Los Conjurados


Erika Rivero Almazán

 

Las posibilidades de Doger


¿Puede Enrique Doger ser gobernador?, ¿le alcanza para buscar en 3 años convertirse en morador de Casa Puebla?


Antes que responda, habrá que reflexionar la historia reciente de Puebla: Mario Marín terminó su gobierno municipal bajo un esquema político similar al de Doger: un gobernador en su contra, sin alternativa de subsistencia en el gabinete y sin el cobijo de una tribuna político-administrativa.


La lógica de ese momento indicaba que el exilio político de tres años aniquilaría la subsistencia de cualquiera, sobre todo con rivales tan fuertes: la protección de Melquíades Morales para Germán Sierra (se decía que era su delfín) y el servicio del poder financiero y de estructura para Rafael Moreno Valle.


Ambos estaban más cerca de la meta que Marín.


Pero el resto de la historia ya la conocemos.


Si bien el esquema actual de Doger es similar, no es igual.


Mario Marín no es Melquíades Morales.


Y aquí la personalidad de los gobernantes es crucial para definir un destino.


No nos engañemos: el carácter de Marín no se ha modificado con el paso de los años: siempre ha sido el mismo, y a juzgar por esa característica, el gobernador no pasará por alto el hambre de poder de Enrique Doger: no lo dejará pasar.


Y punto.


De sobra está mencionar que el último pacto de no agresión entre el gobernador y el presidente municipal no se solucionó con la entrega de una cédula real: es una pantomima, como han sido todas las demás.


Marín hará todo lo posible para cortar la superviviencia política de Doger.


Y el proceso de asfixia inicia hoy.


En calidad de gobernador, con toda la fuerza de la estructura de gobierno y de partido, con todos los recursos a su favor, no descansará hasta que su adversario se vea nulificado.


¿Qué hará Doger al respecto?


Porque el todavía presidente municipal lo sabe: experimentado y hábil como es, por supuesto que ya conoce el destino deseado por aquel hombre que lo expulsaba de la cascarita: fue ahí cuando Doger empezó a sentir el rechazo total de Marín, durante las juegos de fútbol en donde sus seguidores y amigos compartían un balón.


A partir de que se empezó a definir la candidatura del entonces rector de BUAP para la alcaldía de Puebla, Marín ordenaba a Doger que saliera del partido para darle el lugar a cualquiera que llegara tarde: “salte Enrique, que entre fulano”.


La sentencia traía una ola de silencio en los jugadores.


El rechazo público fue peor que una bofetada en pleno rostro.


La última vez fue cuando Luis Alberto Arriaga llegó tarde al partido, para variar. Y nuevamente le ordenó a Doger que le diera su lugar al todavía conductor de Noticieros Televisa.


La ira de Doger no fue disimulada.


Fue la última vez que el alcalde jugó en la misma cancha de Marín.


En adelante, sería su adversario.


Y así fue.


El hambre de poder de Doger significó para Marín una declaración de guerra eterna.


Ahora, a punto de entregar el poder a Blanca Alcalá, y con su último aliento de poder legítimo, Doger no ha malgastado la minúscula oportunidad para presumir su deseo de llegar a la gubernatura.


Su deseo no es producto de un arranque: desde sus tiempos de rector, siempre ocupó su mente Casa Puebla, y la escala era la alcaldía.


Doger cumplió su primer objetivo, custodiado por Melquíades Morales y apalabrado con Roberto Madrazo, así como algunas alianzas estratégicas que sirvieron para tal finalidad, como Rafael Moreno Valle, entre muchos otros.


Ahora, para cumplir su segundo deseo, le hace falta la aprobación del actual gobernador.


No la tendrá.


Ni hoy ni nunca.


¿Qué hará Doger?


Ante la hambruna que se avecina, es de suponerse que el blindaje es exacto.


Pero, ¿le alcanzará?


Analicemos: Marín fue un sobreviviente en su momento por varios factores: su larga trayectoria y conocimiento de partido por más de 25 años de servicio; la escuela de Manuel Bartlett desde la cual se convirtió en uno de los mejores operadores político-electorales en la historia del estado, contando su amplia experiencia como subsecretario y secretario de gobernación, lo que después le permitió conocer cada rincón de Puebla; el grupo compacto de su equipo de trabajo, depurado desde su periodo como presidente municipal.


Y lo más importante: lo que en su momento pareció ser su desgracia, se convirtió en el acierto que le abriría las puertas del triunfo: los 3 años en el exilio burocrático le permitieron la total libertad para impulsar su campaña, recorriendo todo el estado.


Ninguna de las potencialidades citadas se repite ahora con Enrique Doger.


La militancia priísta lo siente ajeno, no cuenta con experiencia político electoral ni con el apoyo de operadores eficaces en el interior del estado que trabajen para su campaña, además de que sus alcances en el gobierno federal o con la política nacional son limitados.


La reciente declaración de Blanca Alcalá tampoco le ayuda mucho: la próxima alcaldesa no dejó lugar para la sospecha: los ciclos se terminan, se cierran y comienzan otros: yo gobernaré la ciudad.


Es decir, Alcalá no atacará directamente al dogerismo, pero tampoco meterá las manos al fuego para salvarlo, si llegara a estar en peligro.


Si Marín le declara la guerra, Alcalá se hará a un lado.


Como lo hará todo el mundo de hoy en adelante.


Pero en el camino de Enrique Doger no todo es oscuridad: la calificación generalizada para el presidente municipal es relativamente buena: no bajó de 6.5 en el margen de aprobación ciudadana. La pericia para evitar la propagación de historias de corrupción también tuvo sus premios.


Doger también pudo filtrar en el Congreso y en la nueva administración municipal a su gente: el dogerismo todavía sigue existiendo.


La insistencia de Doger por aislarse del marinismo también lo benefició, y la ventaja puede seguir explotándola durante los siguientes 3 años, tanto para ganar la simpatía de los priístas lastimados por la burbuja marinista (actualmente disfrazados por la necesidad de la conveniencia), como para conformar un grupo antagónico que apoye su proyecto.


La sola cubierta de ‘ala opositora’ al gobierno actual es ya una carta seductora para los descontentos.


Pero, ¿cuál es la óptica del marinismo?


Que Doger sólo blofea de un poder y de una aspiración política que no es genuina, pues lo único que realmente busca es la inmunidad: salvar el pellejo, vamos.


No es un supuesto: la filtración es una actividad común en los gobiernos para espiar nóminas, cuentas de cheques y hasta la vida privada.


De ahí que los marinistas ven por debajo del hombro a quien se jacta como rival.


El futuro de Doger se vislumbra difícil, muy difícil.


Deberá aprovechar al máximo sus potencialidad, administrar sus recursos, ahorrar energía y no desperdiciarla en enfrentamientos estériles, además de suerte.


Mucha suerte.


Porque Marín no es Melquíades Morales.

 

Y Doger no es Marín




 
 

 

 
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