El cajón del desastre


Fritz Glockner

03/06/2009

OTRA DE FERIA


Es la una de la tarde de un jueves a fines del mes de mayo, entre Miguel y yo revisamos toda la documentación que pudiéramos necesitar: las acreditaciones, bueno la mía y la de Elizabeth, con la que pretendíamos hacer pasar a Miguel con falda de flores y toda la cosa, el listado de los agentes literarios, las posibles editoriales interesadas en publicar novelas mexicanas, la dirección de nuestro respectivo Luís, ya que cada uno se quedaría a dormir con su amigo que en ambos casos llevan por nombre Luís.


La carretera nos esperaba, un viaje de tres horas en auto, para luego tomar el tren en New Haven y de ahí hasta la gran manzana, el espacio emblemático de la estatua de la libertad, el lugar de las grandes finanzas, del control mediático e informativo, donde la multiculturalidad se expresa en cada esquina, donde las lenguas conviven aún y no se quiera, el espacio del llamado atentado terrorista que puso al mundo de cabeza aquel 11 de septiembre y que a partir de entonces se han venido escribiendo todo tipo de situaciones por demás ridículas.


Nuestro objetivo, asistir a la BEA, Book Expo America, la cual congrega a lo mejor de la industria editorial norteamericana, sin citas, sin algún tipo de contacto, sin la idea de cómo estarían los estantes, sin la opción de interlocución con alguien más, Miguel y yo acudimos como comúnmente se dice al “ahí se va”, sin prejuicios, a pesar de que Miguel alerto en más de una ocasión que las cosas no se hacen así en este país, que existe una mirada inquisidora sobre el tema de “cómo te ven te tratan”, que los canales de difusión, distribución, para entrar en contacto con el mundo editorial son de una manera mucho más formal que aquello a lo cual estamos acostumbrados en el mundo hispano parlante, que tal vez y sólo perdiéramos el tiempo, y ante aquella andanada de posibles opciones, al fin guardo silencio frente a mi planteamiento de que el tiempo nunca se pierde, si a caso se invierte, tal vez mal, o tal vez bien, pero siempre será un tipo de inversión.


Aquel optimismo desbordado de mi parte aminoró los sentimientos de culpabilidad de Miguel por no haber realizado con anticipación las citas necesarias, las llamadas telefónicas, realizar los contactos evidentes.


Una multitud se congregaba a la hora del registro, pretendiendo ser muy ágiles, la cola se incrementaba como serpiente que iba de un extremo a otro, los jóvenes simplemente escaneaban la confirmación de la inscripción sin ver nombre, procedencia, testificación de que aquel que lleva el papel con un sello electrónico es la persona que se suscribió vía Internet, eso facilitó nuestras intenciones de hacer pasar a Miguel por Elizabeth, sin la necesidad de disfrazarle, o ponerle una falda, pero a los escasos minutos de haber realizado aquella exitosa operación, Miguel había extraviado su acreditación, ¿cómo ir de nuevo a decir que eres Elizabeth? ¿Qué hacer para evitar esa larga fila? Nuestros ojos comenzaron a bucear por el piso del recinto, recorriendo los espacios en donde hubiéramos estado, hasta que de pronto Miguel se abalanzo detrás de un pedazo de cartón y ambos teníamos la ilusión de que dijera Elizabeth Polly, pero decía Tim no se que, y bueno, Miguel paso de ser Elizabeth, a Tim, de otra universidad, pero sin duda con la posibilidad de concluir nuestro objetivo por el cual habíamos realizado aquel viaje Express de Hanover a Nueva York.


Dentro de un enorme salón se distribuían las diversas casas que prestan sus servicios como agentes literarios, Miguel y yo dábamos de vueltas, mirábamos todo, pretendimos en un par de ocasiones acercarnos a dos señoras, las cuales muy delicadamente nos batearon como si de algún tipo de ligue se tratara la cosa; parecía evidente lo que el bibliotecario había sentenciado, que si alguien nos tomaba la palabra sería una persona que ha sido plantada y por lo tanto no tendría ninguna repercusión, de todos modos seguimos dando de vueltas, hasta dar con Laura, una posible agente interesada en representar a escritores mexicanos, evidentemente su agenda estaba por demás saturada, pero no hubo bateo, escuchó atenta y prometió tomar en cuenta la petición.


Miguel y yo bajamos para encontrarnos con Eduardo Galeano quién a las dos de la tarde estaría firmando sus libros en un stand de la feria, sin precedente, la fila para recibir una dedicatoria de mano de aquel critico del imperialismo era larga, nos dio gusto, llegamos al inicio de la fila y ahí estaba, aún sin comenzar a firmar, nos abalanzamos a él, le dijimos lo chingón que es y Galeano no supo que decirnos, estaba sorprendido, se sentía un poco perturbado en aquella feria en Nueva York, nos contó que desde hace un mes se ha convertido en uno de los autores más vendidos del mundo y que eso le incomoda, quién lo iba a pensar, un gesto de un mandatario controvertido provocando el relanzamiento de un autor como Galeano, le volvimos a felicitar, los primeros de la fila ya deseaban que comenzara la firma, quién sabe cuánto tiempo llevarían de estar esperando al autor de las Venas abiertas de América Latina; nos dispusimos para regresar a Hanover, total, como siempre, a cada quien le va diferente en la feria, y sin duda, y a pesar de los reproches de Miguel, esta fue una buena experiencia.

 



 
 

 

 
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