El cajón del desastre


Fritz Glockner

30/03/2009

A LA CALLE


Hay nanita que miedo, han dejado salir a la calle de nueva cuenta a Luís Echeverría Álvarez, si, ese mero, aquel, el que asesino estudiantes, el que torturo a cientos de mexicanos, ese que dicen ejerció el poder para desaparecer a otro tanto de opositores al régimen priísta, el de la guayabera y las aguas frescas en Los Pinos, el que creyó que era el heredero de la causa cardenista y que pretendió reelegirse, y al no ver culminado su sueño dejo como heredero en Palacio Nacional a su carnal, su cuatacho, el presta todo de José López Portillo, el que abrazo la causa de los subdesarrollados e instauro el Tercer Mundo como vía, acción, idea y determinación en nuestro país.


La palabra justicia en nuestro México ya ni siquiera es una referencia, una idea abstracta, un referente histórico, ni los niños se la creen, cuando juegan se burlan de ella, también ellos saben darle de patadas, burlarla, evadirla, mentirle, menospreciarla.


La acción del estado de derecho, la posibilidad de que el culpable sea castigado, la mínima idea de que aquel asesino pague por sus delitos queda en la anécdota de la telenovela de moda; y hasta eso, también en ellas los malos ganan más que los buenos.


Para el magistrado Jesús Guadalupe Luna no hay delito que perseguir, la masacre del 2 de octubre de 1968 fue una acción en la que los muertos al parecer no tienen nombre, historia, familia, la represión bien pudiera ser una chaqueta mental de algún periodista, cronista, novelista, incluso y hasta de un historiador. Curiosamente ese mismo juez fue el que dejara en libertad al hijo del Chapo Guzmán, Archivaldo Guzmán, ignoro si aquel mozuelo tuviera que ver o no con las actividades delictivas de su progenitor, pero la manera como sentencio el: “a la calle con todo y chivas” deja mucho en que pensar; y por si fuera poco también permitió que el secuestrador Maldonado Leza obtuviera la calle. Son muchas las coincidencias ¿o no? ¿O acaso somos muchos los mal pensados?


Es evidente que la acción de la justicia depende de la bondad política, y no de aquella señora con los ojos vendados y su balanza en la mano, y esa caridad no está dentro del accionar de la clase política mexicana, por desgracia de ninguno de los colores partidistas, ya que hasta a los del sol azteca se les ha olvidado mantener viva la demanda de castigo a los culpables de tanta atrocidad en contra de ciudadanos mexicanos.


El mayor padre de la mal llamada “guerra sucia” puede ya pasear por Reforma, Insurgentes, acudir a su casa en Cuernavaca, volver a tomar el sol en Can Cun, visitar a sus hijos y a sus nietos, ya no existe el castigo privándole de salir de su hogar en San Jerónimo, porque esa era su sanción hasta ahora, arresto domiciliario, el cual de alguna u otra manera ya cumplía, por que su paso lento no le permitía salir demasiado de su residencia.


Lo bueno es que al no existir la justicia como tal, así como tampoco la llamada divina, la historia si se hará cargo de colocar a estos personajes en su lugar: ¿Quién puede hoy hablar bien de Gustavo Díaz Ordáz? ¿Cómo recuerda México a José López Portillo? Los años que le queden por vivir a Luís Echeverría Álvarez serán tan lentos como su actual andar, con el estigma de haber sido un gran asesino, un corrupto, un prepotente, un violador de los derechos humanos, y no habrá rincón de México le salude, su propia sombra será la que cobre las cuentas pendientes, ¿hasta dónde se puede vivir con tu sombra como asesino detrás de ti? ¿Es posible continuar pisándote tus propias huellas?

 

 

Ahí está la calle, échate a andar Luís, tus propios pasos serán más tortuosos de lo que te imaginas, y no es maldición, es simplemente una buena reflexión.

 



 
 

 

 
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