El cajón del desastre


Fritz Glockner

10/11/2010

MÁS DE TRES DÉCADAS


El pasado viernes 5 de noviembre se cumplieron exactamente 34 años de haber sido asesinado mi padre en la ciudad de México, desde entonces su imagen se ha convertido en un espectro fantasmal que deambula por la historia de México, por las conciencias de algunos luchadores sociales, por las cajas de los archivos de la Dirección Federal de Seguridad, así como también por las versiones de aquellos que han elegido el oficio historiador para convertirse en los nuevos agentes de la DFS, espacio desde el cual ahora son ellos los que torturan pero a la historia misma.


Fue la noche de un viernes 5 de noviembre de 1976 cuando luego de un jaloneo, mi padre fue acribillado en la calle de Medellín de la colonia Roma, de inmediato la versión oficial argumento sin investigación de por medio que los culpables de aquel asesinato habían sido sus antiguos compañeros de organización clandestina, al igual que el de Nora Rivera, la compañera sentimental de mi padre, la cual por cierto se encontraba con 6 meses de embarazo.


Por mi parte, desde entonces me he concentrado en investigar todo lo relacionado al mal llamado tema de la “Guerra Sucia”, ya que lo ocurrido en México bien encuadra dentro de la llamada “Guerra de Baja Intensidad”, aun que todavía existan académicos que desean ubicar este término hasta el año de 1982 con Ronald Reagan, ignorando que el mismo aparece en el Manual de Contraguerrilla con el que estudiaron los policías y militares mexicanos que acudieron al Canal de Panamá a entrenarse con los militares gringos.


Recogiendo todas aquellas piezas de investigación por más de 27 años sobre el tema, siempre he insistido en que mi padre fue víctima de la llamada “Brigada Blanca”, aquel organismo que se fundara ese mismo año de 1976 para limpiarle el camino de opositores armados al nuevo gobierno de José López Portillo, digamos que existió un acuerdo entre Echeverría y López Portillo, para que el primero dejara la casa limpia de los llamados individuos peligrosos, ya que entre julio y el 1 de diciembre de ese año, cuando recibió la banda presidencial López Portillo, fueron asesinados de forma misteriosa 45 personas más, cuyo pasado o presente se encontraba relacionado con los llamados grupos guerrilleros de aquellos tiempos, así como también al ser trasladados ese mismo año los presos políticos de Lecumberri, a los nuevos penales construidos en la ciudad de México, al inaugurar las cárceles, los llamados presos políticos de nueva cuenta fueron sometidos a tortura, sin que existiera confesión por arrancar, dato que sirviera para perseguir a algún grupo armado, o acción policíaca que investigar, digamos que simplemente recibieron su calentadita para que no se les olvidara que el sistema político mexicano contaba con el sartén por el mango.


La idea de que mi padre hubiera sido ejecutado por sus antiguos compañeros volvió a colocarse a debate, cuando el gobierno de Ernesto Zedillo en un acto de traición, persiguió al entonces subcomandante Marcos el 12 de febrero de 1995, momento en el cual se descubrió supuestamente la identidad del líder zapatista y se planteo el origen del actual Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN), el cual estaría ubicado en el antiguo Frente de Liberación Nacional (FLN), organización clandestina en la que participó mi padre, y la idea de que las FLN fuera un grupo extremista que acostumbrara ejecutar a sus antiguos militantes servía de justificación para avalar la traición de Zedillo, versión a la cual hicieron eco los escribanos oficiales de Carlos Tello Díaz, bajo la dirección de Héctor Aguilar Camín.


El rompecabezas sigue indicándome que fue la Brigada Blanca la causante de que mi padre asuste en el presente a más de una conciencia intranquila.


En su momento la investigación de la guerrilla en México me llevo a escribir la novela “Veinte de Cobre” recientemente reeditada bajo el sello de Booket de editorial Planeta, donde la ficción me permitió revisar la óptica de los que fuimos abandonados porque el padre de familia optara por ir detrás de sus utopías.


Con todo y ello, insisto en que son más de tres décadas de seguir vivo a pesar de la ausencia, por una versión u otra, a final de cuentas los fantasmas recorren México y la desesperación se demuestra con cara de militares en las calles, y si no, que lo cuenten los más de 30 mil muertos actuales.

 



 
 

 

 
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