Dios en el poder


Selene Ríos Andraca
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Twitter: @SeleneRios ([email protected])

09/09/2010


¡No más!



Pasadas las siete de la noche se enteró de su desgracia.


Sentado en el búnker, adaptado en un privado del hotel, recibió una de las peores noticias de su vida.


Tragó saliva.


Frunció el ceño.


Enmudeció.


—Señor… ¿ya me escuchó? —dijo su vasallo.


Pasaron unos minutos y no lo creía.


Por primera vez en muchos años, las manos le sudaban y, por más que inhalaba profundamente, la taquicardia no cedía.


Todo se derrumbaba ante sus ojos.


Minutos después, con el disimulo que pudo, enfrentó a sus seguidores.


—¡Haz algo, carajo! ¡Nuestro proyecto está valiendo madres! ¡Nos está cargando la chingada! —le gritó uno de sus periodistas-asesores enloquecido por la derrota, mientras le golpeaba el pecho con la furia necesaria.  


No reaccionó.


Se acomodó en su sillón y se hundió en la tristeza.


Con el rostro desencajado, salió a cantar la “buena nueva” inexistente.


Nadie le creyó.


Ni siquiera él se compró la mentira.


La estrategia de auto-engaño había fracasado ante la escandalosa realidad.


Pasadas las horas, encontró un poco de alivio en el fondo de una botella.


Y de otra.
Y de otra.
Y de otras, muchas, más.
…el monstruo despertó.


Se montó en el potro del alcohol, diría Paz.




Llegó a su casa —de 3 millones de pesos—, tambaleándose como marioneta con los hilos cortados.


No dijo una sola palabra.


No lanzó una sola blasfemia.


No dio visos de locura.


La señora en su habitación ni siquiera lo escuchó entrar.


De pronto, ella sintió el jalón en su cabello que la arrancó de su cama y la lanzó contra el suelo.


Despertó en el aire, segundos antes que su cuerpo se impactara contra el piso.


Él, sin articular palabra alguna, dio paso a la catarsis de su ira y frustración.


Golpe, tras golpe.


Tras golpe.
Tras golpe.
Tras golpe…


La pateó hasta que él sintió el pie adormecido.


Le pegó hasta que los puños le punzaron.


—¡Es tu culpa! ¡Es tu puta culpa!


Ella, ni siquiera fue capaz de contradecirlo.


Sólo lloró y por supuesto, sangró.




Vivió las siguientes tres semanas en un hospital.


Ni si quiera sus hijos la reconocieron los primeros días.


Hay mujeres que por pedirle a Dios que se termine “la pesadilla” terminan igual, pero en un hospital del extranjero.


Y ni quién se queje.


Lloran su amargura en la soledad de sus mansiones.


Lamen sus heridas con las aspiraciones políticas de los esposos.


Se consuelan con sus camionetotas.


En Puebla, sólo hay dos denuncias por violencia doméstica al día, según el último reporte de la Agencia Especializada en Delitos Sexuales y Violencia Intrafamiliar.


Sí, sólo dos cada 24 horas.


Ninguna de las denunciantes tiene un aspirante homofóbico a…


Enough
Enough, now.  





 
 

 

 
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