El cajón del desastre


Fritz Glockner

02/03/2009

¿Y EL RESCATE?


Hasta ahora se ha puesto de moda escuchar de los secuestros, de las extorsiones, de la delincuencia organizada, tal vez por el exceso de información que circula día a día al respecto. Pero desde hace ya casi 80 años que los secuestradores, los extorsionadores y la llamada delincuencia organizada actuaba de manera por demás impune en nuestro país; el estado que surge luego de la convivencia seudo civilizada, después del levantamiento armado de 1910 que derroca al dictador Porfirio Díaz se apropia de una manera absoluta de la historia, de la cultura, de la idiosincrasia, de las conciencias, tradiciones, leyendas y todo aquello que permitiera a la nueva clase política justificar el presente para proyectar un futuro a modo.


Escuchar hoy de revolucionarios parece ya por demás anticuado, pasado de moda, fechado y caduco, si acaso hasta 1982 se continuó con la idea del origen zapatista, villista, carrancista, obregonista, maderista, pero de ahí en adelante paulatinamente se dejo el discurso manipulador del origen fincado en 1910, para dar paso a una nueva generación de secuestradores del pasado histórico, donde los principales capos llevan por nombres los de Miguel de la Madrid, Carlos Salinas de Gortari y Ernesto Zedillo, quién por cierto este último además tuvo la gracia de haber sido Secretario de Educación Pública, cuando el debate de la revisión histórica en los libros de texto gratuitos, y se hizo de un equipo nuevo de “científicos” como en la era porfiriana, para dar la nueva versión.


El arribo de la derecha mexicana al poder no mejoró en nada la situación, ya que además ésta siempre ha hecho gala de una gran ignorancia sobre temas nacionales, baste recordar a Vicente Fox y sus múltiples confusiones, o bien, hoy día a Felipe Calderón con sus titubeos al tocar temas del pasado, ha provocado que los antiguos conspiradores parezcan sabios y hasta los extrañemos, si la brújula política ha estado magnetizada por un imán y no se pueda distinguir donde queda la derecha o la izquierda, en cuestiones del rescate histórico esta última también se ha quedado a la zaga.


Estamos próximos a iniciar una serie de festejos por el bicentenario y el centenario, en la mayoría de las plazas públicas se han colocado relojes con un conteo puntual, se señalan los días, los meses, las horas y los minutos que nos faltan para que brinquemos de alegría, para que homenajeemos a quienes nos han dado patria y libertad, pero la duda queda en el aire: ¿a qué prócer vamos a conmemorar? ¿qué acontecimiento se va a resaltar? ¿quién será el ganador y quién el perdedor? ¿qué visión se va a imponer? ¿cuál la interpretación?


Los historiadores acostumbrados en escribir sólo para la academia y para los políticos han comenzado a afilar sus plumas, o en su caso las computadoras, pero ¿que será de las viejas estampitas con las que de niños adornábamos la tarea?


De alguna manera entre tanta información sobre la liberación de tal o cual personaje secuestrado, sería bueno el inicio de una campaña por la emancipación de la historia, ese lector que desea revalorar a los antiguos liberales y no a quienes siendo conservadores se pintaron para hacerse del poder y permitir que todo continuara igual.

 

La piel del pueblo se ha hecho dura ante tanta derrota, la memoria parece anquilosada por las versiones difundidas, la creatividad se ve disminuida y cualquier versión puede encontrar un recoveco en la actitud cotidiana de los individuos, aún y cuando esta sea falsa; por todo esto de algún modo se puede vislumbrar que no hay necesidad de pagar rescate, simplemente será la actitud de periodistas, escritores, historiadores, lectores, medios de comunicación por apostar a la liberación de la historia, estamos a tiempo, el reloj marca los segundos que faltan para arribar al 2010, fecha en la cual muchos suponen que se puedan repetir los márgenes de la violencia, y de pronto uno se pregunta ¿y cómo no? ¿si tan sólo 0.18 por ciento de la población es dueña de una tercera parte del producto interno bruto? Aquellos niveles de desigualdad al parecer no existían en 1810, ni en 1910, pero bueno, hoy es el tiempo por evitar el pago del rescate, y simplemente despojarse de las lagañas que muchas ocasiones nos impiden ver el pasado, y por consiguiente el presente, para poder suponer, o por lo menos imaginar el futuro.

 



 
 

 

 
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