Bajo el Sol


Roberto Martínez Garcilazo


República, cultura y corrupción


¿Existen límites sociales de tolerancia a la ineptitud, a la negligencia y a la incuria de las autoridades culturales gubernamentales pagadas por las contribuciones de los ciudadanos?

 

O por lo contrario, debe la sociedad aceptar pasivamente la existencia de burócratas que utilicen el cargo público sólo para beneficio personal en detrimento de los intereses de la sociedad.

¿Deben los ciudadanos seguir pagando salarios privilegiados a profesionales del galimatías y del fingimiento institucional?

 

Las preguntas anteriores, surgieron a partir de la lectura de la nota periodística de Judith Amador Tello, en Proceso (1638), titulada Vela, una decepción: Suárez del Real.

 

En este texto la reportera consigna que “Contrario a la opinión de que su comparecencia ante la Comisión de Cultura de la Cámara de Diputados le fue favorable, expresada por Sergio Vela, presidente del CONACULTA, el diputado Alfonso Suárez del Real considera que sólo cumplió una parte de la expectativa y le falta entregar muchas pruebas sobre los temas abordados”.

En esta nota dice Suárez del Real: “...su visión de la cultura no llega a comprender la importancia que tiene en un pueblo como el nuestro”

 

No es exagerado concebir esta situación como una crisis del espíritu republicano de rendición de cuentas y revocabilidad de los funcionarios incompetentes.

 

Sin duda en la raíz de este fenómeno está la falta de mecanismos ciudadanos que permitan la destitución de este tipo de burócratas que se comportan como cortesanos de cierta monarquía absolutista.


Es común observar a estos oficinistas encumbrados por la fortuna –fortuna y virtud son los hilos que mueven las marionetas del escenario político-  actuar arbitrariamente en contra de sus subordinados: los cesan sin razón laboral suficiente porque no soportan la independencia de criterio ni la capacidad profesional ajena.

 

En el agudo proceso de degradación de la vida pública y de la convivencia social, esta fauna de oficina, surgida de un aciago azar, es representación siniestra de la corrupción. Es virus que destruye instituciones y el tejido social.  

 




 
 

 

 
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