethe. En sus conferencias no se sabía qué atraía más, si la palabra o la aparición, porque lo suyo eran apariciones. Podemos decir que D'Ors promovió gloriosamente la cultura verbal de la época e hizo que esa cultura cobrase prestigio por un solo hombre y todos los que le imitaban. D'Ors no tuvo competencia de Ortega hasta mucho después, cuando ya se había retirado a su ermita marinera de la costa catalana, adonde subía y bajaba los pisos según la voluntad de su difícil escalera.
Al quiosquero a quien le compré el libro de Novelas y Cuentos, reseñado aquí, le compraría yo más tarde Oceanografía del Tedio, que es su libro más sugestivo y gratuito, libro ni de izquierdas ni de derechas sino arte por el arte, prosa pura que no se somete a la jerga de los periódicos sino al juego y el hallazgo que luego sí han inventado otros escritores.


Agotados sus hallazgos barrocos de última hora, tuvo que inventarse una hora penúltima de los que llamó Indalianos, que tenían tanto de Dalí como del propio D'Ors. Porque D'Ors, perseguidor de vanguardias, como el propio Dalí, y ahí está la crisolinfa paladiana, o sea un surrealismo dorsiano del que conservamos viva memoria adolescente. Toda guerra promueve genios.

 

Enfermo de gravedad y todo –yaciente en una siniestra cama de hospital,  el grandísimo escritor que fue Francisco Umbral está entero en esta su última prosa para El Mundo.

 

Y de lo extraliterario ni hablar, -le dice el Uno al Otro- , que estamos juzgando escritores no monjas josefinas. Que si se paso a la derecha, que si negoció sus premios, que si traicionó a Cela, que si engañaba a su mujer…   Nada de eso importa, sólo lo escrito que se actualiza cada que un lector abre un libo suyo.

 

Y el Otro, el que por Vicent pleitea propone este texto:

 

Cándido en latín significa blanco: de ese vocablo se derivan candor y candidato. En la antigua Roma, a los aspirantes a un puesto en el Senado se les llamaba candidatos porque en el periodo electoral se paseaban por el foro ataviados con una toga blanca para mostrar públicamente que tenían un pasado limpio y que también eran limpios sus propósitos. Hoy, el candor es una virtud poco apreciada en política. Si ante las próximas elecciones generales los políticos se presentaran en los mítines y debates de televisión vestidos con una túnica blanca para demostrar su honestidad, serían tomados por simples fantasmas. En los parques de atracciones suele haber un túnel del infierno donde los niños son asaltados por toda clase de momias y fantoches que suelen provocarles una risa nerviosa. En la vida pública existe también otro túnel negro que viene directamente de la Edad Media , lleno de espectros esquinados que causan los mismos nervios, no exentos de espanto, a muchos ciudadanos. Estos fantasmas no van enmascarados bajo una sábana, sino cargados con ornamentos bordados en oro. Lucen en lo alto del cráneo una mitra, vestigio de las astas de toro que simbolizaban el poder del hechicero de la tribu y que luego se convirtió en el bicornio de los faraones. Al verlos adornados con arreos tan terribles se podría esperar que hablaran con voz cavernosa desde el más allá con la ambigüedad de los oráculos. Nada de rodeos. Estos espectros hablan desde el altar con frases melifluas y el cuello blando para recordarnos que el infierno no es un parque de atracciones sino un fuego real donde vamos a arder por nuestros pecados aunque podríamos librarnos de ese castigo si votamos a la derecha. Frente al pistolerismo verbal de otros mensajeros de idéntica ideología, con una dulzura pastelera que esconde el garfio de acero, el Papa y los obispos alimentan el terror ante la nueva peste del socialismo. Los candidatos de la antigua Roma, al final, paseaban la toga sucia por el foro cubierto de basura. También el suelo de la política y de la Iglesia está lleno hoy de excrementos y ladridos. Pasar sobre ellos salvando el candor es toda una hazaña. Hay que votar al que llegue con la sabana más limpia y no sea un fantasma.

 

El Uno responde  esgrimiendo  esta cita de Paco Umbral:

 

Ese surrealista italiano que ahora ha muerto, se había comprado hace tiempo una parcelita en el cementerio y todos los días se llevaba flores a sí mismo. Era un gesto de humor negro. Creo que yo mismo -y todos los que escribimos a diario- me llevo flores cada mañana. Una columna, aunque sea política, es un ramo de palabras que en principio tejemos en nuestro propio honor y memoria. Escribimos para que se nos recuerde, aunque escribamos olvidando o para olvidar algo. La columna puede ser frívola, mundana, pasajera, humorística, política, grave, crítica, pero en principio no es sino eso: una corona de palabras, alegre o triste, que trenzamos cada día para que alguna vez se nos recuerde por ella. Yo he frecuentado el cinismo de decir que escribo por dinero, pero más cínico -y más verdad- es decir que se escribe para que no le olviden a uno. Mi cotidiano ramo de palabras lo llevo al periódico, pero sé que los plurales cementerios de las hemerotecas, los archivos, los ordenadores, los papeles, todos los medios de reproducción de la obra de arte -tan oportunamente estudiados por Walter Benjamin-, no sólo conservarán la esquelatura de mi prosa, sino que la multiplicarán. Un columnista no es sino un hombre que se lleva flores a sí mismo todos los días, pues sabe que primero -en seguida- morirá su columna, y luego morirá él, si antes no muere su memoria. Nadie tan obstinado por perdurar, ni siquiera el poeta puro.


