El cajón del desastre


Fritz Glockner

16/06/2011

La huella de la impunidad


Ha quedado ahí, tatuada, registrada, impregnada sobre el pavimento, señalada en el calendario, fue un 10 de junio de 1971, cumpliéndose hoy 40 años, pero por desgracia parece que fue ayer.


Un jueves de hace cuatro décadas un puñado de jóvenes creyeron en la posibilidad de volver a tomar las calles, luego de que se había cortado de tajo la ilusión por construir una voz disidente en la plaza de las tres culturas de Tlatelolco.


Aquel 10 de junio la convocatoria para marchar de la Escuela Nacional de Maestros al Casco de Santo Tomás atrajo a más estudiantes de los que los propios organizadores se hubieran imaginado, a final de cuentas se comprobó que el miedo se podía superar, que los traumas de la represión no habían logrado controlar en su totalidad el sistema nervioso y emocional de la juventud luego del trauma del 2 de octubre de 1968, la efervescencia se volvió a hacer presente a pesar de los pesares.


Sin embargo el gobierno contaba con su propio juego, no en balde Luís Echeverría Álvarez ya habría declarado en más de una ocasión, en corto y en público, que no iba a dejar que nadie se le subiera a las barbas, y menos aún, que se detuviera su famoso proyecto eyaculador de supuesta “apertura democrática”, con los destacados emisarios del pasado, quienes por cierto fueron un genial invento del entonces secretario de la presidencia de la República: Porfirio Muñoz Ledo.


Dentro de los planes oficiales existía la consigna de no permitir bajo ninguna opción la realización de la marcha estudiantil. ¿Acaso no habían escarmentado con Tlatelolco? ¿Necesitaban más dosis para aceptar de una vez por todas quién mandaba? ¿Cómo dejar que volviera la esperanza a las calles?


Por su lado, para los jóvenes la coyuntura se presentó como única: ¿Marchar? ¿Mantener la inmovilidad? ¿Había justificantes? ¿Era una provocación? El debate fue denso, largo, incluso seis días antes los líderes sesentayocheros arribaron a México luego de su fugaz exilio y sembraron aún más dudas, a pesar de todo la decisión fue buscar de nueva cuenta la utopía en la calle.


Como estaba comprobado que las instituciones policíacas y el ejército se encontraban en completo desgaste, luego de haber sido los protagonistas de más de un acto de represión, desde que Echeverría ocupara la oficina de Bucareli en Gobernación se planeo la construcción de un grupo paramilitar compuesto por jóvenes que hubieran desertado a las fuerzas armadas, o que tuvieran algún tipo de relación laboral con algún cuerpo policiaco, o simples personajes lúmpenes de las colonias populares, quienes por unos pesos perfectamente aceptarían llevar a cabo cualquier acción que se les indicara y si además se les entrenaba, organizaba, adoctrinaba, pues que mejor, el grupo denominado como “Los Halcones” perfectamente llevó a cabo el trabajo sucio de la llamada “Guerra de Baja Intensidad” orquestada por el gobierno federal en contra de los disidentes, opositores, alborotadores y agitadores del bien común, catalogados como traidores a la patria.


Aquel Jueves de Corpus los paramilitares enloquecidos fueron contra todo lo que se moviera en la calle, golpearon, dispararon, asesinaron a mansalva, contando con la complicidad y el beneplácito de los granaderos ahí presentes, fueron detrás de sus presas cuales viles aves de rapiña.


La represión de hace cuarenta años activo en gran medida la indignación juvenil que luego se tradujera en la efervescencia de los grupos armados urbanos, como la famosa Liga Comunista 23 de Septiembre, el Frente Estudiantil Revolucionario o las Fuerzas Revolucionarias Armadas Populares; lo cual genero la proliferación concreta de todas y cada una de las estrategias de esa llamada “Guerra de Baja Intensidad” con su tortura, la desaparición forzada, los vuelos de la muerte y el asesinato.


Durante el sexenio de Fox se invento una fiscalía blandengue que castigaría supuestamente a los responsables de los delitos del pasado, el caso de Corpus fue ampliamente documentado, no sólo por medio de los testimonios de sobrevivientes y testigos, sino que también gracias a los documentos de las propias instancias oficiales, grabaciones de las radios policíacas, informes de la embajada Norteamericana, además de las declaraciones de los diversos personajes implicados, y ¿los resultados? La exculpación para Luís Echeverría, la impunidad como la madre de todas las batallas en México.


De ahí que la huella quede tatuada, y la reflexión actual permita meditar a Calderón: Si no se ha castigado a los asesinos del pasado, ¿cómo por qué se me habría de castigar a mí? ¿Acaso no se justifican los ya más de 40 mil cadáveres?

 

“Caminante se hace camino…” y las huellas marcan el actual estado absurdo de una realidad no deseada.

 



 
 

 

 
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