El cajón del desastre


Fritz Glockner

21/06/2010

¡CHINGAOS!


La palabra impresa quiere llorar, la inteligencia se encuentra acongojada, el sarcasmo pareciera haberse quedado congelado, ¿qué nos depara? ¿Qué nos espera?


A penas y el mundo de las letras comenzaba a tomar aliento, dentro del ánimo madreado por la noticia del fallecimiento de José Saramago, más aún en México, por la cercanía del Nobel de literatura con las causas ocultas y reprimidas de este país; cuando el siguiente madrazo llego, para impactar de nueva cuenta los sentidos: Carlos Monsiváis decidió acompañar a Saramago desde México.


Absurdo pretender aportar algo original a todo lo que ya se ha comenzado a publicar acerca del cronista por excelencia de nuestro país, el que dio identidad a las masas, el que colocó el sarcasmo en el punto exacto para destacar la idiotez de los políticos, el hombre de letras y sabio que entendió y valoró aquello que se denomina como cultura popular…


Sin embargo la desolación es grande, durante este 2010 parece que los fantasmas y las calaveras rondan por lo más granado de la inteligencia, para dejarnos un poco más madreados, y es que ¿dónde no publicó Monsiváis? ¿Qué publicación importante no contó con su aportación puntual? ¿Qué grupo, mafia, círculo, ámbito intelectual no invitaba a Monsiváis a sus encuentros? Y claro, fue tanta su disposición para con las letras, que de pronto era difícil localizar un libro que dijera en la portada: “Libro sin prólogo de Monsiváis”, porque todos deseaban su padrinazgo, su pluma tocada como varita mágica, su recomendación, no en balde se supo esculpir un ánimo de intelectual serio, inteligente, preciso, a pesar de que en ocasiones el poder lo guiñara, lo sugestionara, le coqueteara, indirectas que Carlos Monsiváis supo capotear, aún y cuando en alguna ocasión se dejara cautivar.


Monsiváis supo elevar la crónica a las alturas de la literatura, entendió, disfruto y nos develo con singular simetría las expresiones populares de nuestro país, desde los monitos del también ausente Gabriel Vargas con su Borola y Regino, hasta los costalazos del Santo, así como el glamur de María Félix, o las extravagancias de Cantinflas, para no dejar de lado nunca las genialidades de Tin Tan; el barrio, la colonia, el metro, la alta sociedad, las calles, los pueblos, las causas y sus razones, la mediocridad oficial, las injusticias, la literatura, el cine, la música, la arquitectura, la pintura, cualquier expresión, el imaginario popular, los hábitos y las costumbres, la intolerancia, la marginación, los menos, los muchos, siempre fueron temas despertando el interés del escritor, para devolvernos sus elucubraciones con una sabiduría desorbitante, permitiéndonos entender los tiempos, los días, los hechos.


Desde muy joven Monsiváis supo ganarse la simpatía y las enseñanzas de la intelectualidad de mediados del siglo XX, de ahí que Salvador Novo, Carlos Pellicer, Alfonso Reyes, Octavio Paz y muchos otros le confiaran la aptitud que éste siempre demostró, no fue casual que Fernando Benítez le designara las riendas de la dirección del suplemento cultural de la revista Siempre, de alguna manera el guía de los seguidores de la llamada Mafia, como se autodenominara Fernando Benítez junto con sus pupilos, Monsiváis deja huella, brecha, cultivo, libros, simpatías, reflexiones, opiniones, recuerdos y añoranzas que difícilmente van a ser sustituidos.

 

No localice ninguna otra expresión más acorde que el clásico ¡chingao! Como motivo de desconsuelo, de desazón, de crisis existencial ante las ausencias, el tierno Saramago, pero no por eso puntilloso y el desgarbado Monsiváis con la optimización del sarcasmo en los dedos para dejar en el impreso la elucubración pertinenente.

 



 
 

 

 
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