El cajón del desastre


Fritz Glockner

13/04/2009

CAMBIO DE RESIDENCIA


Por algunas semanas el autor del cajón del desastre ha cambiado su residencia, aún y cuando intenté traerme conmigo al cajón, este se negó, se agarró a la cómoda y no hubo poder humano que me permitiera traerlo conmigo a la universidad de Dartmouth, en el norte de los Estados Unidos, e incluso pensé, esta bien, quédate, ya iré organizando uno nuevo acá, con notas en ingles, recopilando lo que suceda por estas tierras aún frías, con la amenaza de que caiga la última de las nevadas, y descubriendo cada día ese “American Way of Live” que tanto presumen los vecinos del norte.


País y cultura donde la palabra crisis ha sido descubierta recientemente, y vaya que si están colgados de las lámparas, al parecer el paso del tsunami Bush ha calado y hondo, aún que también son conscientes de alguna manera de que ellos se lo buscaron, fue la propia sociedad norteamericana la que permitió la existencia durante dos periodos presidenciales del ratón vaquero, ese que nos describe en su canción el grillo cantor, mejor conocido como Cri-Cri.


La histeria abunda por todo rincón de los Estados Unidos, las tiendas han dejado de cerrar a las 8 o 9 de la noche, ahora a las 6 de la tarde ya no están las puertas abiertas, eso significa que han preferido restar un turno laboral, y por consiguiente que los consumidores han dejado de asistir, y no me estoy refiriendo a tiendas especializadas ni nada por el estilo, hablo del clásico consorcio mundial Wall Mart, o cualquiera de ese tipo de firmas. Por su parte el común de los gringos ahora sólo pasea por los centros comerciales sin consumir, sin comprar, sin dejar los dólares en las cajas registradoras, o permitir el desliz de la tarjeta de crédito, y es curioso, ya que al ser una sociedad cuya única idea de felicidad es el consumo, pues ahora se les ve tristes, deambulando de un lado a otro, paseando, entrando y saliendo de las tiendas con las manos vacías; y uno se pregunta, ¿por qué no hacen otra cosa? ¿Dónde está el placer de ir a pasear a las tiendas? ¿Para qué ven precios? ¿Por qué no mejor leen un libro? ¿Dónde está la zaga de programas de televisión que nos envían a América Latina? ¿Por qué no se distraen de otra manera? Pues no, es evidente, aún y cuando tengan aparentemente todo, los norteamericanos basan su existencia en la compra, el consumo, la adquisición de bienes necesarios o innecesarios, la catalogación del ascenso social se mide en tanto el número de cosas que estrenas por semana, ya sea ropa, autos, zapatillas, cuadernos, chicles, bolsos, perfumes, lo que sea nuevo será bien visto, admirado, símbolo de que eres un triunfador, un ganador, un chinguetas pues.


Los gringos dicen buscar la felicidad, pero esta nunca les llega, ya que cuando alcanzan a adquirir ese objeto, bien, o inmueble anhelado, el sueño se disipa y entonces van en búsqueda de cualquier otro insumo para creer que al fin han alcanzado la llamada felicidad, y vuelta a comenzar otra vez, la frustración se les presenta a cada instante en el cual han alcanzado la compra de lo soñado, no saben que existe algo llamado alegría y que es fácil llegar a ella, por que la alegría no puede estar apostada por la adquisición de cuestiones materiales, simplemente en la vida se es o no alegre.


Obama, ese gran ángel guardián ha comenzado a demostrar sus limitaciones, y es lógico, de pronto le heredaron un enorme basurero, una deuda que se antoja inimaginable, el desgaste de una sociedad cuyo único refugio es el prozac para fingir que la vida continúa sin mayor sobresalto.


Al Presidente se le observa en todo tipo de publicaciones, he pasado lista por las librerías y existen ya medio centenar de libros sobre él, todas las revistas y periódicos estadounidenses persiguen cada uno de sus actos como buen profeta en el cual se ha erigido, y a pesar de ello la crisis mantiene paralizada la acción ciudadana, los gringos se ven como fantasmas guardando sus escasos dólares.


Ante este panorama, Obama ha optado por la clásica receta económica, inyectar capital a los bancos, a esos que han hecho y desecho la economía, no sólo la de este país, sino la del mundo entero, es por eso que considero al defraudador más grande en la historia del mundo, ese que se chingo 50 mil millones de dólares, como al Robin Hood de nuestros tiempos; se las hizo gacha a los especuladores, les prometió las perlas de la virgen, y ni siquiera estampita de la misma les dejo a cambio.


Para los gringos la crisis es casi el fin del mundo, si supieran cuantas hemos pasado en México, que ahora hasta me da regocijo verles tan angustiados, tan devotos, tan histéricos, total, ya les tocaba un poquito padecer lo que tantas ocasiones hemos padecido el resto de América Latina.


El cajón del desastre anda por acá, aún que el desastre de este país me daría para llenar más de un centenar de archivos, cómodas, libreros, cajas, y demás, bienvenidos a la realidad del libre mercado mis queridos Norteamericanos.

 



 
 

 

 
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