Los Conjurados


Erika Rivero Almazán

 

Hasta luego


En 1996 llegué por primera vez a Cambio.


Fernando Alberto Crisanto me esperaba en las instalaciones de Telecable (hoy Megacable). Un día antes, por sugerencia del entonces director del Sol de Puebla, Rodolfo Sierra Sánchez, renuncié al periódico que se atrevió a contratarme a mis 19 años para arrancar la sección cultural, entonces extraviada en las notas de sociales, y después, me envió a la guerra sin fusil para cubrir política.


Para ser exactos, me tocó el Ayuntamiento, en la mera efervescencia con la llegada del primer alcalde panista a Puebla, Gabriel Hinojosa.


La inconformidad se me olvidó en dos segundos, cuando me tocó cubrir la primera manifestación de los vendedores ambulantes de la Triple A, que con palos y piedras se enfrentaron a la policía estatal y al cuerpo de granaderos: adrenalina pura.


Le encontré el gusto.


Pero mi tiempo, casi 6 años en el periódico de mayor tradición en Puebla, se había terminado.


“Necesitas aprender más, y aquí ya no tienes nada que hacer. Es hora de irte”, me dijo Rodolfo Sierra. Así, se sopetón.


Igual que un balde de agua fría.


No quería irme.


Me dolía separarme del olor a tinta y químicos que emanaba de día y de noche la legendaria Casa del que Mató al Animal.


Una historia de periodismo poblano que ningún otro tiene.


Pero fue una orden, acompañada de una carta de recomendación dirigida a Fernando Alberto Crisanto.


Temblando, con un nudo en la garganta ante la presencia de Crisanto, me presenté como pude y reconocí que de radio y de televisión no sabía nada.


No pareció importarle y aún así, transmití mi primera nota al aire en CN Radio, en el 98.7 de FM y en el canal local de Telecable.


Mi jefe de información, Alejandro Mondragón, trató de alentarme en mi primera emisión.


Fue un desastre: me convertí en tartamuda, me sudaron las manos y hasta me maree. Fueron los 3 minutos más largos de mi vida.


Tanto Mondragón como Crisanto no compartieron mi tragedia personal: “ya lo harás mejor la próxima vez”.


No fue así.


La verdad es que no lo hice mejor durante los próximos 3 meses.


Y es que los medios electrónicos (la televisión y el radio) me daban terror. Muy diferente cuando se trataba de escribir: en Cambio me sentí como en casa.


Tabloide y blanco y negro en ese entonces.


Conocí a Mario Alberto Mejía, recién contratado como el columnista estrella, a José Carlos Bernal (Cheche), a Diana Hernández, a Charo Carmona.


Y, por supuesto, al director general, Alberto Ventosa, quien desde el principio se portó a todo dar.


Fue difícil, pero he de reconocer que Crisanto es un estupendo maestro: aprendí porque aprendí.


Apunta de correcciones al aire, de presión: me convertí en reportera.


No tenía permiso de fallar: ninguna información se me podía escurrir.


Tres años después, emigré a la Revista Intolerancia, primero, y después al Diario Intolerancia como jefe de información, por invitación de Mejía.


Para el 2001 estaba de vuelta en Cambio. Ahora era Alberto Ventosa quien me dio la oportunidad de llevar mi columna, Los Conjurados, al radio en la 10.10 de AM.


Pero me tuve que ir.


Salí del país y regresé al siguiente año.


Alberto Ventosa me abrió nuevamente las puertas de Cambio, con mi columna y con un nuevo programa de radio, también en la 10.10 de AM: Mujeres de 10.


Un concepto periodístico que nunca había conocido: nada de política.


Me dio pánico.


¿Qué le puedo decir a las mujeres de hoy, que tienen sueños o que no los tienen, que triunfan o fracasan, que no encuentran su lugar en esta sociedad tan cambiante, y las que ya la encontraron?


Nada.


Pero hubo quienes sí tenían un mensaje, un propósito.


Y entonces me convertí en un medio, para dar voz a otras: las colaboradores de Mujeres de 10.


Aunque hace más de un año que Mujeres de 10 salió del aire, fue una experiencia que aún hoy en día me sigue enriqueciendo.


Ahora, nuevamente tengo que hacer maletas.


Es tiempo.


Los ciclos, es cierto, se cumplen.


¿Qué puedo decir antes de volverme a ir, de un periódico que siempre me a abierto las puertas tan generosamente, que me ha dado la oportunidad de experimentar, de cometer errores y de llevarme alguna que otra gloria?


¿Qué puedo decirle a Alberto Ventosa, que estuvo a mi lado, apoyándome, en el momento más difícil de mi vida?


Sólo gracias.


Y hasta pronto.




 
 

 

 
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