Pero se trata de una obstinación modesta, gacetillera, laboral. Casi quisiera uno que sólo le recordasen a medias, como el que dijo tal cosa, entre tantas cosas como decimos los escritores de periódico. Se trata, sí, de quedar un poco, sin panteón de hombres ilustres; sólo en el pequeño nicho de un recuadro -ya la columna tiene hechura de tumba sencilla-, perpetuado por un solo artículo, habiendo escrito tantos, ese recuadro que sale una mañana con tintas casi fúnebres de esquela mortuoria, por azares de taller.


Todas las mañanas buscamos nuestra columna en el periódico como ratificación de que estamos -de que seguimos- vivos, y lo que encontramos es una esquela urgente que a la noche estará muerta y al día siguiente olvidada. Con el pequeño dinero que nos pagan en el periódico vamos comprando ese ramillete de cada día, cambiando de humor y estilo y tema todos los días, pues alguna de las columnas, vaya usted a saber cuál, quizá ésta, es la que quedará en la memoria de esos grandes desmemoriados de hemeroteca o de Casino que leen a los muertos con más placer que a los vivos, pues que gustan de comprobar, con cierta dulce crueldad, que el muerto se equivocó en el cambio de ministros, mientras que con el vivo nunca se sabe.


Me gusta que la ocurrencia de las flores sea futurista, vanguardista, surrealista, porque uno empezó en esas cosas, hizo su bachillerato clandestino en esas escuelas, que estudié como nacientes cuando ya estaban muertas. Hay teatro del absurdo y poema surrealista en eso de llevarse uno flores a sí mismo todos los días. Yo lo venía haciendo durante muchos años sin saber por qué ni para qué. Y hasta creía que el artículo era por ganarme la vida. Y era por ganarme la muerte.

 

El Otro, contraataca con  esta de Vicent:

 

En todas las universidades de Occidente, alumnos y profesores juntos, desde mitad del siglo XVIII, suelen cantar el himno Gaudeamos igitur para coronar un acto académico solemne. Se trata de un cántico que incita a los estudiantes a gozar de los placeres efímeros de este mundo antes de que sea tarde. Si la visita de Ratzinger a la Universidad La Sapienza de Roma no le hubiera sido negada, la conferencia del Papa acerca de la fe habría sido rematada por este himno epicúreo y nihilista, extraído del tratado Sobre la brevedad de la vida, de Séneca. Alicatado de armiños y terciopelos, con reflejos el oro por todas las partes del cuerpo, Ratzinger hubiera penetrado a pasitos cortos con las pantuflas bordadas en este centro de la ciencia hasta aposentarse en el sitial del aula magna, dispuesto a impartir su doctrina. Con una sonrisa entre tímida y mefistofélica hubiera hablado así a los estudiantes. La prueba irrefutable de la existencia de Dios es el mal, el dolor y la miseria que hay en este mundo. Si Dios no existiera, tanta maldad no sería reparada. Es necesario que haya un Ser Supremo para que remedie esta injusticia después de la muerte. Con este argumento Ratzinger hubiera vuelto a entronizar a Satanás, príncipe de las tinieblas, como el verdadero creador de la Divinidad. Después de elaborar este encaje de bolillos, el Papa con la bendición habría hecho brillar una piedra preciosa sobre todas las cabezas y los estudiantes de la universidad hubieran empezado a entonar su himno: "Alegrémonos, pues, mientras somos jóvenes, puesto que después de la alegre juventud y de la incómoda vejez nos recibirá el seno de la tierra. ¿Dónde están los que antes de nosotros pasaron por este mundo? Nuestra vida es corta, en breve se acaba, viene la muerte velozmente y no respeta a nadie. Vivan todas las vírgenes fáciles y hermosas, vivan las mujeres tiernas, amables, buenas y laboriosas". Atravesando este cántico con resonancias hedonistas, el Papa habría abandonado el paraninfo y en el aire del recinto, al final, hubiera quedado en suspensión la conquista del placer en esta vida caldeado por el fuego del infierno. Que nos sobreviva la belleza será siempre un consuelo, ya que la vida es corta pero el arte perdura.

 

Y así se siguen, pleiteando con palabras ajenas magistralmente tejidas.


Mientras eso pasa pregunto sobre los columnistas de México, políticos que no de arte como los antedichos.


¿Quiénes son los que mejor escriben: ¿Zabludovky? ¿Granados Chapa? ¿Dehesa?


¿Y en Puebla, quiénes? ¿Yánez? ¿Manjarrez? ¿Andraca? ¿Mejía? ¿Luna? ¿Proal? ¿Crisanto?

 

Tal vez sea prueba de nuestro bajo nivel cultural o testimonio de una extraña discreción profesional o simplemente desprecio de los intelectuales por la vida pública, no se.  Pero el hecho ahí está: palmario, incontrastable, casi impúdico en su flagrante exhibición: en nuestro estado la prosa periodística está a la altura de los 7 años de escolaridad promedio del poblano estadístico. ¿Y qué decir del periodismo radiofónico y del televisivo, qué adjetivos usar para calificar la prosa verbal de los locutores de esos espacios noticiosos? ¿Qué adjetivos, Andrés Bello, qué sustantivos?




 
 

 

 
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