El cajón del desastre


Fritz Glockner

14/04/2011

EL ABUELO


Es el martes 12 de abril, el salón Paraninfo se va llenando de recuerdos, llegan los jóvenes de ayer, han transcurrido 50 años, Ramón Beltrán, aquel estudiante de preparatoria que un primero de mayo de 1961 tocara a la puerta del edificio Carolino, argumentando que le habían corrido de su casa para convencer al cuidador que le abriera el enorme portón, para lograr consumar la toma del histórico edificio, sede del Alma Mater poblana, y dar inicio así formalmente al conocido movimiento de Reforma Universitaria, ese joven de hace cinco décadas ahora toma el micrófono frente al rector Enrique Agüera y varios de sus antiguos compañeros de lucha, de académicos y estudiantes, para insistir en lo importante de la disputa convocada aquellos días, de los enfrentamientos en contra de la derecha que se obstinaba en mantener el conocimiento en la oscuridad del siglo XV, en las jornadas durante las cuales se acuñó la frase “Cristianismo sí, Comunismo no” como bandera de católicos, empresarios, y la famosa organización de ultraderecha conocida entonces como FUA, para frenar el supuesto avance del comunismo en nuestra ciudad y nuestro país.


Hoy las anécdotas son historia, hoy los hombres que caminan por los portales van detrás de sus huellas, hoy la emoción se apodera de las gestas que escenificaron en el pasado para lograr alcanzar acuñar el postulado de construir una universidad Crítica, Democrática y Popular.


El fantasma del abuelo volvió a rondar por los espacios universitarios, curiosamente todo aquel reconocimiento sesgado, pichi cateado, oculto, escatimado, surgió sin querer, de pronto no se ha llegado a valorar en su máxima expresión la fuerza de convocatoria que logro mantener, convocar, congregar y provocar el doctor Julio Glockner Lozada, el abuelo, quien siempre tuvo la franqueza de retar al poder, y como tal, no casarse con ningún dogma, fuera este de cualquier símbolo o matiz ideológico, aún y cuando para la ultra derecha representara al mismísimo diablo en persona, y en su momento se convirtiera en un crítico de la llamada izquierda, que convoco a la intolerancia y a su fulminante expulsión del recinto universitario, por no haberse sometido al dogmatismo de la propia izquierda, y esa actitud revolucionaria provocó que su figura se pretendiera minimizar como artífice inicial del llamado movimiento de Reforma Universitaria.


Cincuenta años después, un fantasma ronda por Puebla, hoy me reconozco de nueva cuenta como un sujeto de la historia, más allá de la clásica interrogante de simpatizantes y adversarios cuando externo el apellido paterno, hasta ahora que estoy a punto de cumplir la misma edad que se festeja y se conmemora de la historia universitaria, caigo en la cuenta del legado histórico del abuelo, de su fortaleza, las fotografías hablan por sí solas, en los periódicos de la época se expresa la inmensidad de su popularidad, del carisma, claro cuando uno lo tienen en casa es difícil dimensionar con el precioso monstruo que convivías de pequeño, pero ahora, cuando los tiempos han marcado un calendario distinto, cuando los días se han marchitado y la ilusión parece desvanecerse, las anécdotas del abuelo cobran vida, y regresan por sus fueros, a pesar de versiones distorsionadas, de historiadores pequeños que han escrito la versión acomodaticia, su memoria se impone y se abre camino por encima de cadáveres académicos.


Los contrarios no llegaron, tal vez y no fueron convocados, porque de alguna manera también debería de ser la fiesta de los FUAS, para este lado ellos son los antagonistas de la historia, y para ellos aquel rol lo jugaron el abuelo y sus seguidores como Beltrán, el tambor Figueroa, Acevedo, los Carral, René Sánchez, Adolfo García, Spota como estudiantes de entonces, y el doctor Hermoso como compañero inseparable del abuelo.


Tiempos de lucha que no han cambiado mucho, aún y cuando la palabra ideología pareciera haber encontrado su fecha de caducidad, sería el momento preciso de revalorarla, de cuestionarnos que hemos sembrado y que hemos dejado de cultivar.


Hoy me percate que soy hijo de la Reforma Universitaria, los ayer convocados para conmemorar las cinco décadas transcurridas luego de aquellas jornadas de enfrentamiento ideológico y de autenticidad innata en la creencia y la apuesta por la causa, no lo saben, que además de ser nieto de Glockner, este año llego a los 50 con la conciencia de que la guardia no se puede bajar, porque si te descuidas las viejas consignas ganan terreno y es absurdo reconocer que la piel se te ha acostumbrado a la derrota.


La memoria del abuelo se impuso, sigue más vivo que nunca, se alimenta de sus viejas batallas, de las luchas en la calle, codo a codo con el pasado de los que saben que es absurdo traicionarse a estas alturas del partido, incluidas las grandes anécdotas de haberse dedicado a curar la sífilis y la gonorrea de los poblanos pecadores, de ahí que la presencia en su consultorio, representaba no sólo la posible asociación ideológica con su causa, sino además la conciencia de que el pecado carnal habría podido contagiar con la maldad del placer.

 

Julio Glockner sigue el camino, vive, respira y nos recuerda que claudicar es una palabra que no existe en el diccionario, por lo menos en el de los que venimos de su saga familiar.

 

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